Geopolítica América del Norte Europa

Pasado, presente y futuro de la OTAN

Pasado, presente y futuro de la OTAN
Fuente: Departamento de Estado de EE. UU.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se ha convertido en un actor clave en la Historia del mundo occidental durante la segunda mitad del siglo XX. Todavía hoy su rol geopolítico en el continente europeo es notable, pero también enfrenta una necesaria renovación en su enfoque y sus capacidades.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte, conocida comúnmente como OTAN, NATO por sus siglas en inglés o Alianza Atlántica, es una organización internacional de carácter militar defensivo circunscrita al ámbito geográfico noroccidental. El germen de esta amplia alianza se remonta a las negociaciones y colaboraciones británicas y estadounidenses durante los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial, un momento en el que el primer ministro británico Churchill trataba de sacar del aislacionismo a Estados Unidos. Hasta ese momento, la potencia norteamericana solo había apoyado a los aliados —que claramente se encontraban perdiendo la guerra— con el acuerdo de destructores por bases y la Ley de Préstamos y Arriendos, por los cuales Washington daba apoyo económico y material a Londres. Así, el 14 de agosto de 1941 Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill firmaban la Carta del Atlántico, una declaración de intenciones de posguerra que sirvió para articular los valores básicos que tendría posteriormente la ONU y que también incluía el concepto de “seguridad colectiva”, que sería la raíz de la que luego crecería toda la estructura de la OTAN.

Una vez acabada la guerra y establecido el mapa de la nueva Europa con las correspondientes zonas de influencia, algunos errores en la percepción occidental de los movimientos soviéticos, como el apoyo al golpe de Estado en Checoslovaquia en febrero de 1948, hizo que algunos países de Europa occidental decidiesen potenciar sus relaciones económicas, culturales y, sobre todo, de seguridad en previsión de un futuro ataque soviético. Si bien los países aliados habían desmovilizado a buena parte de los efectivos militares que participaron en la guerra, la URSS aún mantenía cerca de 5,5 millones de soldados en Europa del Este en la década de los 50. Así, en marzo de 1948 Reino Unido, Francia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo firmaban en Bruselas el tratado homónimo, en el que se establecía una asistencia mutua de los firmantes en caso de que uno de ellos sufriese una agresión militar.

Si consideramos 1948 el inicio de la Guerra Fría, los movimientos políticos y militares a ambos lados del llamado telón de acero empezaron a ser vistos con recelo por la otra parte, por lo que comenzó una dinámica de atrincheramiento en cada uno de los bloques. A partir de estos primeros compases, factores como el bloqueo de Berlín, la guerra civil en Grecia y la salida de la URSS de Irán llevaron a los países europeos a buscar el paraguas estadounidense, cuyo poderío militar era entonces inigualable, ya que aún mantenía el monopolio nuclear —la Unión Soviética no conseguiría el arma atómica hasta 1949—. Estados Unidos accedió a formar una alianza transatlántica con el fin de proteger Europa occidental de un ataque del este, por lo que el 4 de abril de 1949 se firmaba en Washington el Tratado del Atlántico Norte. A él se adherían los países europeos firmantes en Bruselas el año anterior más Italia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Portugal y, desde el otro lado del Atlántico, Estados Unidos y Canadá: 12 países en total. Años después, el primer secretario general de la OTAN, el británico lord Ismay, diría: “La OTAN se creó para mantener fuera a los soviéticos, dentro a los estadounidenses y abajo a los alemanes”.

Apenas una década después del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, en el continente ya existían dos bloques claramente diferenciados: la OTAN frente al Pacto de Varsovia.

Del Tratado de Washington a una OTAN estructurada

El Tratado de Washington, que es donde se constituyen las bases jurídicas de la OTAN, no difiere mucho de algunos principios de la Carta de las Naciones Unidas, una de sus referencias; al fin y al cabo, ambas organizaciones surgen de un contexto político similar. En él se enumeran los valores que persigue la organización, como la promoción de la paz, la seguridad, la cooperación, la democracia, etc., pero es en algunos artículos donde conviene a poner el foco: sobre ellos pivotan algunas de las ideas claves de todo el funcionamiento de la política europea de defensa durante la segunda mitad del siglo XX.

