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La hawala, el milenario sistema financiero que mueve millones de dólares en la sombra

La hawala, el milenario sistema financiero que mueve millones de dólares en la sombra
Fuente: Wikimedia

La hawala es una red informal de pagos que mueve millones de dólares al año fuera del alcance de Gobiernos y organismos internacionales. Creada por los musulmanes hace siglos y basada en la reputación y la confianza entre clientes e intermediarios, es clave para envíos de remesas y en países en crisis, pero el anonimato que ofrece también lo aprovechan grupos terroristas y del crimen organizado, sobre todo tras el 11S.

Una red informal de intercambio de dinero que hoy sigue operando en la sombra se adelantó más de mil años al sistema financiero internacional. La hawala surgió en el siglo VIII en comunidades musulmanas del sur de Asia como un sistema para saldar cuentas entre familiares y amigos. Los préstamos podían ser devueltos a medio o largo plazo en efectivo o mediante favores, más parecido al trueque que a la banca formal. Su raíz lingüística significa ‘intercambio’ o ‘transformación’ en árabe, y penetró al hindi y al urdu con el significado de ‘confianza’. Incluso se cree que la palabra “aval” en español puede compartir raíz con “hawala”.

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Esta práctica fiable, rápida y barata se extendió por rutas comerciales nacionales y por la Ruta de la Seda para proteger de los robos a los viajeros, superando guerras, cambios políticos y crisis financieras. En la actualidad, la hawala transfiere fondos por todo el mundo y muchos la utilizan para alimentar a sus familias desde el extranjero. Su informalidad, sin embargo, también ha servido para financiar el crimen organizado y se ha vuelto un quebradero de cabeza para los Gobiernos que han intentado regularla.

Una red tan informal como segura

La hawala es un sistema de transferencia informal de fondos que opera a escala nacional e internacional. Lo usan sobre todo inmigrantes en países desarrollados para enviar fondos a sus lugares de origen. Su estructura puede ser compleja, estratificada y jerárquica, pero su forma básica requiere solo de un remitente, un destinatario y dos intermediarios o hawaladars, uno en el lugar de envío y otro en el destino, con frecuencia unidos por lazos familiares o amistosos.

Un inmigrante nepalí, por ejemplo, llega a Catar a través de una agencia para trabajar en construcción mientras que su familia permanece en Katmandú, capital de Nepal. Para enviar el dinero a casa, el inmigrante contacta con un hawaladar catarí recomendado por la agencia, quien tiene un representante en Katmandú. El inmigrante entrega al hawaladar el dinero en la divisa local junto a una contraseña que solo conocen él, el destinatario y ahora también el hawaladar. Esta clave puede ser una palabra, una seña o un objeto como medio naipe o una postal, que el inmigrante y su familia ya habían acordado, y que solo será válido para esa transacción. A continuación, el hawaladar catarí llamará al de Nepal para comunicarle la clave y pedirle que entregue al destinatario la misma cantidad recibida pero en rupias nepalíes, cobrando una pequeña comisión por el servicio. Una vez se entrega el dinero, por lo general en menos de 48 horas, la transacción se considera finalizada.

La operación no ha requerido mover fondos entre fronteras ni cambios de divisas, sino que se basa en reservas de dinero en las oficinas de los hawaladars, por lo general camufladas en pequeños negocios como locutorios o agencias de viaje. Lo que se transfiere es el valor. Cuando un hawaladar contacta a otro se genera una deuda que más tarde compensarán mediante diversos mecanismos, como una transacción inversa, una transferencia bancaria periódica, abono de facturas, subfacturación o sobrefacturación, entre otros.

El beneficio proviene de cobrar comisiones pequeñas, siempre inferiores a las de la banca formal. No hay comisiones de transacción ni de conversión de divisas. Los hawaladars sí registran el nombre de los usuarios y la cantidad de dinero, pero suelen hacerlo en libros u ordenadores y solo por unos meses. La cotización final depende del volumen de la transacción, la relación financiera entre el remitente y los hawaladars, su habilidad de negociación y su comprensión del mercado, y el destino del dinero.

