En plena Navidad y tras tres años de crisis encadenadas, el mundo vuelve a afrontar una nueva amenaza global. El mar Rojo, la puerta de entrada al canal de Suez y por donde transita el 12% del comercio mundial y el 30% del tráfico de contenedores, lleva semanas sufriendo las embestidas de los rebeldes hutíes de Yemen en forma de ataques a buques mercantes. Las principales navieras internacionales ya han suspendido su actividad en la zona y han desviado sus envíos hacia la ruta a través del cabo sudafricano de Buena Esperanza, lo que irremediablemente aumentará los tiempos y los costes de muchas compras navideñas.
Los hutíes son un movimiento político y armado chií zaidí que se opone al Gobierno suní de Yemen, frente al cual se sublevaron en 2004 por considerarlo demasiado próximo a Arabia Saudí y Estados Unidos. Controlan el noroeste del país y son estrechos aliados de Irán, que les provee de armas y logística. Su potencial, eso sí, es más limitado que otros miembros del Eje de la Resistencia liderado por Teherán como Hezbolá, aunque también son más autónomos, lo que los convierte en impredecibles.
Los reiterados ataques de las milicias hutíes en el mar Rojo, que aún no se han cobrado ningún naufragio pero que sí han provocado importantes daños e incendios en diversas embarcaciones, se enmarcan dentro del enfrentamiento árabe-israelí y más concretamente la guerra de Gaza. Su objetivo es internacionalizar el conflicto y aumentar la presión sobre Israel para que cese sus acometidas contra el pueblo palestino.
A pesar de ello, la única reacción occidental con la que se han encontrado por el momento esos ataques es la puesta en marcha de la operación Prosperity Guardian, una coalición militar integrada por Estados Unidos y ocho países más —Reino Unido, Francia, Italia, Países Bajos, Canadá, Noruega, Baréin y Seychelles—. La misión, similar a las que ya organizaron la UE y la OTAN para frenar la piratería en las costas de Somalia entre 2008 y 2009, enviará navíos de guer...