Los hutíes de Yemen se perfilan como la nueva amenaza a la navegación mundial. Este mes de septiembre tomaron el puerto de Moca y la isla de Perim, en pleno estrecho de Bab al Mandeb, uno de los pasos marítimos más importantes del planeta. Por ese corredor circula cerca del 12% del comercio marítimo mundial y millones de barriles de petróleo al día. Quien controla la costa yemení del mar Rojo tiene la capacidad de vigilar, amenazar o cortar ese tráfico. En un contexto de alta tensión internacional, los hutíes buscan asimilarse a sus aliados iraníes, que ya ejercen un control similar sobre el estrecho de Ormuz. Por ambos cuellos de botella transita cerca de un tercio de todo el petróleo comercializado en el mundo.
Este avance hutí es el último eslabón de una escalada que lleva meses acumulándose en el Golfo: bloqueos declarados, ataques con drones y misiles, nuevas alianzas militares y un mar Rojo más militarizado. Cada nuevo episodio internacionaliza un poco más un conflicto interno que llevaba años en relativa pausa.
¿Quiénes son los hutíes?
El movimiento de los hutíes, oficialmente llamado Ansar Alá o Ansarolá (‘Partidarios de Dios’ en árabe), surgió en los años noventa como una insurgencia zaidí en el norte de Yemen, con epicentro en la capital, Saná. En 2014, tres años después del estallido de las revueltas árabes, derrocaron al Gobierno y ocuparon la ciudad y buena parte del norte del país, arrastrando al país a una guerra civil. El conflicto adquirió importancia regional cuando una coalición liderada por Arabia Saudí intervino para intentar restaurar al Gobierno. Por el camino, los hutíes han recibido apoyo político, logístico y militar de Irán, pero no son un simple títere: tienen agenda propia, operan con bastante autonomía y pertenecen a otra rama del chiismo.
Una década después, el resultado es una de las peores crisis humanitarias del mundo: más de 150.000 muertos según la ONU y más de diecinueve millones de personas que necesitan algún tipo de ayuda. A ello se suma un Estado débil, sin monopolio de la fuerza ni recursos suficientes. Ese vacío y división ha permitido que prosperen milicias, redes de contrabando y actores externos. La intervención militar saudí de 2015 reforzó el relato hutí de una nación agredida desde fuera, y alimentó un flujo constante de reclutas entre jóvenes empobrecidos que veían en el movimiento la única vía de ingresos, pertenencia o venganza.
El tablero interno en Yemen
Hoy en día los hutíes siguen controlando el noroeste de Yemen, que concentra la mayoría de la población y de las principales ciudades, incluida Saná. Para ello cuentan con el respaldo de Irán. Por su parte, el Gobierno internacionalmente reconocido funciona desde un órgano colegiado: el Consejo de Liderazgo Presidencial (CLP), formado en 2022 cuando el entonces presidente transfirió sus poderes bajo mediación saudí y emiratí. Hoy en día lo preside Rashad al Alimi, quien ejerce de facto como jefe de Estado y es reconocido como tal por la ONU, la Unión Europea, Estados Unidos y la mayoría de países árabes.
El mayor apoyo del CLP es Arabia Saudí. El Gobierno tiene su sede en Adén y domina el este y el sur del país, territorios que recuperó a comienzos de 2026 tras derrotar al Consejo de Transición del Sur (CTS). Esta es una facción secesionista respaldada por Emiratos Árabes Unidos que llegó a controlar el sur del país, pero se disolvió en enero. Sin embargo, aún mantiene redes políticas y algunas formaciones armadas.
A esos bloques se suma la propia geografía del país, que condiciona buena parte del conflicto. Yemen ocupa el extremo suroccidental de la península arábiga, con costas tanto en el mar Rojo como en el mar Arábigo, y su territorio —apenas un poco más grande que España— incluye unas 220 islas, entre ellas Perim, que los hutíes tomaron recientemente, y Socotra. Quien controla su litoral controla también el estrecho de Bab al Mandeb, una de las rutas comerciales y energéticas más transitadas del mundo.
A ello se suman dos activos que están en el centro de la disputa económica: la ciudad de Marib, con sus yacimientos de gas y la planta de licuefacción de Balhaf, desde donde se exporta gas natural licuado a través del golfo de Adén; y la refinería de Adén, fundada en 1952 y en su día la mayor de Yemen. Cerrada desde 2015 por la guerra, comenzó a reactivarse en 2025, en lo que el CLP describió como la recuperación de una arteria económica vital para el país.
En ese tablero fragmentado, un alto al fuego en 2022 mediado por la ONU contuvo lo peor de la guerra. Sin embargo, empezó a desmoronarse el pasado julio cuando, respaldados por Irán, los hutíes anunciaron un “embargo marítimo” contra Arabia Saudí y reanudaron los ataques con drones y misiles contra aeropuertos, instalaciones petroleras y buques cisterna saudíes en el mar Rojo. Entre 2023 y 2026, estos ataques, sumados a una nueva ofensiva hutí en la costa occidental, terminaron de romper el acuerdo informal que había mantenido una calma relativa durante los últimos años.
