Recordar las hazañas vividas es un lujo que el tiempo solo deja a unos pocos; para los demás quedan las hazañas narradas. El recuerdo de la Gran Guerra Patriótica —como se denominó en la Unión Soviética a su participación en la Segunda Guerra Mundial entre 1941 y 1945— persiste más de siete décadas después en las generaciones que no la vivieron. Uno de los garantes de este recuerdo es el desfile del Día de la Victoria en la plaza Roja de Moscú, el 9 de mayo, cuando Rusia conmemora el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. La fecha es tan importante para el Kremlin que ese día nunca amanece nublado: varios aviones disuelven las nubes con productos químicos antes del desfile.
Ese día militares y civiles, humanos y máquinas, niños, adultos y veteranos comparten un espacio de 25.000 metros cuadrados. Suman cientos de miles: en 2015, a los 16.000 militares del desfile les siguieron medio millón de civiles. Los acompañaban más de tres centenares de vehículos de guerra, en tierra y en aire. A nivel nacional, los actos conmemorativos del septuagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial reunieron a doce millones de personas. Pero este tributo al pasado no es en absoluto inocente. Y, aunque muchos asistentes llevan trajes de la época, los vehículos militares son de último modelo. Si el papel de la URSS en la Segunda Guerra Mundial es una cuestión que debería quedar reservada a los historiadores, la importancia de la Segunda Guerra Mundial en la actual Rusia no hace más que aumentar.
El tributo que llega medio siglo tarde
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