El síndrome de la clase turista hace referencia a los problemas vasculares que puede provocar la inmovilidad prolongada en los pasajeros de un vuelo de larga duración. En los últimos años, sin embargo, los aviones han dejado de ser la única amenaza. Los espectadores que vayan a ver el estreno de Avatar: el sentido del agua darán buena cuenta de ello: tras 192 minutos de película, más que por saber cuál es el destino de Pandora muchos celebrarán el fin de la película por poder estirar las piernas.
Y no es una excepción. Al contrario: las veinticinco películas más populares del año ya duran de media 134 minutos, un récord histórico según el análisis de El Orden Mundial de cerca de diez millones de filmes valorados por la comunidad de IMDb (ver metodología para más detalles). Es también casi un tercio más que en la década de los cincuenta, en plena consolidación de Hollywood; un 21% más que en los ochenta, cuando el auge del cine en casa tumbó la duración de las cintas; y un 12% más que hace apenas una década, cuando el fenómeno del blockbuster y el streaming comenzaban a imponerse en la industria cinematográfica.
«No quiero que nadie se queje sobre la duración cuando se sientan y maratonean una serie durante ocho horas», advirtió el director de Avatar, James Cameron, antes del lanzamiento de su nueva producción. Pero lo cierto es que el público lleva años siendo entrenado para aguantar más en la butaca, con grandes estrenos por encima de las dos horas y media de duración —Vengadores: Endgame, The Batman o Sin tiempo para morir son algunos ejemplos—.
De la Edad de Oro al Nuevo Hollywood
La industria cinematográfica tal y como la conocemos hoy en día comenzó a despegar en la década de 1930, una época conocida como la Edad de Oro de Hollywood y que se extendió hasta los años sesenta. El cine se convirtió en un producto de consumo y se estandarizó su producción al estilo fordista: se elegía entre una lista de géneros con delimitaciones formales y los mismos equipos creativos participaban en las grabaciones de los mismos estudios. El apogeo del cine clásico coincidió con la llegada de los televisores a las casas estadounidenses y Hollywood empezó a producir grandes epopeyas e historias épicas. Como consecuencia, la duración media de los veinticinco filmes más populares de cada año se duplicó entre las décadas de 1930 y 1960.
El protagonismo de los estudios y la grabación en masa terminó generando algunos de los grandes éxitos de la historia —Lo que el viento se llevó (1939) sigue siendo la película más taquillera—, al tiempo que directores de prestigio como Howard Hawks, Alfred Hitchcock o Frank Capra conseguían hacer valer su criterio artístico ante los estudios y lanzar grandes clásicos como La fiera de mi niña (1938) o ¡Qué bello es vivir! (1946).
A finales de los sesenta ese equilibro de poder definitivamente se revirtió y los autores tomaron el control. Eran tiempos del Nuevo Hollywood, un movimiento cinematográfico que derribó algunas de las convenciones de la época y dio más libertad a los directores —Francis Ford Coppola, Steven Spielberg y Martin Scorsese son algunos de sus máximos exponentes—. Las lógicas artísticas ya no eran las mismas y, aunque algunos grandes referentes de la época como El Padrino siguieron contando con extenso metraje, en términos generales las películas comenzaron a reducir su duración.
A esa suavización de los tiempos le siguió el boom del cine en casa de los años 70 y 80. Las cintas de vídeo pasaron a ocupar un lugar central en la industria cinematográfica y Hollywood empezó a producir filmes más cortos que cupieran en un VHS estándar. Entre las décadas de 1960 y 1980, las películas más exitosas perdieron de media 12 minutos de duración. Eran tiempos de videoclub y palomitas de microondas, recuerdos aún frescos en la memoria de los millenials, la generación que probablemente note más el alargamiento de los filmes.
La revolución de Avatar y Marvel
Pero a medida que los formatos del cine en casa se desarrollaron y apareció el DVD o el Blu-ray, la limitación temporal de las películas volvió a un segundo plano. A finales de los noventa de hecho se recuperó la duración media de los sesenta y en la industria comenzó una nueva era del blockbuster: grandes producciones, normalmente de superhéroes o ciencia ficción, que revientan la taquilla internacional con duraciones cada vez más largas. Avatar fue la culminación de un proceso que ya se inició con Titanic o El señor de los anillos y que destaca por su apuesta por la imagen y los efectos visuales.
Hasta la llegada de este tipo de cine, los metrajes más extensos estaban normalmente reservados a grandes producciones —o proyectos personales de directores consagrados— con ambiciones artísticas más elevadas. Eran la apuesta de los estudios para competir por los premios y la crítica: Gandhi (188 minutos), Bailando con lobos (180) o La lista de Schindler (195), todas ellas ganadoras del Óscar a la mejor película, son algunos ejemplos.
Ahora, la tendencia parece haberse revertido por completo: los taquillazos de los últimos años acostumbran a ser adaptaciones o secuelas fantásticas de otros lanzamientos —los «universos» de Marvel o DC son máquinas de producir blockbusters— cada vez más largas. De las últimas diez películas estrenadas por Marvel, ninguna baja de las dos horas de duración, y cuatro superan los 150 minutos. A esto hay que sumar el auge de las plataformas de streaming, que ofrecen una vida extra para los estudios a nivel financiero y una motivación más para alargar las películas, ya que pueden verse desde casa y de forma discontinua. Avatar 2 no hace sino ahondar en esa tendencia, sin aportar nada nuevo más allá del hiperrealismo de las escenas.
Metodología
Para analizar la evolución histórica de la duración de las películas, hemos acudido a la base de datos de IMDb por su exhaustivo catálogo y cobertura temporal. En concreto, hemos seleccionado los veinticinco filmes que han recibido más valoraciones —que no mejores— de cada año comprendido entre 1930 y 2022. La muestra resultante, por tanto, es de 2.325 películas.
La disponibilidad de datos de taquilla internacional es más limitada y apenas permite retraerse a varias décadas atrás, mientras que los de IMDb, si bien no son exactos al basarse en valoraciones en su mayoría muy posteriores al estreno de la cinta, sí posibilitan un análisis más completo y coinciden en gran medida con los éxitos de cada año.
En cuanto al cálculo empleado, hemos optado por una media móvil de cinco años para reducir el ruido de la variación en los datos y poner el foco en la tendencia. En esa medición hemos decidido tener en cuenta también los cortos. En el primer tercio del siglo XX este tipo de grabaciones dominaban la producción cinematográfica y en los años posteriores lograron entrar en la lista de veinticinco filmes más populares en veinticinco ocasiones. Tanto por su representatividad del cine inicial como por su reducida incidencia en la muestra general hemos considerado oportunos incluirlos.
Por último, en relación a la duración de las películas, conviene recordar que esta puede cambiar en función del formato para el que se haya estrenado o comercializado cada película —cine, VHS o DVD—. Nuestro análisis ha utilizado el mismo criterio que IMDb: la duración de la versión original lanzada en el país de origen del filme.




