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En el mar de conservadurismo de Tiflis, la capital de Georgia, una discoteca sirve como isla de libertad. Situada en una antigua piscina de la época comunista bajo el hormigón del estadio del Dínamo, Bassiani es uno de los clubes tecno más influyentes del mundo y un refugio para el colectivo LGTB del país. Una vez al mes, el lugar acoge una de las fiestas queer más importantes del Cáucaso: las Horoom Nights, una fiesta segura donde los participantes deben registrarse con antelación y ser aceptados para poder entrar.
Sin embargo, una brutal acción policial clausuró esta y otras discotecas de Tiflis en mayo de 2018. La vida nocturna de la ciudad había despertado el interés de las autoridades. El Gobierno ha financiado festivales de tecno para promoverse en el exterior, pero también reprime a los clubes y DJ críticos con el poder estatal. Aquella noche, miles de jóvenes salieron a las calles bajo el lema “bailamos juntos, luchamos juntos”, tomaron la plaza del Parlamento y organizaron una rave que duró varios días. La fiesta confirmó que la música electrónica en Georgia ya no sólo se bailaba por diversión, y puso en jaque al Gobierno.
Derecho a la fiesta, derecho a la libertad
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