Una de cada nueve personas en todo el mundo depende de las remesas que envían los trabajadores inmigrantes a casa. Y cada vez son más: en 2019, las remesas movieron 716.674 millones de dólares ―cerca de 600.000 millones de euros― a nivel global, un récord histórico. Con la mejora de las redes de transporte y las telecomunicaciones, el número de personas que deciden buscar trabajo en otro país para mantener así a sus familias no ha parado de aumentar. Hasta que llegó el coronavirus.
Una remesa es un envío de dinero de un país a otro, normalmente a cargo de personas migrantes, ya sea en forma de transferencias, cheques o incluso en efectivo. Este flujo de dinero es especialmente importante para los países de ingresos bajos y medios, que acapararon el 76% de las remesas en 2019. Se estima que en estos países tres cuartas partes de las remesas se destinan a sufragar cuotas de centros educativos, alquileres, comida y asistencia médica.
De hecho, los países que a nivel global reciben más remesas son India, China, México y Filipinas, naciones en vías de desarrollo que destacan además por tener grandes diásporas. En cuanto a los principales emisores, sobresale por encima del resto Estados Unidos, origen de al menos el 10% de todas las remesas a nivel global. Los países del golfo Pérsico, con los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Kuwait y Catar a la cabeza, también son el origen de una gran cantidad de transferencias. No en vano, el boom del petróleo que vivió la región en los setenta abrió la puerta a miles de trabajadores del sudeste asiático, que continúan enviando grandes cantidades de dinero a sus hogares.
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