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El Día de la Victoria, una herramienta política de Putin

El Día de la Victoria, una herramienta política de Putin
Putin durante el desfile del Día de la Victoria en 2019. Fuente: Kremlin.

La Segunda Guerra Mundial terminó hace 75 años, pero su recuerdo sigue vivo en Rusia. Cada año las principales ciudades rusas se visten de uniforme, pero los desfiles no son solo un homenaje a los caídos. El Gobierno necesita que la guerra persista en la memoria colectiva de los rusos: la grandeza de ayer sirve para mantener la paz social y la popularidad de Putin hoy.

Recordar las hazañas vividas es un lujo que el tiempo solo deja a unos pocos; para los demás quedan las hazañas narradas. El recuerdo de la Gran Guerra Patriótica —como se denominó en la Unión Soviética a su participación en la Segunda Guerra Mundial entre 1941 y 1945— persiste más de siete décadas después en las generaciones que no la vivieron. Uno de los garantes de este recuerdo es el desfile del Día de la Victoria en la plaza Roja de Moscú, el 9 de mayo, cuando Rusia conmemora el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. La fecha es tan importante para el Kremlin que ese día nunca amanece nublado: varios aviones disuelven las nubes con productos químicos antes del desfile. 

Ese día militares y civiles, humanos y máquinas, niños, adultos y veteranos comparten un espacio de 25.000 metros cuadrados. Suman cientos de miles: en 2015, a los 16.000 militares del desfile les siguieron medio millón de civiles. Los acompañaban más de tres centenares de vehículos de guerra, en tierra y en aire. A nivel nacional, los actos conmemorativos del septuagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial reunieron a doce millones de personas. Pero este tributo al pasado no es en absoluto inocente. Y, aunque muchos asistentes llevan trajes de la época, los vehículos militares son de último modelo. Si el papel de la URSS en la Segunda Guerra Mundial es una cuestión que debería quedar reservada a los historiadores, la importancia de la Segunda Guerra Mundial en la actual Rusia no hace más que aumentar.  

El tributo que llega medio siglo tarde

Conmemorar la Gran Guerra Patriótica no siempre estuvo entre las prioridades del Kremlin. El hoy emblemático desfile del Día de la Victoria solo se llevó a cabo una vez durante el régimen de Stalin, en 1945, a las pocas semanas de terminar la guerra en Europa. Más tarde, la fiesta se fijó en el 9 de mayo, un día después de la celebración oficial en el resto de Europa. Pero esta fecha dejó de ser festivo en 1948, y apenas hubo ayudas para quienes habían estado en el frente. El Día de la Victoria no volvió a celebrarse hasta veinte años más tarde, cuando más de la mitad de los veteranos había fallecido; el recuerdo vivido cedía paso al recuerdo narrado. Fue entonces, durante la era Breznev, cuando las celebraciones relacionadas con la guerra regresaron a los calendarios y empezaron a rodearse de rituales. El desfile del 9 de mayo se realizó dos veces más antes de la caída de la Unión Soviética: en 1985 y 1990. 

La celebración se hizo anual en 1995, pasado medio siglo del fin de la guerra. Más de cincuenta jefes de Gobierno y dirigentes de organizaciones internacionales acudieron ese año al desfile en la plaza Roja, aunque algunos criticaron la guerra de Chechenia, que se estaba librando en ese momento y deslucía los mensajes de paz. Con la llegada al poder de Vladímir Putin en el año 2000, la celebración del Día de la Victoria fue perdiendo asistentes internacionales. Veintiocho altos cargos extranjeros acudieron a Moscú en 2005, aunque entre ellos todavía estaban los presidentes de Estados Unidos y Francia y los primeros ministros de Italia, Alemania y Japón. Diez años más tarde, tras la anexión rusa de Crimea, tan solo fueron dieciséis los líderes, la mayoría de países postsoviéticos o aliados tradicionales de Rusia, como Cuba o Vietnam, y ninguno de potencias occidentales.

De la mano de Putin, los desfiles también ganaron atributos militares. Desde 2008, los vehículos de guerra se volvieron protagonistas imprescindibles, convirtiendo la celebración en una muestra del poderío militar ruso. La idea de que es necesario recordar constantemente los horrores de la guerra para mantener la paz fue reemplazada por otro tipo de mensajes. Entre ellos, la consigna comercializada en 2012 “Podemos repetirlo”, que ha sido criticado por abandonar el espíritu pacifista del Día de la Victoria. 

No solo hubo cambios en los mensajes. La cinta de San Jorge, de rayas naranjas y negras, es uno de los símbolos de la victoria más importantes en Rusia. Su uso se ha ido reglamentando cada vez más en los últimos años: no hace tanto, se la veía atada en las muñecas, en los bolsos y en las antenas de los coches. Hoy solamente se permite llevarla, correctamente doblada, en la parte izquierda de la chaqueta, sobre el corazón. Pero la cinta de San Jorge no es el único atributo institucionalizado de la memoria. A su manera, el recuerdo de la guerra se ha ido transformando en un culto

Desde 2012, uno de los principales actos del 9 de mayo es la marcha del llamado Regimiento Inmortal. Se parece a las procesiones de la Pascua ortodoxa: los vivos cargan con retratos de los muertos. Pero no son imágenes de mártires o santos, sino de los antepasados que estuvieron en el frente; se dice que cada familia rusa tiene, por lo menos, a uno, y la Unión Soviética fue el país con más bajas durante la Segunda Guerra Mundial. Esta marcha aúna lo íntimo con lo oficial y, también, el mundo de los vivos con el de los muertos.

