Se cumplen dos meses de protestas ininterrumpidas en Georgia. Las de cada noche del pasado diciembre en Tiflis, entre la estación de metro Rustaveli y la Plaza de la Libertad, no eran las primeras de este tipo: cientos de georgianos habían protestado en verano frente al Parlamento contra la ley “sobre la transparencia de la actividad de agentes extranjeros”. Esta vez era diferente en forma, aunque no tanto en fondo.
La multitud, el ruido, el grado de violencia y el hartazgo eran mayores. Y con ellos aumentó la represión, que continúa con detenciones frente a nuevos intentos de protesta. Este es el final de un proceso extenso que incluyó unas elecciones de octubre cuya legitimidad ha sido puesta en duda y la suspensión de facto de las negociaciones con la Unión Europea. Pero el objetivo de las protestas ha sido el mismo: Sueño Georgiano, el partido gobernante que se ha acercado tanto a Rusia como a la Hungría de Viktor Orbán.
¿Cuál es el sueño de Georgia?
Sueño Georgiano fue fundado en 2011 por Bidzina Ivanishvili, un oligarca que había hecho fortuna en Rusia. Durante los caóticos años de transición postsoviética, creó un imperio metalúrgico y bancario que lo llevó a contar con una riqueza personal que hoy representa un cuarto del PIB georgiano. Un año más tarde, el partido se presentó a elecciones con respaldo de la Iglesia ortodoxa. Se enfrentaba a Míjeil Saakashvili, entonces presidente y quien había encabezado la gran transformación del país a partir de la Revolución de las Rosas de 2003, el símbolo de la modernización del Estado y la perspectiva prooccidental.
Sin embargo, Saakashvili también era el líder que había perdido la guerra en 2008 contra Rusia. Pasó buena parte de la campaña de 2012 promoviendo causas judiciales contra Ivanishvili, su partido y sus empresas. Con todo, aquellas elecciones marcaron el primer cambio de Gobierno democrático y pacífico en la historia de Georgia y del Cáucaso Sur. Empezaba la era de Ivanishvili, el outsider que había tenido éxito en los negocios y ahora resignaba una vida de placeres para ayudar a su país.
Aunque apenas fue primer ministro por un año, Ivanishvili se mantuvo como el poder en las sombras. Sueño Georgiano ganó todas las elecciones legislativas, locales y presidenciales desde entonces, y se hizo un partido cada vez más fuerte y ubicuo. De todas formas, mantuvo la perspectiva prooccidental, lógica en un país que mira a Europa desde su primera independencia moderna en 1918. Así se firmó el Acuerdo de Asociación con la UE en 2014, se liberó el régimen de visado en 2017 y, en 2018, se incorporó el mandato constitucional de “garantizar la plena integración” en la UE y la OTAN. El rumbo proeuropeo parecía claro.
Un partido ambiguo con Rusia
Las elecciones legislativas de 2020 demostraron la fuerza de Sueño Georgiano. Entonces los ocho partidos opositores hablaron de fraude electoral e intimidación a los votantes y se negaron a asumir sus bancas en el Parlamento. Hubo protestas y, tras más de cinco meses, el Consejo Europeo negoció un acuerdo y todo volvió a la normalidad. Ahora Sueño Georgiano se sabía sólido y respaldado.
Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, las calles de Tiflis se vistieron de azul y amarillo en apoyo a Kiev. Asimismo, el Gobierno georgiano condenó la invasión en Naciones Unidas, apoyó la integridad territorial ucraniana y envió asistencia humanitaria. Sin embargo, sin avalar abiertamente a Moscú, el Ejecutivo fue más crítico de Ucrania y Occidente que del Kremlin. Sus representantes acusaron a los dirigentes ucranianos de “no evitar la guerra” e insultaron al presidente Volodímir Zelenski y otros funcionarios. Georgia, además, no impuso sanciones contra Rusia y se negó a aportar armamento a Ucrania.
Esa ambigüedad inicial apuntaba a no confrontar con Rusia. Se trata, al final, del gran país vecino que mantiene desde la guerra de 2008 el control efectivo de las regiones georgianas de Abjasia y Osetia del Sur. Por esto mismo Sueño Georgiano tampoco podía apoyar a Rusia y sus reclamos territoriales: desacreditar la integridad territorial de Ucrania implicaría debilitar el argumento de integridad territorial propio.
Apoyar abiertamente al Kremlin también estaba descartado. En Georgia, el 70% de la población ve a Rusia como enemigo y más del 85% respalda la incorporación a la UE. Por lo tanto, se pretendía mantener una relación “pragmática” y cauta con Moscú que implicara evitar una nueva guerra. De hecho, durante la campaña de 2024, Sueño Georgiano utilizó el lema “elegimos la paz” y pancartas con imágenes que contrastaban la destrucción en Ucrania con la impoluta infraestructura georgiana.