Pese a que la hawala está arraigada a tradiciones islámicas, su uso se ha extendido más allá. Diferentes sociedades en Asia han adoptado el concepto, que ha evolucionado según las necesidades: algunos ejemplos posteriores son el hundi en Pakistán, con una decena de variantes, la padala en Filipinas o el phei kwan en Tailandia. El fei qian chino es coetáneo de la hawala y funciona de manera parecida.

Usos benignos: remesas y situaciones de emergencia

La hawala surgió para reducir la inseguridad de los movimientos de dinero a larga distancia mediante la confianza que proveen las relaciones cercanas y los vínculos culturales. Ahora, en un mundo globalizado con migración laboral al alza y conflictos armados activos, esta red todavía satisface la demanda que llevó a crearla.

Una de sus funciones principales es el envío de remesas internacionales. La inestabilidad y la falta de oportunidades obliga a muchas personas a emigrar a países desarrollados para garantizar el bienestar de sus familias. Desde el extranjero, muchos transfieren dinero a través de la hawala ya sea por necesidad, por desconocer el idioma local o porque la comunidad migrante lo hace, al menos hasta regularizar su situación o poder llevar a su familia con ellos. La diferencia entre la hawala y los sistemas formales de envío de remesas es que la hawala no opera con el sistema financiero, así que estas no quedan registradas en los ingresos de divisas al mercado nacional ni están sujetas a regulación fiscal. Los usuarios de la hawala no podrán consultar comisiones oficiales ni presentar quejas, pero la naturaleza familiar y reputacional del negocio hacen improbables estos problemas.

Los atractivos de la hawala para estos casos son la rapidez, la simplicidad y los bajos costes. Las tarifas de servicio rondan entre el 0,5% y el 1,5%, frente a los rangos del 3,5% al 20% de los bancos y los servicios de envío de dinero tradicionales, como Western Union o Money Gram. La mayor desconfianza hacia los bancos en los países de procedencia de los migrantes también les hace optar por la hawala en los países desarrollados. Esta red alcanza lugares que los bancos no, asegurando que el dinero llegue a zonas remotas en menos de 48 horas sin necesidad de documentación. 

El volumen global de envíos de remesas mediante este sistema se calcula en miles de millones de dólares, pero la ausencia de registros y la diversidad de hawaladars para saldar las deudas dificultan conocerlo con exactitud. Además, la pandemia ha ralentizado la migración global, reduciendo las remesas hasta en un 16% en algunas regiones del mundo.

La hawala también cobra importancia en países en guerra, donde las ONG ratifican su papel indispensable para la entrega de fondos y otros servicios. En Afganistán, que ha vivido guerras desde los años setenta, los hawaladars han facilitado el flujo de cientos de miles de dólares de dinero humanitario para promover elecciones democráticas, reparar carreteras, construir colegios e implementar programas de asistencia agrícola. Algunas razones que lo han motivado han sido la corrupción y la ineficiencia de las instituciones financieras, el analfabetismo, la desconfianza en los bancos y la inexistencia de sus servicios en lugares remotos. Durante el control talibán de 1996 a 2001, las transferencias de fondos dentro del país se hacían mediante métodos informales, pese a que había trece bancos oficiales. En Irak, Siria y los campamentos de personas desplazadas en África y el sur de Asia se utilizan variaciones de la hawala por los mismos motivos.

Asimismo, la hawala ha ayudado en la respuesta a desastres naturales en países en desarrollo. Tras el tsunami de 2004 en el océano Índico, los hawaladars ayudaron a localizar a las familias y a restablecer las comunicaciones en las regiones afectadas de Indonesia y Sri Lanka. En este país, las remesas enviadas a través de hawaladars por valor de 1,5 millones de dólares aportaron la mayor fuente de divisas durante los meses siguientes a la catástrofe.