El Regimiento Inmortal en la Plaza Roja, en 2019. Lo encabeza Vladímir Putin, que lleva en el pecho la cinta de San Jorge. Fuente: El Kremlin

El Regimiento Inmortal es una de las razones por las que el recuerdo de la Gran Guerra Patriótica se compara muchas veces con un culto religioso. La propia Iglesia ortodoxa rusa juega un papel cada vez más destacado en la política interior rusa, hasta el punto de que la reforma constitucional de 2020 incorpora una mención a la “fe ancestral en Dios” del pueblo ruso. Además, la marcha es otro ejemplo de la institucionalización de la memoria: desde 2015, las marchas del Regimiento tienen lugar en la plaza Roja, con la participación de Vladímir Putin. Fuera de Rusia, más de ochenta países acogen cada año al movimiento del Regimiento Inmortal. 

Instrumentalizar el recuerdo de la guerra

El papel de la Gran Guerra Patriótica en la sociedad rusa no solo se mide en consignas y símbolos. Según el centro demoscópico Levada, siete de cada diez rusos ven con buenos ojos la marcha del Regimiento inmortal, seis siguen el desfile del 9 de mayo de Moscú por televisión y cinco llevan ese día la cinta de San Jorge. Es decir, apoyan los actos oficiales, pero también acogen los atributos institucionalizados del recuerdo en su vida privada. Otro dato importante es el de la percepción histórica: el pueblo ruso es el que más se atribuye de forma exclusiva la victoria en la Segunda Guerra Mundial. El Gobierno alienta activamente esta postura: Vladímir Putin dijo en 2020 que “la Unión Soviética derrotó gloriosamente al nazismo y salvó al mundo entero”. 

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Percepciones de ocho países sobre su papel en la Segunda Guerra Mundial. Fuente: PNAS

Aunque el Día de la Victoria es el festivo más importante relacionado con la guerra, no es el único, y todos se adaptan a los intereses políticos del momento. Hasta el 2020, el Fin de la Segunda Guerra Mundial se celebraba el 2 de septiembre. Este año, sin embargo, el Gobierno ha cambiado la fecha al día siguiente, el 3 de septiembre. Según la explicación oficial, esta es la fecha en la que se celebró en 1945, pero parece haber otra razón detrás del cambio. La nueva fecha coincide con el Día de la Solidaridad en la Lucha contra el Terrorismo en recuerdo de la masacre de Beslán.

Entre el 1 y el 3 de septiembre de 2004, un grupo terrorista retuvo a 1.100 rehenes en un colegio de Beslán, en Osetia del Norte. Más de la mitad de los 334 fallecidos eran niños. En 2017, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos consideró que la actuación de las autoridades rusas había sido deficiente. Cambiando de fecha la celebración del Fin de la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno parece querer eclipsar el recuerdo de Beslán, uno de los episodios más negros de la era Putin. 

Para ampliar:Serious failings in the response of the Russian authorities to the Beslan attack”, Tribunal Europeo de Derechos Humanos, 2017

El culto al sacrificio y la victoria en la guerra es una herramienta extraordinariamente útil para el Gobierno, que la ha convertido en uno de los pilares de su estrategia. La historia oficial se revisa y instrumentaliza por la política interior y exterior de Putin. Por ejemplo, celebrar el Día de la Victoria un día después que el resto de Europa permite a Rusia destacar y diferenciar su papel en la contienda. Además, las celebraciones juegan un papel importante en las relaciones entre Rusia y otros países postsoviéticos, pues durante sus visitas a Moscú los altos mandatarios de estos países estrechan lazos con el Kremlin. Entre los adversarios de Rusia la politización del recuerdo provoca el efecto contrario: los países bálticos critican el revisionismo histórico ruso y Ucrania prohibió en 2017 la cinta de San Jorge, al considerarla un símbolo de la agresión rusa.  

La muestra de fuerza de los desfiles se proyecta en dos direcciones: para el extranjero muestra el renovado poderío militar de la antigua superpotencia; para los rusos, da una imagen de grandeza y unidad. La victoria en la Segunda Guerra Mundial es un motivo de orgullo para un pueblo que añora su pasado soviético; puede incluso que sea su última gran hazaña compartida. Así, el brillo del ayer permite al Gobierno disimular las sombras del hoy. Ya no se trata de que el recuerdo de la guerra ayude a mantener la paz, sino de que el militarismo y el orgullo patriótico, alentado y exigido públicamente, sostengan a la Rusia de Putin

Dios, patria y Putin

La exaltación del papel de la Gran Guerra Patriótica es un reflejo, a pequeña escala, de la política rusa actual. Como culto, conecta el pasado, la fe religiosa y los intereses del Gobierno, y es un ejemplo de la politización de la Iglesia ortodoxa, tan cercana al Kremlin. A la vez, mitifica el papel de Rusia en la guerra, engrandeciendo su aportación a la victoria y permitiéndole seguir reclamando el título de superpotencia. Y, por último, nutre la popularidad de Putin, que se postula como el principal defensor de los valores de la patria. Una suerte de “Dios, patria y rey”, que se basa en instrumentalizar la memoria y en los desfiles militares para que la Rusia de hoy siga alimentándose del recuerdo de una guerra que terminó hace 75 años.