Por otro lado, Georgia ha sacado réditos de la invasión rusa de Ucrania. Más de 25.000 empresas rusas se han radicado en el país desde 2022, el triple que en las últimas tres décadas combinadas, y las exportaciones a Rusia aumentaron 1300% y las importaciones un 265% entre 2012 y 2023. Al contar con un tratado de libre comercio con la UE y frontera con Rusia, Georgia se consolidó como polo de tercerización para saltear las sanciones comerciales. Aquellas conexiones que Ivanishvili había creado en los años noventa han servido para mantener el contacto con Moscú.
El acercamiento a Rusia no es al estilo del bielorruso Aleksandr Lukashenko, recientemente reelegido bajo sospechas de fraude. Sueño Georgiano no busca incorporarse a organizaciones lideradas por Moscú, como la Unión Económica Euroasiática, ni fomentar el idioma ruso. Más bien es similar al de Viktor Orbán, que ve en el Kremlin a un socio conveniente para Hungría: redituable en términos económicos y que, a diferencia de Bruselas, no cuestiona las carencias democráticas ni las represiones violentas. A Ivanishvili, Orbán y Putin también los une el conservadurismo social y la Iglesia, ya sea católica u ortodoxa. No es casual que el húngaro hubiera visitado Tiflis apenas horas después de las elecciones de octubre.
La crisis actual y el futuro de Georgia
En los primeros meses de la invasión rusa, Ucrania, Moldavia y Georgia presentaron su candidatura a la UE, pero la de Tiflis fue rechazada. Bruselas reclamaba doce puntos relativos a la administración de Sueño Georgiano: falta de protección a los derechos humanos, carencias democráticas, debilidad institucionalidad, poca independencia en organismos anticorrupción… La candidatura fue aceptada en 2023, pero la respuesta de Sueño Georgiano fue impulsar la ley de agentes extranjeros, que limitaba el accionar de organizaciones de la sociedad civil y medios independientes, y la ley sobre los “valores familiares”, que afecta a población LGBT. Ambas son muy similares a las que existen en Rusia desde 2012 y 2013, respectivamente, y que fueron reforzadas a raíz de la guerra en Ucrania. Como consecuencia de la aprobación en Georgia, el Consejo Europeo paralizó su proceso de adhesión.
En ese contexto, la presidenta Salomé Zurabishvili presentó en mayo de 2024 la Carta de Georgia. El documento tenía por objetivo unir a los partidos opositores y conformar un Gobierno técnico que implementase las reformas solicitadas por la UE. Diecinueve partidos firmaron el pacto, incluyendo a los cuatro que, junto con Sueño Georgiano, tenían más chances de superar el umbral del 5% e incorporarse al Parlamento. Zurabishvili, nacida en Francia, oficialmente apartidaria y presidenta desde 2018 bajo el auspicio de Sueño Georgiano, se convertía entonces en la principal referente de la oposición.
Las elecciones del pasado 26 de octubre estuvieron plagadas de irregularidades recopiladas por Transparencia Internacional o la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. La oposición se negó a asumir sus escaños y, un mes más tarde, el Parlamento Europeo desconoció los resultados. El consiguiente anuncio del primer ministro Irakli Kobajidze de la postergación de las negociaciones con la UE hasta al menos 2028 marcó el inicio de una nueva tanda de protestas, esta vez más multitudinarias. A mediados de diciembre, el Parlamento conformado sólo por miembros de Sueño Georgiano y aliados eligió al exfutbolista Mijaíl Kavelashvili como nuevo presidente. Finalmente asumió el día 29, y Zurabishvili se retiró del cargo sin reconocerlo al desconocer los resultados de octubre y por tanto el nuevo Parlamento.
Tras dos meses de protestas, la cantidad de manifestantes ha disminuido, las formas han dado paso a un mayor colorido y diversidad y la violencia es menor, aunque continúan las detenciones. Pero el fondo continúa siendo el mismo: un partido fuerte y crecientemente autoritario que, en la práctica y más allá de los discursos, se aleja de la UE y se acerca a Rusia. Ahora, con un Parlamento con escaso reconocimiento popular, numerosas renuncias y condenas de UE y Estados Unidos, Sueño Georgiano sólo puede recurrir a la violencia y a reafirmar su dominio. Cuenta con la ventaja de tener enfrente a una oposición débil y deslegitimada, pero puede que ni eso ni el dinero de Ivanishvili le basten para perpetuarse en el poder.