“Las partes convienen que un ataque armado contra una o más de ellas que tenga lugar en Europa o América del Norte, será considerado como un ataque dirigido contra todas las partes”

Artículo 5 del Tratado de Washington

El precepto anterior supone el punto fundamental de la asistencia mutua y la seguridad cooperativa, aunque se vuelve más interesante con el artículo siguiente:

“A efecto del art. 5, se considera ataque armado contra una o varias de las partes al que tenga lugar: contra el territorio de alguno de ellos en Europa o América del Norte, contra los departamentos franceses de Argelia, contra el territorio de Turquía o contra las islas situadas bajo la jurisdicción de cualquiera de las partes en la zona del Atlántico Norte al norte del trópico de Cáncer”

Artículo 6 del Tratado de Washington

Esto quizás parece irrelevante, pero con estos apartados se enviaba una serie de mensajes a la URSS que condicionaron buena parte de la geopolítica europea durante décadas. En aquellos primeros años de Guerra Fría, Argelia era la perla francesa de África. Para protegerla de posibles influencias filosoviéticas, París puso mucho empeño en ponerla bajo el manto de la OTAN y que así no se pudiese instigar una acción de los soviéticos contra la colonia. Como es lógico, en el momento en el que Francia reconoció la independencia de Argelia en 1962, el nuevo país salió de dicha protección. También se protegía Turquía, país que entonces no formaba parte —entró en 1952—, pero que era un punto vital para defender el flanco sur y el Mediterráneo de la expansión de Moscú, además de existir conflictos territoriales entre soviéticos y turcos en la zona de Armenia. Incluso la expresión “al norte del trópico de Cáncer” resultó fundamental, por ejemplo, para que el Reino Unido no pudiese invocar la ayuda de la OTAN cuando las Malvinas fueron invadidas por Argentina. Tal es la precisión por la que se intenta definir un espacio geográfico que proteger —no necesariamente a los propios Estados— que, actualmente, los territorios españoles de Ceuta y Melilla, situados en el norte del continente africano, no están protegidos por el paraguas de la Alianza —al contrario que el archipiélago de Canarias—.

En el ámbito organizativo interno, la OTAN presenta dos estructuras: una militar y otra civil, más política. El organismo principal de la estructura civil es el Consejo del Atlántico Norte, con sede en Bruselas y cuya presidencia recae en el secretario general de la OTAN. Este cargo siempre ha sido ostentado por un europeo y todos los principales grandes socios europeos de la alianza han tenido a un nacional en el cargo —con la excepción de Francia—. En dicho consejo, todas las naciones integradas en la OTAN tienen un representante y las decisiones han de ser tomadas de manera unánime.

En la estructura militar encontramos el Comité Militar, bajo la autoridad del Consejo. Dentro de este comité existe también el Estado Mayor Internacional, que vienen a ser las reuniones de los jefes del Estado mayor de los distintos países de la Alianza. El Comité siempre está presidido por un militar y desde el origen de la OTAN ha ido rotando entre los países miembros. Cabe destacar también la existencia de dos mandos estratégicos: la Comandancia Suprema Aliada en Europa, con base en Mons (Bélgica), y la Comandancia Suprema Aliada del Atlántico, con base en Norfolk (Estados Unidos). Los mandos de estos cuerpos han sido mayoritariamente estadounidenses.

