Mijaíl Timoféyevich Kaláshnikov nació en 1919 en Kuryá, una aldea en la región siberiana de Altái, en una familia campesina y pobre de diecinueve hijos. Al poco de acabar la secundaria, el Ejército soviético lo reclutó en 1938 y allí empezó su andadura como diseñador de armas. Antes de entrar en combate en la Segunda Guerra Mundial, Kaláshnikov trabajó en una unidad de tanques, en la que demostró sus dotes de invención. Estudiando en el Ejército, diseñó varios artefactos para mejorar los carros de combate soviéticos y uno de ellos incluso le permitió trasladarse a una planta militar para seguir trabajando en él, pero el estallido de la guerra se lo impidió.
Aunque también inventaría el RPK en los años sesenta y el AK-74, su invento más exitoso y famoso fue sin duda el fusil de asalto AK-47, que se convirtió en el arma oficial del Ejército Rojo desde 1949. Su diseño le valió tres Órdenes Lenin, una Estrella Roja de primera clase o la condecoración de Héroe de la Federación Rusa, la máxima distinción del país actual.
Un ingeniero de inicio autodidacta
Las dotes de ingeniero de Kalásnikov venían de antes de presentar el AK-47 en 1947. Con solo diecinueve años ganó un concurso en su regimiento por haber inventado un mecanismo que regulaba un elevador de tanques, y ya en 1941 diseñó una pistola automática para el Ejército soviético, aunque este utilizaría la Pepesha. A partir de entonces comenzó a trabajar en el AK-47. Durante su recuperación en el hospital por las heridas de la batalla de Briansk constató que las armas del Ejército no funcionaban bien; otros soldados heridos afirmaban que se encasquillaban y oxidaban con facilidad. Kaláshnikov quiso inventar así un arma que sirviese para defender a su patria de los nazis.
El resultado fue un fusil de asalto que, en comparación con los que ya existían, disparaba más tiros por minuto, era más resistente al agua, el barro y la arena, tenía un bajo coste de producción y se desmontaba y limpiaba fácilmente. Estas ventajas hicieron que el AK-47 se convirtiese en el arma oficial del Ejército soviético desde 1949 hasta 1978 y que se distribuyesen millones de unidades por el mundo. Pero Kaláshnikov, casado y con cuatro hijos, nunca se enriqueció con su invento, ya que accedió a que la propiedad fuese estatal.
Con el tiempo, el arma se convirtió en un símbolo de prestigio para la Unión Soviética e incluso de las guerras de descolonización y de la insurrección popular en general. Kaláshnikov, sin embargo, se arrepintió al final de su vida de haber creado un arma que ha causado millones de muertes en el mundo. Aunque siempre sostuvo que él se había limitado a defender a su patria del enemigo nazi, unos meses antes de morir el 12 de diciembre de 2013 remitió una carta a un obispo ortodoxo en la que se preguntaba si no era él el responsable de todas las vidas que ha arrebatado su fusil.
Kaláshnikov como modelo de buen patriota
Después de fallecido, Mijaíl Kaláshnikov se ha convertido en la quintaesencia del héroe proletario ruso. En la nueva identidad nacional que está construyendo el presidente Vladímir Putin, junto con su AK-47 representan el espíritu de un campesino pobre que consagró su vida a la defensa de su patria y creó el fusil más fabricado y utilizado del mundo. Ambos se han convertido en símbolo y recuerdo de la superpotencia militar que fue la Unión Soviética durante la Guerra Fría para alimentar la imagen que Putin impulsa de una Rusia heredera del Imperio y de la propia URSS.
En 2017, por ejemplo, el entonces ministro de Cultura ruso Vladímir Medinsky inauguró en el centro de Moscú una estatua con la figura de Kaláshnikov con su AK-47. Durante el acto, el ministro afirmó que el militar representa los mejores atributos de un ruso y que el fusil se ha convertido en una marca cultural del país. Dos años después, el Gobierno ordenó que las escuelas del país impartiesen clases sobre la vida de Kaláshnikov y la historia del AK-47 para potenciar la “memoria histórica” y empaparse de la “identidad rusa”.