Dicen que la historia no se repite, pero rima, sobre todo cuando no se ha aprendido del pasado. En 1939 Finlandia llevaba 21 años de independencia de del Imperio ruso, era un Estado joven surgido durante la desintegración del Rusia tras la Revolución de Octubre y la transformación de Rusia en la URSS. Un territorio que el irredentismo de Moscú quería integrar o, al menos, poner bajo su órbita. Temeroso de los acontecimientos sucedidos en la URSS, el gobierno de Helsinki se había ido acercando a Europa occidental y había adoptado sus sistemas político y económico. El mapa de la guerra de Invierno estaba servido.
Aunque el pequeño ejército de Finlandia tuviese nula capacidad de realizar una operación a gran escala, Moscú se sentía vulnerable ante una posible invasión desde Finlandia, especialmente de la ciudad de Leningrado (actual San Petersburgo), situada a una treintena de kilómetros de la nueva frontera entre ambos países. Además, una Finlandia de vuelta a su órbita multiplicaría el acceso al mar Báltico de la URSS.
El ultimátum de la URSS en 1939 exigía a Finlandia importantes cambios en el mapa, mover su frontera a 30 km de Víborg, destruir sus fortificaciones en el istmo de Carelia, la cesión de varias islas en el golfo de Finlandia y la península de Rybachy, además de rentar la península de Hanko durante 30 años. A cambio, la URSS cedería a Finlandia los municipios de Repola y Porajärvi, que duplicaban la extensión de las cesiones, pero que eran mucho menos valiosos.
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