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Estados Unidos quiere salir de Oriente Próximo, pero no puede. La región pasó de ser su foco en la guerra contra el terror a suponer un obstáculo para su gran objetivo geopolítico actual: la competición con China. Para completar ese giro a Asia, Washington busca limitar su presencia en Oriente Próximo a un despliegue útil para su inteligencia e intereses estratégicos. La lucha contra el terrorismo en Siria o Jordania, su deuda histórica con Irak y la estabilidad de la economía mundial plantean grandes retos. Sin embargo, la mayor traba es su alianza con Israel.
Israel quiere arrastrar a Estados Unidos a una guerra con Irán. Por mucho que el presidente Joe Biden se resista, la escalada es evidente. Las fuerzas estadounidenses y de su coalición ya han sufrido 165 ataques desde el 17 de octubre. El último, por parte de una milicia proiraní a una base en Jordania, mató a tres soldados. Es probable que Washington responda con ataques aéreos a objetivos identificados, como ha hecho contra los hutíes en el mar Rojo. Con todo, ya ha desplegado dos portaaviones en la región. Una guerra regional que les seguirá reteniendo es cada vez más probable.
Estados Unidos nunca se ha ido
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