Rusia es el segundo mayor productor de gas natural del mundo, solo por detrás de Estados Unidos. Pero a diferencia de este, Rusia consume mucho menos de lo que produce, lo que proporciona al país inmensos excedentes que exportar y con los que llenar sus arcas, convirtiéndose así en el primer exportador mundial de gas natural. El mapa del gas de Rusia está marcado por la exportación, con grandes ejes que envían el gas desde los yacimientos de Siberia occidental a Europa. Sin embargo, la red está cambiando poco a poco, con nuevas rutas e infraestructuras orientadas a otras zonas del mundo.
Yamalia-Nenetsia, la región más septentrional que hay nada más cruzar los Urales desde Moscú, es el origen de la mayoría del gas ruso. Desde la ciudad de Novi Urengói parten los principales gasoductos para abastecer a la Rusia europea y para exportar al resto del continente. La ciudad, como el resto de ciudades de la región, es joven: fue fundada en 1973 para explotar el yacimiento de gas de Urengói, que significa ‘aislado’ en lengua neneza.
El mapa de los gasoductos de Rusia está especialmente volcado a la exportación de gas a Europa, que desde tiempos de la URSS ha sido su principal mercado. En el Viejo Continente muchos países dependen casi por completo de que Moscú les continúe abasteciendo para mantener sus economías en funcionamiento, para producir electricidad o para encender las calefacciones durante los duros meses de invierno. En total, Rusia cubre cerca de un 40% de la demanda de gas europea.
Pero Rusia no solo exporta su gas a Europa. Su posición geográfica en el mapa obliga a los países de Asia Central a mandar su gas por el territorio ruso para poder comerciar con los principales consumidores de gas natural, lo que permite a Moscú ejercer una importantísima influencia geopolítica en la región.
Moscú ha jugado con la dependencia europea de su gas para presionar en momentos clave y conseguir concesiones, amenazando con cortes invernales en el suministro de gas para mantener bajo su influencia al menos a parte del espacio postsoviético. Esto ha provocado un aumento de las tensiones con la Unión Europea y la OTAN a medida que estas se han ido expandiendo hacia el este.
En plena crisis energética en Europa, Rusia ha vuelto a jugar esta carta, presionando para que Ucrania vuelva a su órbita —sin importar lo que quieran los ucranianos—. Todo ello en un contexto en que Europa tendría problemas para sostener su sistema energético sin el gas ruso, aunque también que Rusia tendría problemas para aguantar sin los ingresos de la venta de gas a Europa.
De esta forma, no es de extrañar que el mapa de los gasoductos de Rusia se haya diseñado, en gran medida, con fines geopolíticos, con gasoductos como el Blue Stream y el Nord Stream construidos específicamente para evitar pasar por Ucrania y poder cortar el abastecimiento de gas a países contrarios a las políticas de Moscú. A su vez, la red de infraestructuras le es útil a Moscú para ganar peso e influencia en los países a los que llegan esos gasoductos, especialmente Alemania —donde el 49% del gas que se consume es ruso—.
Ante las cada vez mayores tensiones con el resto de Europa, y la posibilidad de tener que cortar el gas y perder sus ingresos, Moscú está cambiando su mapa de abastecimiento de gas, con grandes inversiones en Siberia para acceder a nuevos yacimientos y para conectar los ya explotados con China o Corea del Sur. Una red que hasta ahora era prácticamente inexistente, y cuya construcción podría cambiar en el futuro la geopolítica del gas en el mundo. Aquí destacan el gasoducto Poder de Siberia —que conecta Rusia con China—, los gasoductos de Sajalín y los estudios para abrir nuevas terminales de gas licuado en puertos como Vladivostok.
El plan de Rusia para el gas: vendérselo a China para poder cerrarle el grifo a Europa
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