Con 9.984.670 kilómetros cuadrados y hasta seis husos horarios diferentes, Canadá es el segundo país más extenso del mundo, solo por detrás de Rusia. Su mapa político ocupa una parte muy importante de América del Norte, pero solo cuenta con unos 40,5 millones de habitantes, lo que también lo convierte en uno de los países menos densamente poblados del mundo. Como excolonia británica, es además una monarquía constitucional, cuyo jefe de Estado sigue siendo el rey Carlos III del Reino Unido.
A nivel administrativo, el país — cómo se conoce oficialmente— es un Estado federal con capital en Ottawa. El mapa político de Canadá está compuesto por diez provincias y tres territorios y cuenta con un muy alto grado de descentralización. Pese a esto, los territorios son divisiones administrativas subnacionales que, al contrario que las provincias, no son soberanos, sino que están supeditados al gobierno federal a través de un comisario.
El origen del país está en la unión de las tres provincias originales de la Norteamérica británica —Nueva Brunswick, Nueva Escocia y la Provincia de Canadá— bajo un gobierno autónomo del Reino Unido en 1867. A través de la integración de otros territorios en las siguientes décadas, la confederación de Canadá se acabaría convirtiendo en un país independiente a lo largo del siglo XX. Formalmente, el proceso de independencia se completó primero mediante el Estatuto de Westminster en 1931, que afirmó la autonomía e independencia canadiense, y finalmente con el Acta Constitucional de 1982, por la cual el ordenamiento jurídico del país dejó de depender del Reino Unido. Este proceso se llamó «repatriación» constitucional.
Las condiciones geográficas del país, con su escarpado relieve y un norte muy frío atravesado por el círculo polar ártico, hacen que la mayor parte de la población se concentre en el sur. Allí también están las ciudades más importantes del mapa político de Canadá, como Toronto, Montreal, Quebec, Vancouver, Calgary, Winnipeg y Ottawa, la capital federal. La capital no es, sin embargo, la ciudad más poblada del país: cuenta con algo menos de un millón y medio de habitantes en su área metropolitana, mientras que Toronto, la ciudad más poblada, supera los seis millones y medio de habitantes.
Por definición, Canadá es un Estado poliétnico y multinacional, ya que se funda sobre la base de dos naciones, la británica y la francesa, además de las llamadas Primeras Naciones, los inuits y los métis, que son los pueblos indígenas reconocidos por la Constitución canadiense. La población indígena se concentra en los territorios del norte del país, zonas con mucha menos densidad de población, mientras que las provincias ocupan la zona sur del mapa.
Una de las principales reivindicaciones históricas de los pueblos indígenas canadienses ha sido el derecho al autogobierno. Tras años de activismo inuit, a finales del siglo XX se aprobó la creación del territorio de Nunavut («nuestra tierra» en idioma inuktitut) bajo la premisa de que las instituciones de la región se compondrían en su mayoría de personas indígenas.
Pese a esto, los tres territorios del norte siguen siendo hoy subdivisiones administrativas dependientes del gobierno federal, y cuentan con menor soberanía que sus vecinos del sur.
Por otra parte, Canadá es uno de los países más desarrollados del mundo, con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) de 0,936 en 2022. Sin embargo, esta estadística esconde profundas disparidades, particularmente en relación con la población indígena, que enfrenta tasas de pobreza significativamente más altas que el resto de la población. Aproximadamente el 40% de los niños en las comunidades indígenas del norte vive por debajo del umbral de pobreza, una cifra alarmante que pone en evidencia las «políticas de reconciliación» del Estado con las Primeras Naciones.
Por otro lado, la provincia francófona de Quebec ha mantenido históricamente un fuerte movimiento separatista, que defiende la idea de un Quebec soberano e independiente de la federación canadiense. Este movimiento tiene raíces profundas en la identidad cultural, lingüística y política de la región, que busca preservar y promover su lengua y tradiciones frente a la influencia predominante del inglés en el resto del mapa de Canadá. En este contexto, se han llevado a cabo varios intentos de independencia, siendo especialmente destacado el referéndum de 1995, el segundo en la historia de Canadá sobre esta cuestión, después de uno previo en 1980.
En la consulta de 1995, la propuesta de independencia estuvo cerca de obtener la mitad de los votos, con un resultado muy ajustado: el 50,58 % de los votantes rechazó la separación, frente al 49,42 % que la apoyó. Este estrecho margen evidenció una sociedad profundamente dividida sobre el tema. Sin embargo, aunque el resultado hubiera sido superior al 50%, el Tribunal Supremo de Canadá había establecido la necesidad de una mayoría cualificada, es decir, un respaldo claro y significativo a la independencia, para proceder con cualquier cambio drástico en el estatus de Quebec dentro de la federación.