De la Guerra Fría a las guerras de Yugoslavia

Una vez afianzado el arranque de la Alianza Atlántica, los primeros pasos se dirigieron hacia el Mediterráneo con el fin de asegurar el flanco sur. Debe aclararse, no obstante, que la mayoría de las veces, cuando hablemos de “intereses de la OTAN”, equivale a decir “intereses de Estados Unidos”, puesto que, durante la Guerra Fría y aún más en sus inicios, la OTAN jugó un papel fundamental en la llamada “doctrina de la contención” estadounidense. Mediante esta expansión mediterránea, en 1952 se adhirieron a la OTAN Grecia y Turquía. En esta época se comenzó a especular con que la Alianza se fuese a solapar con la Comunidad Europea de Defensa, vinculada a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero —antecesora de la actual Unión Europea— y que se basaba en crear un euroejército para alejarse de la dependencia de Estados Unidos. Sin embargo, cuando el tratado constitutivo ya estaba firmado por todos los socios europeos y solo había de ser ratificado por Francia, la Asamblea Nacional rechazó el acuerdo y todo se vino abajo, con lo que desapareció toda la política europea de defensa, que ni siquiera hoy ha llegado a alcanzar un nivel de integración tan elevado como el que se proponía entonces.

Para ampliar: “La PESCO, el sueño de una unión militar europea”, Alicia García en El Orden Mundial, 2019

Tres años después, el 9 de mayo de 1955, nada más constituirse como Estado, la República Federal Alemana se unía a la OTAN. Apenas cinco días después, el bloque oriental respondía con la formación del Pacto de Varsovia, una alianza militar que agrupaba a todos los países socialistas de Europa del Este con la excepción de Yugoslavia y Albania.

La OTAN y el Pacto de Varsovia, dos bloques contrapuestos liderados por las dos superpotencias de la pos Guerra Fría.

Todo continuó con los altibajos propios de la Guerra Fría hasta 1966, cuando las divergencias estratégicas y políticas entre Estados Unidos y Francia hicieron que esta última abandonase la estructura militar de la organización. Este hecho ha sido frecuentemente confundido con la salida de Francia de la Alianza, lo cual es incorrecto: Francia nunca ha abandonado la OTAN, solo ha rehusado participar en el mando conjunto y en operaciones conjuntas. Igual pasó con Grecia, que entre 1974 y 1980 abandonó dicha estructura por las enormes tensiones con Turquía en el marco de la crisis en Chipre. Al igual que Grecia, Francia volvió a la estructura militar atlántica en el año 2009.

En los años sucesivos y hasta la desaparición de la URSS y los demás regímenes socialistas soviéticos en 1991, solo España ingresó en la OTAN —en 1982— con una permanencia ratificada en el famoso referéndum de 1986 y la parte oriental de Alemania se unió a la occidental, de tal manera que la Alemania unificada quedó dentro de la Alianza. Una vez colapsa la URSS, el sentido originario de la OTAN muere con ella. Aunque no muchos años después se comprobase que existían más problemas transnacionales, como el terrorismo o el auge de potencias como China, Rusia o India en los tempranos años noventa, el poderío militar de EE. UU. parecía incontestable. Únicamente recobró cierto sentido la cooperación militar cuando, en el marco de la guerra del Golfo, los Estados Unidos usaron masivamente las bases establecidas por Europa para apoyar su acción en Oriente Próximo. Aun así, y siempre bajo los intereses estadounidenses, la OTAN permaneció intacta.

Con los años de acceso de los distintos socios europeos a la OTAN se pueden comprobar los distintos movimientos geopolíticos de la organización desde su fundación.

Encarando el final del milenio, 1999 se convierte en un año clave para la alianza y para la política europea de seguridad y defensa. En marzo de ese año, tres nuevos miembros ingresan en la organización: Polonia, Hungría y la República Checa. Simbólicamente, este fue un gran paso para la OTAN, puesto que se integró a tres países que diez años antes eran considerados enemigos. Se iniciaba así una integración hacia el este que se completaría en 2004 con el ingreso de las repúblicas bálticas —Estonia, Letonia y Lituania—, Rumanía, Bulgaria, Eslovaquia y Eslovenia aprovechando años de gran debilidad de Rusia, a caballo entre una crisis económica e importantes crisis territoriales —como las guerras en Chechenia—.

