Tras ser liberada del nazismo al terminar la Segunda Guerra Mundial, Checoslovaquia quedó bajo la influencia de la Unión Soviética. Cuando el Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ, por sus siglas en checo y eslovaco) se hizo con el poder en 1948, el país se convirtió en un satélite soviético y entró en el Pacto de Varsovia y en el Comecon. Después de la muerte de Iósif Stalin en 1953, unas tímidas reformas en Checoslovaquia a la economía y la censura animaron a muchos intelectuales a denunciar que el estalinismo no podía aplicarse en el país, por lo que era necesario debatir nuevas vías de desarrollo.
Sin embargo, no se consiguió cierta libertad de expresión hasta el Congreso del KSČ en 1961. Desde entonces, los intelectuales expandieron sus anhelos de cambio y apertura al resto de la sociedad. En 1967 comenzaron las movilizaciones estudiantiles contra el terror y la censura, germen de la Primavera de Praga. La dura represión policial alimentó el descontento social hasta desestabilizar a la cúpula del poder, que ya estaba dividida entre los inmovilistas, liderados por el presidente Antonín Novotný, y los reformistas, encabezados por Alexander Dubček. El estancamiento económico, las políticas antieslovacas y la represión a la oposición acabaron con el apoyo a Novotný, que dimitió como secretario general del KSČ. En su lugar, Dubček asumió este cargo el 5 de enero de 1968.
Las reformas de la Primavera de Praga
La movilización popular interpretó la llegada de los reformistas a la dirección del Partido como un triunfo y comenzó a ignorar la censura y a ejercer ciertas libertades de expresión y reunión aún no reconocidas. En los primeros meses de 1968, además, se filtraron los planes de Novotný para dar un golpe militar y otros escándalos de corrupción que conllevaron su destitución como presidente de Checoslovaquia el 22 de marzo. La agitación social se extendió entonces hasta las fábricas, donde los trabajadores crearon asambleas para autogestionarse y denunciar los abusos y los privilegios de los burócratas.
Mientras tanto, los reformistas de Dubček respondían a las reclamaciones sociales con el objetivo de modernizar y democratizar el régimen comunista mediante el proyecto del “socialismo con rostro humano”. Su intención nunca fue rebelarse contra la URSS, sino poner fin al terror. Para ello liberaron a muchos disidentes, permitieron viajar a países occidentales, establecieron la libertad de prensa y expresión y legalizaron los partidos políticos, los sindicatos y el derecho a la huelga. También impulsaron medidas para abrir la economía y estimular la productividad, pero manteniendo el control del Estado.
Con la atención del mundo, el resto de protestas de 1968 reforzaron el espíritu de la Primavera de Praga. En mayo, varios dirigentes viajaron a Moscú buscando el respaldo soviético a la apertura, pero el líder Leonid Brézhnev, preocupado por que las reformas se contagiaran a otros países satélites, exigió reprimir a los disidentes. Como respuesta, un grupo de intelectuales y políticos firmaron el Manifiesto de las 2.000 palabras, que defendía una resistencia cívica para hacer frente a los conservadores y continuar con las reformas democratizadoras.
La ocupación soviética puso fin a las reformas de 1968
En plena Guerra Fría, controlar Checoslovaquia era fundamental para la URSS por su posición estratégica en el Telón de Acero. Ante la falta de respuesta a sus exigencias, Moscú impulsó la operación Danubio. Con el recuerdo de la revolución húngara de 1956, las tropas del Pacto de Varsovia entraron en Checoslovaquia el 20 de agosto de 1968, invadieron Praga y allí detuvieron a Dubček y a otros políticos reformistas, que fueron obligados a aceptar la ocupación. Para justificarla, el líder soviético introdujo el derecho a intervenir en un país socialista cuyas reformas amenazasen al bloque mediante la llamada Doctrina Brézhnev.
El pueblo checoslovaco reaccionó organizando una resistencia pasiva en las calles, pero la superioridad de las fuerzas soviéticas consiguió reprimirla. Esto suponía restaurar el régimen anterior y acabar con la idea de una tercera vía entre capitalismo y comunismo. La desesperación de la sociedad checoslovaca se evidenció, entre otras, con el suicidio del joven Jan Palack en el centro de Praga para denunciar la ocupación soviética.
En 1969, Dubček y los reformistas fueron expulsados del KSČ, que pasó a estar liderado por Gustáv Husák. El régimen empezó así a revertir las reformas y fortaleció sus vínculos con los países socialistas. Aunque las tropas del Pacto de Varsovia se retiraron a finales de 1968, las soviéticas permanecieron en Checoslovaquia hasta la caída de la URSS en 1991, dos años después de la Revolución de Terciopelo que le quitó el monopolio del poder al KSČ.