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Finlandia viene denunciando desde noviembre una situación hasta entonces inédita en el país: Rusia está trasladando migrantes a la frontera para empujarlos a su territorio como represalia por la decisión de ingresar en la OTAN. La televisión nacional finlandesa ha obtenido testimonios que lo corroboran, e incluso los traficantes de personas admiten estar coordinados con la policía rusa. Pese al cierre de varios puntos fronterizos, las llegadas no cesan, y en muchos casos se traducen en intentos irregulares de cruzar la frontera. La inteligencia finlandesa ha denunciado además que Rusia busca reclutar a migrantes y solicitantes de asilo como espías.
Esta operación recuerda a la del régimen de Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia para poner en aprietos a Lituania, Letonia y Polonia en 2021. La crisis, que incluyó numerosos abusos contra los migrantes en las fronteras europeas, consolidó un poderoso instrumento híbrido de presión: el uso de la migración como arma. Una táctica que lleva décadas, pero cada vez más prominente en los últimos años, especialmente con los usos de Libia, Turquía o Marruecos para obtener ventajas de países de la Unión Europea.
Putin, Europa y el ejemplo bielorruso
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