La geopolítica de las universidades
Cada septiembre, millones de estudiantes vuelven a las aulas pensando en apuntes, exámenes o la posibilidad de irse de Erasmus. Pero detrás de cada facultad hay algo mucho más grande: desde la Edad Media, la universidad ha sido un instrumento de poder, porque quien controla el conocimiento controla, en buena medida, el futuro. Hoy ese mapa está cambiando. Mientras Trump ataca a Harvard y las universidades europeas pelean por más fondos, China escala puestos en los rankings mundiales, y la pregunta que plantea la geopolítica de las universidades es si Occidente está empezando a perder su hegemonía académica.
La relación entre universidad y poder no es nueva. Desde las escuelas catedralicias medievales hasta las madrasas del mundo islámico, pasando por instituciones como la Universidad de al-Qarawiyyin en Fez o la de Bolonia, fundada en 1088, el conocimiento siempre ha seguido de cerca a quienes ostentaban el poder político. Con el auge de los imperios europeos, y sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, ese vínculo cristalizó en el modelo que hoy asociamos a Estados Unidos: universidades como Harvard, Stanford o el MIT se convirtieron en motores de investigación militar, tecnológica y económica, atrayendo talento internacional que reforzaba su hegemonía global.
El declive silencioso de la hegemonía académica occidental
Ese modelo empieza a mostrar grietas. Aunque los rankings más prestigiosos siguen dominados por universidades estadounidenses y británicas, instituciones chinas como Pekín o Tsinghua ya se cuelan entre las veinte primeras del mundo, y la producción científica de países no occidentales como China, India o Corea del Sur representa hoy más de la mitad de los artículos de investigación publicados, frente a apenas un 30% hace dos décadas. Pero el indicador más revelador, según se explica en el episodio, es la movilidad internacional: solo en el curso 2026-2027, las universidades estadounidenses recibirán 110.000 estudiantes internacionales menos, una caída del 9,5% provocada por el endurecimiento de las políticas de visados del segundo mandato de Trump.
Esa retirada no es solo una cuestión de matrículas. Estudiar en Estados Unidos ha funcionado históricamente como una herramienta de poder blando, capaz de transmitir valores democráticos y de tejer alianzas estratégicas a largo plazo, y renunciar a ese talento internacional debilita tanto la calidad científica como la influencia global del país. A ello se suman los recortes de financiación, los ataques a líneas de investigación incómodas y la represión de las protestas universitarias, señales que muchos analistas leen como síntomas de una deriva autoritaria más amplia dentro de la propia geopolítica de las universidades estadounidenses.
Europa, China y el futuro de la universidad
El fenómeno no se limita a Estados Unidos. En Hungría, el gobierno de Orbán transfirió la gestión de universidades públicas a fundaciones afines y forzó el traslado de la Universidad Centroeuropea a Viena, mientras países como Australia, Alemania o los Países Bajos han endurecido criterios de visado o reducido la oferta de grados en inglés. El Brexit, por su parte, hundió la presencia de estudiantes europeos en las universidades británicas sin que otros orígenes lograran compensar esa caída, un recordatorio de que el modelo europeo, más dependiente de la financiación pública, tiene menos margen para resistir ataques políticos a su independencia académica.
Mientras tanto, universidades europeas y asiáticas intentan repartirse a los estudiantes que ya no encuentran tan atractivo el destino estadounidense, en un contexto marcado también por la masificación, la sobrecualificación y el creciente coste de estudiar fuera de casa. Todo ello obliga a repensar qué papel debe jugar la universidad en el siglo XXI: si debe orientarse hacia la empleabilidad o seguir siendo, ante todo, un espacio de pensamiento crítico. Estas y otras cuestiones, desde el origen medieval de las universidades hasta el pulso actual entre Washington, Bruselas y Pekín, se analizan en profundidad en el episodio de No es el fin del mundo en el marco de la Beca GenEU dedicado a la geopolítica de las universidades.