Irán está entrando en una era posrevolucionaria. El pasado julio, la reaparición del ayatolá Alí Jamenei en la festividad chií del Ashura dejó una interpretación de la canción patriótica Ey vatan (‘Oh, mi patria’) y la inclusión de himnos nacionalistas como Ey Iran. El régimen venía de la escalada con Israel, que agravó problemas estructurales como la alta inflación, los cortes energéticos y la crisis de legitimación popular. A ello se sumaría el reciente endurecimiento de las sanciones a diez años del acuerdo nuclear. Frente a las amenazas internas y externas, la República Islámica ha empezado a girar hacia el nacionalismo persa.
El cambio no es sólo retórico: el régimen ha decidido reorganizarse para garantizar la estabilidad del sistema político más allá del papel del líder supremo y del sucesor del propio Jamenei. El discurso nacionalista de las autoridades responde al contexto de crisis, pero envuelve un cierre de filas orientado a asegurar su supervivencia. Tanto la élite clerical como la Guardia Revolucionaria y el Ejército han optado por desplazar parcialmente la centralidad del islam, mientras los militares ganan peso en las instituciones y sectores clave del país. Si la estrategia sale adelante, supondrá el fin de la ideología revolucionaria en Irán.
La República Islámica ante el reto generacional
El mayor problema que enfrenta la República Islámica no es Israel o Estados Unidos, sino su legitimidad social. Desde hace años, el régimen tiene serias dificultades para responder al desafío generacional que representa la población posrevolucionaria. El ayatolá Jomeini, líder de la Revolución iraní de 1979, promovió la natalidad, pero no intuyó que ese crecimiento daría lugar décadas después a una generación opuesta a los ideales revolucionarios. Hoy en día, cerca del 60% de los iraníes tiene menos de 39 años y la edad media del país se sitúa en los 33. Esta generación, que no vivió la revolución, ha liderado las protestas de los últimos años, como las desencadenadas tras la muerte de Mahsa Amini en 2022. Demandan apertura política, libertades, mejoras económicas y atacan al corazón fundacional del sistema: el islam político.
Pese a los cortes de internet y las sanciones internacionales, la juventud iraní está hiperconectada y no es ajena a los cambios sociales y culturales. Las movilizaciones han cuestionado los pilares simbólicos de la República Islámica: a la oposicion al islam político se suman el rechazo al velo obligatorio o a la autoridad religiosa. Si el objetivo de la Revolución era crear creyentes fieles, ha conseguido el efecto contrario: la desobediencia civil se ha consolidado en las calles, desafiando al poder a pesar de la represión. Como muestra de ello, las autoridades han comenzado a ceder implícitamente en la imposición del hiyab.
En un intento por controlar el relato del conflicto con Israel, la guerra de los doce días marcó un punto de inflexión en el discurso del líder supremo. Históricamente, la República Islámica ha subordinado el nacionalismo persa y la herencia preislámica a los ideales revolucionarios. En cambio, durante la conmemoración del Ashura, Jamenei recurrió al nacionalismo persa, desplazando la centralidad del islam. A ello se han sumado expresiones como un enorme mural en Teherán de Arash el Arquero, un héroe mítico iraní, que se perciben como símbolos de la voluntad nacional y de la resistencia frente a cualquier agresión.
En los años ochenta, Jomeini enmarcó la guerra contra Irak en una narrativa religiosa ligada a la consolidación del régimen. En contraste, el liderazgo actual busca articular un relato que fusione nacionalismo persa y chiismo, presentando la guerra no como un ataque a la República Islámica, sino a la nación. Esta narrativa pretende canalizar el duelo colectivo y cohesionar a una sociedad cada vez más secular y alejada de los valores revolucionarios, con el objetivo de garantizar la continuidad del sistema.
La guerra con Israel y la posterior tregua entre Hamás e Israel también evidencian el agotamiento de la ideología revolucionaria iraní a nivel externo. Un indicio fue el reciente comunicado de Hamás sobre el plan de paz de Trump, en el que el movimiento agradece el apoyo de Catar, Egipto y Turquía, pero omite a Irán. Antes de los ataques de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023, la ideología revolucionaria era un pilar del poder de la República Islámica en Oriente Próximo. Sin embargo, tras la caída del régimen en Siria y el debilitamiento de aliados como Hamás y Hezbolá, ha dejado de acompañarlo de manera efectiva.
Irán, hacia un sistema político de corte militar
La República Islámica fue diseñada para garantizar su estabilidad y prevenir la aparición de una oposición alternativa, pero no se entiende sin las estrategias de Jamenei para consolidar su autoridad. Por un lado, el control de las elecciones populares le permiten al régimen dar una apariencia de rendición de cuentas y reajustar los equilibrios después de tensiones sociales. Algunos ejemplos han sido la reelección del presidente Mahmud Ahmadineyad en 2009 y la posterior represión del Movimiento Verde que denunciaba fraude electoral. También la victoria de Hasán Rohaní en 2013 tras aquellas protestas y la de Masoud Pezeshkian en 2024, con una agenda más aperturista frente al conservadurismo del fallecido Ebrahim Raisí.