Otro hecho fundamental del penúltimo año del siglo XX es la intervención de la OTAN en Yugoslavia. Ante el ataque a los grupos albaneses y kosovares del sur de Serbia por parte del Gobierno de Slobodan Milošević, la Alianza decide intervenir —sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas— para proteger a esas poblaciones y a los refugiados que huyen y que estaban siendo víctimas de una limpieza étnica. La coalición realizó ataques selectivos por aire y mar contra tropas y objetivos serbios, que cedieron ante la negativa de ayuda de Rusia y la determinación de las fuerzas atlánticas de parar la campaña de Milošević, incluso mediante una hipotética invasión terrestre de Serbia. Esta campaña de “responsabilidad de proteger” fue un espaldarazo a las capacidades militares y a el rol geopolítico de la OTAN, si bien no faltaron acciones polémicas, como el ataque —al parecer accidental— a un convoy de refugiados y a la embajada china en Belgrado.

¿Qué futuro enfrenta la OTAN?

Ya en el siglo XXI, los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington sin duda cambiaron toda la perspectiva de seguridad y defensa en el mundo occidental, y ello afectó al resto del planeta. La OTAN no fue ajena a ello: tras los atentados, Estados Unidos convocó por primera y única vez hasta la fecha al Consejo de la organización e invocó el artículo 5. La petición estadounidense no fue aceptada de forma directa, pero el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sí encomendó a la OTAN liderar una misión para instaurar la paz en Afganistán, entonces bajo el poder de los talibanes, y ayudar al Gobierno local a mantener de manera efectiva el orden. Esta Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, como se la conoce, actúa de manera bilateral con las fuerzas desplegadas por Estados Unidos. En ella llegaron a participar más de 40 países con casi 130.000 tropas sobre el terreno en total.

En épocas más recientes, hay que destacar la coordinación del mando en la operación de bloqueo naval e instauración de una zona de exclusión aérea en Libia. Si bien empezó como una operación para minimizar bajas civiles ante los continuos ataques de las fuerzas aéreas de Gadafi, la OTAN se acabó extralimitando en sus funciones y ayudó notablemente al esfuerzo de guerra de la facción rebelde mediante ataques estratégicos con fuerzas navales y aéreas.

Tras la gran ampliación hacia el espacio postsoviético de finales del siglo XX, las siguientes incorporaciones se han centrado en las repúblicas balcánicas, con la entrada de Croacia y Albania en 2009. En perspectiva de lo que puede pasar en un futuro, la lógica geopolítica de la organización apunta a que la expansión siga hacia el este de Europa, los Balcanes y el Cáucaso. Con todo, desde 1994 existe un programa llamado Asociación para la Paz que trata de promover las buenas relaciones de vecindad y cooperación entre países limítrofes con la zona OTAN, por lo que poco a poco es probable que países como Georgia o Ucrania pidan el ingreso en la Alianza. Lo que es difícil es que, salvo cambio radical de las circunstancias, los países europeos occidentales que aún no se han adherido pidan la entrada, puesto que todos ellos —salvo los balcánicos— son constitucional o políticamente neutrales: Suiza, Austria, Suecia, Finlandia e Irlanda.

Para ampliar: “Por qué no es una buena idea integrar a Georgia en la OTAN”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2018

Por otra parte estarían las relaciones con Rusia: aunque se han intentado mejorar, las políticas estadounidenses de defensa para con Europa no han ayudado a la distensión. El mayor punto de ruptura ha sido la instalación del escudo antimisiles, una política en la que Rusia se muestra intransigente al considerarla un remanente de la bipolaridad de la Guerra Fría.

El área de influencia rusa delimita el perímetro de seguridad respecto a la OTAN.

Sea como fuere, el debate sobre la organización sigue muy vivo: para unos es un remanente anacrónico de los tiempos de confrontación con la Unión Soviética y una herramienta geopolítica de los intereses de Estados Unidos; para otros, un elemento fundamental en la defensa de Europa frente a potencias como Rusia. De lo que no cabe duda es de la elevada influencia de la que todavía goza la organización tanto en el Viejo Continente como en su espacio circundante.

3 comentarios

  1. Tremendo artículo, saludos desde Ecuador

  2. buen analisis geopolitico

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    Carlos Roberto Carrillo Rieckhof