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En 2009 y tras más de una década de desarrollo se estrenaba Avatar en todo el mundo. La película de James Cameron, con tecnología puntera, es la segunda más taquillera de la historia. De espíritu ecologista, según su responsable, la historia nos traslada al planeta Pandora, hogar de los Na’vi, con un arquetipo narrativo ya visto en influencias como Pocahontas o Bailando con lobos. Un exmarine estadounidense, Jake Sully, se infiltra en la tribu de indígenas de piel azul para obtener información del unobtainium, un material precioso que podría ser la clave de la energía ilimitada en la Tierra.
La película suscitó debates. Colonialismo de entrada, género y sexualidad con el protagonista implicado con los aborígenes solo tras enamorarse de una de sus líderes, Neytiri, o la ‘culpa blanca’ en relación al genocidio de indígenas en Norteamérica. También hubo miradas desde la cooperación y el militarismo, situando al antagonista, el coronel Miles Quaritch, como muestra de la política exterior estadounidense. Ahora Avatar: el sentido del agua se centra en un enfrentamiento más personal, pero con otra carga simbólica en un Hollywood distinto.
Más allá del colonialismo
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