Rusia es un país inmenso que cubre buena parte del mapa de Europa y Asia y que cuenta con abundantes recursos naturales, uno de los ejércitos más grandes del mundo y un PIB a medio camino entre el de España e Italia, pero con 100 y 87 millones de habitantes más que estos. Bajo estas circunstancias, la potencia euroasiática intenta hacer valer su papel en el mundo con una economía deficiente y mal distribuida, sometida a la maldición de las materias primas y víctima de la cleptocracia, la corrupción y la falta de inversión y modernización de su industria, anclada todavía en la época soviética.
El PIB (Producto Interior Bruto) es una medida macroeconómica que calcula el valor de la producción de bienes y servicios en un territorio determinado. Al dividirlo entre la población se obtienen una medida aproximada de la riqueza que en teoría maneja cada habitante, aunque esto no tiene en cuenta las posibles disparidades de renta o la riqueza en manos de empresas o el sector público.
El PIB per cápita de Rusia fue en 2018 —último años con datos regionales actualizados— de 11.290 dólares, una cifra que en 2020 ya fue alcanzada por China. Sin embargo, su distribución es brutalmente desigual en el mapa ruso y muestra lo poco diversificada que está la economía del país y lo dependiente que es de la extracción de ciertas materias primas en ciertos lugares.
Mientras que en el distrito autónomo de Nenetsia se superan los 110.000 dólares por habitantes (casi diez veces la media del país), en la república caucásica de Ingusetia el PIB per cápita solo llega a 1.790 dólares (un 16% del nacional). Los tres distritos autónomos de los Urales (Nenetsia, Yamalia-Nenetsia y Janti-Mansi) son las regiones más ricas del mapa de Rusia, con un PIB varias veces superior a la media nacional. Son tres regiones gasíferas, poco pobladas y donde los indicadores de riqueza se calculan entre sus pocos habitantes, aunque en realidad los enormes beneficios que produce el gas suelen acabar en manos de unos pocos oligarcas, muchas veces afincados en Moscú.
En el lado opuesto está el Cáucaso, que concentra las cinco regiones del mapa de Rusia con menor PIB per cápita: Ingusetia, Chechenia, Kabardino-Balkaria, Karacháyevo-Cherkesia y Osetia del Norte. Todas ellas son repúblicas de minorías étnicas y las cinco no alcanzan los 3.000 dólares por habitante. Si ampliamos la lista a las diez regiones más pobres, nueve son repúblicas étnicas, 6 caucásicas y otras tres centroasiáticas, situadas en este caso entre la frontera entre Kazajistán y Mongolia.
El patrón es claro. Las minorías étnicas tienden a vivir en los espacios más deprimidos económicamente, mientras que las extensas y despobladas regiones del norte (que tienen también importantes poblaciones minoritarias) tienen un PIB per cápita elevado dentro del mapa de Rusia, aunque esta riqueza se concentre en pocas manos y pocas veces sea la de las minorías.
De esta forma, el elevado PIB de algunas regiones extractivas y muy despobladas del Ártico y Siberia inflan los valores medios de todo el país, hasta el punto de que solo 12 de las 83 regiones de Rusia tienen un PIB per cápita superior a la media nacional. Mientras tanto, la mayor parte de la población vive en regiones que producen menos de 10.000 dólares por habitante.
Además de los núcleos urbanos de Moscú y San Petersburgo, con servicios especializados y las sedes de la mayoría de empresas que explotan los recursos del despoblado norte, hay alguna región que rompe el patrón. Este es el caso de Tartaristán, un república étnica rica y cuya capital, Kazán, es un núcleo de servicios y la tercera ciudad en importancia de la Rusia europea.