Jamenei también lleva décadas promoviendo a los militares para afianzar su propio poder. Tras la muerte de Jomeini, el nuevo líder supremo asumió en 1989 gracias a una reforma constitucional y al consenso revolucionario que demandaba continuidad frente a la ruptura. Con el tiempo, ha fortalecido especialmente a la Guardia Revolucionaria bajo los mandatos de Ahmadineyad y Raisí mediante redes clientelares, control institucional y alianzas políticas. Como resultado, el organismo y sus jefes controlan directa o indirectamente gran parte de sectores estratégicos como el petróleo, gas, finanzas o telecomunicaciones.

Todo ese control ha convertido a los militares en los auténticos árbitros de la política iraní. Más aún cuando la pérdida de poder regional les empuja a centrarse más en ella. En particular, el mandato de la Guardia Revolucionaria de proteger la República Islámica podría derivar hacia proteger el poder acumulado por el régimen. Así lo refleja la creación del Consejo Supremo de Defensa Nacional por parte del Consejo Supremo de Seguridad Nacional para mejorar las capacidades de las fuerzas armadas. El organismo estará coordinado por el presidente, en este caso Pezeshkian, y estará centrado en la seguridad interna. Asimismo, en julio fueron nombrados un miembro del Ejército como jefe del Estado Mayor, cargo hasta ahora reservado para la Guardia Revolucionaria, y un nuevo comandante de la propia Guardia, con menos exposición. Con esos relevos, el régimen busca un nuevo equilibrio militar y político entre ambas fuerzas.
Sin embargo, la concentración del poder en la figura del líder supremo ha impedido reformas sustanciales en Irán. En ese contexto, la ausencia de un sucesor designado públicamente y de una figura religiosa de peso para el cargo ha alimentado la inestabilidad política, y la incertidumbre sobre la salud de Jamenei ha agudizado la preocupación por el día después de su muerte. Las autoridades iraníes se preparan para una sucesión, y el equilibrio de poder favorece cada vez más a los militares. Cualquier posible sucesor necesitará el respaldo de los nuevos líderes del Ejército y de la Guardia Revolucionaria, y el mejor situado es Mojtaba Jamenei, hijo del actual líder supremo, con estrechos vínculos con las fuerzas armadas.
La gestión pública es la verdadera garante de estabilidad
Con todo, la estrategia nacionalista y los movimientos internos del régimen son respuestas coyunturales. El verdadero desafío son los problemas estructurales que enfrenta el país y que irán más allá de la muerte de Jamenei. Aunque cuenta con algunas de las mayores reservas del mundo, Irán atraviesa una profunda crisis en sus infraestructuras energéticas por la falta de inversiones, una crisis hídrica, y la inflación y las sanciones siguen asfixiando su economía. Todo ello podría desencadenar un nuevo ciclo de protestas.
La situación se agravaría ante la paralización de la vía diplomática y un posible nuevo enfrentamiento con Israel. Israel y Estados Unidos están haciendo retroceder a la República Islámica en Oriente Próximo. La tregua bien puede facilitar una desescalada, pero también una preparación para próximos ataques. Al mismo tiempo, la población iraní ha comenzado a criticar la política exterior revolucionaria como una distracción frente a los problemas económicos y sociales. Esta estrategia, lejos de fortalecer la posición del país, ha reducido su margen de maniobra y ha limitado sus herramientas de negociación frente a Occidente.
Algunas voces del sistema iraní apuntan a atender estas cuestiones para no caer en el bloqueo y para reducir la creciente brecha con la ciudadanía. Figuras como el expresidente Rohaní han llamado a reformar la gobernanza y restablecer la confianza pública, pero Pezeshkian, que llegó al poder en esa línea, tiene poco margen. Recientemente, el bando reformista llamó a una reconciliación, suspender el enriquecimiento de uranio, otorgar amnistías a presos políticos o eliminar la influencia económica y política de la Guardia Revolucionaria. Sin embargo, mientras que una reforma requiere apertura y el levantamiento de sanciones, la estrategia de Jamenei y los militares refuerza el cierre de filas y con ello el aislamiento del país.
Hay oportunidad política durante los períodos de transición: en este caso, la República Islámica puede sobrevivir más allá de la figura del líder supremo, pero el propio sistema también podría acabar con ella. Con el proyecto de los ayatolás y la ideología revolucionaria tocando fondo, instituciones como la Guardia Revolucionaria deberán reevaluar su papel más allá de la defensa de la Revolución. El futuro liderazgo tendrá que contar con el respaldo militar, relegando a un segundo plano cualquier autoridad exclusivamente religiosa y conllevando un mayor escrutinio para el nuevo líder supremo. Seguramente conservando su imperio económico, estará en manos de los militares mantener un poder tan amplio para una sola persona, consolidar un régimen de corte militar nacionalista o, a su vez, dar pie hacia una apertura.