En 2009 y tras más de una década de desarrollo se estrenaba Avatar en todo el mundo. La película de James Cameron, con tecnología puntera, es la segunda más taquillera de la historia. De espíritu ecologista, según su responsable, la historia nos traslada al planeta Pandora, hogar de los Na’vi, con un arquetipo narrativo ya visto en influencias como Pocahontas o Bailando con lobos. Un exmarine estadounidense, Jake Sully, se infiltra en la tribu de indígenas de piel azul para obtener información del unobtainium, un material precioso que podría ser la clave de la energía ilimitada en la Tierra.
La película suscitó debates. Colonialismo de entrada, género y sexualidad con el protagonista implicado con los aborígenes solo tras enamorarse de una de sus líderes, Neytiri, o la ‘culpa blanca’ en relación al genocidio de indígenas en Norteamérica. También hubo miradas desde la cooperación y el militarismo, situando al antagonista, el coronel Miles Quaritch, como muestra de la política exterior estadounidense. Ahora Avatar: el sentido del agua se centra en un enfrentamiento más personal, pero con otra carga simbólica en un Hollywood distinto.
Más allá del colonialismo
Los trece años que separan ambas películas, quizá los más frenéticos en Hollywood desde el período de entreguerras, han convertido Avatar en una franquicia para explicar la teoría poscolonial, que analiza las consecuencias vigentes de la colonización española, británica o francesa. Eso creen académicos como Gautam Basu Thakur, para quien “el colonialismo cruza la película” porque Cameron “hace uso de la propia palabra ‘avatar’ y la desviste de su significado religioso”. En relación a la mecánica central de la saga, habitar otros cuerpos (avatares) con nuestra consciencia, Basu Thakur cree que el director “seculariza” el concepto y “lo transforma desde su concepción original protectora”. Así, la excusa metafórica, el mero uso de la ciencia ficción para no abordar la realidad terrenal es “la última frontera” del co...