El divorcio entre Riad y Abu Dabi
Desde 2015, Arabia Saudí y Emiratos combatieron en la misma coalición contra los hutíes, pero con lealtades distintas: Riad apoyaba al Gobierno, Abu Dabi al Consejo de Transición del Sur (CTS). Ambas potencias compiten por la influencia regional, inversión y control de rutas comerciales estratégicas. En Yemen, Emiratos apostó por una estrategia marítima y logística, haciéndose con puertos costeros y construyendo pistas de aterrizaje en enclaves como Socotra y la isla de Perim, cerca de Bab al Mandeb. Mientras tanto, Arabia Saudí ligó su presencia al plan Visión 2030 y, según algunas informaciones, a un antiguo proyecto de oleoducto propio hacia el océano Índico que le permitiría sortear el estrecho de Ormuz.
Arabia Saudí-Emiratos, el divorcio que marcará el futuro de Oriente Próximo
La ruptura estalló en diciembre de 2025, cuando el CTS —respaldado por Emiratos— se apoderó de Hadramaut y Al Mahra, regiones petroleras fronterizas con Arabia Saudí que Riad consideró una línea roja para su seguridad. La coalición saudí respondió bombardeando el puerto de Mukalla, alegando un envío de armas emiratíes al CTS. El Consejo de Liderazgo Presidencial (CLP) canceló el acuerdo de defensa con Emiratos, exigió la retirada de sus tropas y declaró el estado de emergencia. Emiratos respondió anunciando que retiraría de forma “voluntaria” sus últimas unidades de contraterrorismo, su presencia militar restante en el país. El golpe fue letal para el proyecto separatista: en enero de 2026, el CTS se disolvió tras ser derrotado por las fuerzas saudíes y gubernamentales, que recuperaron el territorio perdido.
Esta fractura entre potencias del Golfo paralizó por completo el proceso de pacificación en Yemen. Al mismo tiempo, le dio a los hutíes, en el norte, vía libre para consolidar su poder en Saná y en las zonas más pobladas, aprovechando el congelamiento de la hoja de ruta política que la ONU esperaba implementar.
Los saudíes, sin aliados
Frente al resurgir hutí, Arabia Saudí ha reforzado su propia red de seguridad regional. El pasado julio impulsó la Alianza Multinacional de Defensa Marítima, un marco con más de cuarenta países, incluido Estados Unidos, para proteger Bab al Mandeb, el mar Rojo y el golfo de Adén. Y en agosto firmó el Acuerdo de Defensa Conjunta de la Meca junto a Pakistán y Turquía, con una cláusula donde un ataque contra uno de los firmantes se consideraría un ataque contra todos.
Sin embargo, ni Islamabad ni Ankara tienen interés en verse arrastradas a una guerra con los hutíes o Irán: la posición de Pakistán, como hasta ahora entre Estados Unidos e Irán, es ser mediador en el conflicto, porque su larga frontera con la República Islámica supondría un alto riesgo al involucrarse con los saudíes. Por su parte, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, ha dicho que el pacto es una “garantía de estabilidad regional”, pero siempre en un marco de diplomacia y no de confrontación directa con Irán.
El éxito de los hutíes: de grupo rebelde a milicia enfrentada con Estados Unidos
El resultado es que, pese a rodearse de nuevos marcos de seguridad sobre el papel, Arabia Saudí está respondiendo prácticamente sola sobre el terreno. A eso se suma el giro de Estados Unidos, el actor que más ha cambiado de postura: Washington había llevado a cabo ataques contra posiciones hutíes y operaciones navales en el mar Rojo para proteger el tráfico comercial, pero en mayo de 2025 alcanzó un alto al fuego con los hutíes mediado por Omán. Con la escalada reciente, el presidente Donald Trump se ha resistido a implicarse. Y es que Estados Unidos, hoy, no tiene ni la voluntad ni el interés estratégico de volver a intervenir militarmente de forma decidida en Yemen, dejando a Riad sin el respaldo que reclama.
Bab al Mandeb, ¿el próximo Ormuz?
El Gobierno yemení advierte contra la repetición de otro escenario regional: Rashad al Alimi, presidente del CLP, declaró que “no debe permitirse que el estrecho de Bab al Mandeb se convierta en otro estrecho de Ormuz”, ni Yemen en una plataforma de chantaje político en nombre de Irán. En la misma línea, el Consejo de Defensa Nacional yemení ha reclamado la aplicación de las resoluciones internacionales y apoyo para proteger su soberanía y sus aguas territoriales. Pero los hutíes siguen ganando posiciones. La pregunta de fondo sigue sin respuesta: si las potencias regionales y Estados Unidos no están dispuestos a intervenir, ¿quién puede impedir que los hutíes sigan afectando la estabilidad marítima mundial?