El lado oscuro: terrorismo y crimen organizado

El anonimato ha hecho de la hawala un canal seguro para el lavado de dinero del terrorismo o del tráfico de drogas y armas. Estas operaciones, más sofisticadas, tienen múltiples hawaladars según el volumen de fondos que administran y de quién los recoge. Las claves entre ellos pueden ser números de teléfono o de serie de billetes, entre otras. Rastrear el movimiento de fondos y la mercancía se vuelve complicado porque los flujos de productos legales e ilegales se mezclan, y los fondos atraviesan varias capas de instituciones formales e informales. Los hawaladars saldan cuentas mediante depósitos fragmentados en varios bancos alrededor del mundo, ya sea con pagos en efectivo o transferencias bancarias.

También en Afganistán, la industria del opio no sería nada sin los hawaladars. El tráfico y producción de opio generó 2.700 millones de dólares en 2018 en el país, alrededor del 10% del PIB. Las ciudades fronterizas hacen de nexo con los países vecinos donde se procesan los pagos. Por ejemplo, un hipotético traficante de drogas acude a un hawaladar afgano para tramitar un acuerdo con un hombre de negocios en Dubái, y desea recibir el pago en vehículos para revenderlos y aumentar su beneficio. El hawaladar facilita el intercambio mediante colaboraciones con homólogos en Dubái, Irán y Afganistán. Cuando las drogas se entregan al hawaladar en Irán y se ha mandado el pago, el hawaladar afgano adquiere e importa los vehículos que el traficante desea a cambio. Con frecuencia, el hombre de negocios trabaja en la misma industria desde la que el traficante desea recibir los bienes.

En este esquema delictivo, además, las ciudades están jerarquizadas. Dubai, Karachi o Riad son clearinghouses, centros de liquidación de deuda, mientras que la mayor parte de los pedidos provienen y se tramitan desde centros financieros como Londres y Nueva York. Casi todos los beneficios de estas actividades son para los traficantes, mientras que los hawaladars perciben entre 250 y 850 dólares mensuales, una fracción ínfima de los diez millones de dólares que pueden moverse en temporada alta.

Estructuras similares han llegado a las rutas del narcotráfico y de bienes ilícitos de África y Latinoamérica, con China como intermediario para lavar dinero. Un cártel de la cocaína en Colombia utilizaba hawaladars chinos para saldar cuentas importando electrodomésticos, detergentes y productos textiles que luego se revendían dentro del país para dar la impresión de que el dinero no salía. En África, la hawala ha facilitado la exportación de marfil, abulón o palisandro ilegal al gigante asiático.

La hawala también está involucrada en el mercado ilegal de armas. Incluso entre Yemen y Somalia, dos países con conflictos civiles activos, existen transferencias de armas ligeras que involucran a hawaladars yemeníes y traficantes en ambos países. El negocio movió 3,7 millones de dólares entre 2014 y 2020 bajo decenas de alias, teléfonos e intermediarios.

El terrorismo tampoco ha sido ajeno a la hawala, en especial tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. El Gobierno de Estados Unidos rastreó los vínculos entre las variantes de la hawala y Al Qaeda, que pagó entre 400.000 y 500.000 dólares por el ataque entre prácticas de vuelo, viajes y gastos diarios para los terroristas. Antes del atentado, la organización terrorista movía treinta millones de dólares anuales mediante facilitadores en Emiratos Árabes Unidos, Afganistán y Pakistán, y la desviación de fondos de organizaciones caritativas que acababan en manos de hawaladars afiliados.

Dáesh, por su parte, ha utilizado la hawala para mover parte del dinero de los impuestos que recaudaba en sus territorios ocupados, de la venta de petróleo y de antigüedades en el mercado negro, o del tráfico de heroína desde Afganistán. Incluso en 2020, la policía española, con ayuda de Europol, arrestó a un hombre en Madrid sospechoso de usar la hawala para financiar la reintroducción de terroristas en Europa desde las zonas que Dáesh controlaba en Siria.

