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A falta de poder militar y nuclear, buenas han sido las sanciones para la Unión Europea. Son su principal fuente de disuasión para mantener a raya a quienes se saltan sus valores, como la paz, la libertad, el Estado de derecho o la protección de la democracia. Sin embargo, aplicarlas o no depende de su relación con el país. Por eso el rasero con Rusia o China, con sistemas específicos de sanciones sobre todo con la invasión de Ucrania, es distinto que con Israel por la guerra en Gaza, que ya deja más de 35.000 palestinos muertos.
El consenso contra Moscú y Pekín parece inamovible entre los países miembros, que tienen la última palabra al aprobar las sanciones. Pero la cosa cambia con Tel Aviv. El último ejemplo fueron las medidas contra Irán precisamente tras su ofensiva a mediados de abril contra Israel, después de que el Estado hebreo atacase el consulado iraní en Damasco, algo que no tuvo el rechazo de Bruselas. Y es que para la UE Israel es un socio desde hace décadas que además comparte sus valores en el papel.
China y Rusia son rivales estratégicos. Israel es un socio
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