Terrorismo y tráfico de bienes ilícitos suelen ir de la mano. El grupo político y paramilitar libanés Hezbolá financia gran parte de sus actividades mediante la venta de drogas y tabaco ilegal en la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Lo mismo ocurre en Cachemira, territorio que India y Pakistán se disputan desde los años cuarenta, donde la hawala ha facilitado la financiación de insurgencias, la distribución de merchandising terrorista y el apoyo a partidos fundamentalistas. El grupo asociado con Al Qaeda en Cachemira, Lashkar-e-Taiba, se financia mediante falsificaciones, extorsión, desviación de donaciones de la diáspora pakistaní y el comercio de droga con ayuda de bancos y hawaladars en el territorio y en el Reino Unido. 

El problema de la regulación

Regular la hawala es difícil: ha sido indispensable para comunidades y países en situaciones económicas precarias, pero siempre por libre o desde la sombra. Antes de los atentados en Nueva York, la fe de los Gobiernos en la riqueza generada por el libre mercado había llevado a las instituciones financieras de los países desarrollados a prestarle poca atención a esta red.

Sin embargo, la mayor participación de los hawaladars en el crimen organizado transnacional puso fin a esa pasividad. Tras el 11S, el Gobierno estadounidense organizó comandos de investigación, condujo redadas, congeló activos y prohibió comerciar con hawaladars sospechosos de colaborar con Al Qaeda. Pero la medida fue contraproducente: las incautaciones se tradujeron en pérdidas de 65 millones de dólares en el mercado de remesas y en métodos alternativos entre las organizaciones terroristas para mover dinero.

La ambición reguladora también tiene causas económicas. La fuga de capitales reduce la disponibilidad de recursos bancarios, aumenta las tasas de interés y precipita la pérdida de ingresos públicos en los países emisores. En los receptores, el dinero de la hawala dispara las economías sumergidas, lo que aumenta el consumo privado pero también reduce el cobro de impuestos y el número de cuentas bancarias. Además, el dinero de la hawala distorsiona los datos económicos oficiales, afecta a las predicciones fiscales y a las políticas de los Gobiernos y los bancos centrales.

El obstáculo principal para regular la hawala con efectividad ha sido la forma de entenderla. Los Gobiernos han recurrido a instrumentos tradicionales contra el blanqueo de dinero, como incautar o congelar activos. Medidas como el registro obligatorio de las actividades de los hawaladars han tenido un impacto nimio en países en desarrollo, donde el sistema judicial y la policía son más susceptibles a la corrupción. Aparte, las medidas coercitivas pueden llevar a los criminales a mezclar fondos ilegales en transferencias legales con más intensidad.

En Pakistán, donde el hundi mueve 7.000 millones de dólares al año, su prohibición resultó en un efecto llamada para más intermediarios. Con la hawala, otros obstáculos son la baja digitalización y el desconocimiento de su estructura por parte de Gobiernos y organizaciones internacionales, que resulta en planes de acción incompletos. Las fuerzas policiales también se enfrentan al reto de demostrar que un hawaladar está involucrado en crímenes como el blanqueo de dinero, pues no hay registros de quién recoge y cómo se utilizan los fondos enviados.

Un inevitable sistema paralelo

La hawala podría desaparecer si los bancos redujesen sus costes de manera drástica, pero eso es improbable. Este antiquísimo método de intercambio es un reto para Gobiernos e instituciones por su contribución al crimen organizado y las perturbaciones económicas que provoca. Pero también sigue siendo vital para millones de personas en lugares en crisis o a los que los bancos no llegan.

Más que con las estrategias tradicionales contra el blanqueo de dinero, la naturaleza de la hawala obliga a afrontarla desde una perspectiva local, tratando de que confluya con el sistema financiero formal, fomentando la participación internacional y luchando contra la corrupción en todos los estratos. Pero combatir los usos ilícitos de este sistema pasa por actuar tanto en pueblos remotos de Asia, África o Latinoamérica como grandes metrópolis occidentales y en las instituciones financieras más poderosas del planeta.

Begoña Arechalde

Madrid, 1996. Doble Grado en Relaciones Internacionales y Mandarín por la London School of Economics and Political Science. Apasionada de la geopolítica de Oriente Próximo y el norte de África y las sociedades árabe y persa. He trabajado como colaboradora de los periódicos Political Economy Journal y The London Globalist. Actualmente resido en Londres.

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