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En el mar de conservadurismo de Tiflis, la capital de Georgia, una discoteca sirve como isla de libertad. Situada en una antigua piscina de la época comunista bajo el hormigón del estadio del Dínamo, Bassiani es uno de los clubes tecno más influyentes del mundo y un refugio para el colectivo LGTB del país. Una vez al mes, el lugar acoge una de las fiestas queer más importantes del Cáucaso: las Horoom Nights, una fiesta segura donde los participantes deben registrarse con antelación y ser aceptados para poder entrar.
Sin embargo, una brutal acción policial clausuró esta y otras discotecas de Tiflis en mayo de 2018. La vida nocturna de la ciudad había despertado el interés de las autoridades. El Gobierno ha financiado festivales de tecno para promoverse en el exterior, pero también reprime a los clubes y DJ críticos con el poder estatal. Aquella noche, miles de jóvenes salieron a las calles bajo el lema “bailamos juntos, luchamos juntos”, tomaron la plaza del Parlamento y organizaron una rave que duró varios días. La fiesta confirmó que la música electrónica en Georgia ya no sólo se bailaba por diversión, y puso en jaque al Gobierno.
Derecho a la fiesta, derecho a la libertad
Desde su independencia en 1991 de la Unión Soviética, Georgia ha vivido golpes de Estado, secesiones, revoluciones y hasta una guerra con Rusia en 2008. El conflicto dejó 1.700 muertos, miles de desplazados y dos regiones del país controladas por Moscú. La inestabilidad política ha sido la norma desde entonces: sólo en la última década Georgia ha tenido seis primeros ministros.
En paralelo, ha surgido una escena tecno que choca de frente con los valores conservadores del país. La desaparición del Telón de Acero permitió que muchos músicos pudieran acceder a grabaciones, equipo y conocimientos técnicos. Era algo impensable en la URSS, que había descartado la música experimental y la electrónica de Occidente. El Centro de Arte Contemporáneo de Tiflis abrió sus puertas apenas en 2009, y la escuela de diseño CES, donde se imparten clases de producción e historia de la electrónica, en 2012.
La electrónica ha conectado con la transformación política y social que defienden las nuevas generaciones georgianas. En particular, frente al poder de la Iglesia ortodoxa en la política y la educación. La institución religiosa fue un motor esencial para lograr la independencia tras la caída de la URSS, pero hoy en día mantiene sus privilegios e influencia, como ocurre en Polonia. Actualmente, el 83% de la población comulga con la Iglesia ortodoxa georgiana y sus valores conservadores y reaccionarios, aún más visibles en las medidas antidroga y anti-LGTB. Se trata de uno de los países más homófobos de Europa.
La música y el baile se han convertido en un arma precisamente del colectivo LGTB, como forma de expresión y resistencia. Un ejemplo es la película de 2019 Sólo nos queda bailar, de Levan Akin, sobre la represión de la homosexualidad en un contexto de religiosidad estricta. Tal fue la reacción que sólo pudo proyectarse en Tiflis durante tres días, entre boicots y ataques de grupos ultraderechistas. Esa extrema derecha georgiana cuenta con un gran apoyo tanto en las calles como en las instituciones.
Una rave-olución en Tiflis
Para poder acceder a las Horoom Nights del club Bassiani tienes que indicar tu nombre, fecha de nacimiento, pasaporte y redes sociales. A partir de ahí, miembros de una ONG que lucha por los derechos LGTB valorarán tu candidatura. Estos requisitos sólo ocurren para esa fiesta. En el resto de las sesiones organizadas en Bassiani y en otras discotecas de tecno los controles son más convencionales.
Todos estos espacios son el punto neurálgico de la contracultura juvenil. Lugares movilizadores de ideas progresistas y proeuropeas. Los DJ, músicos o productores se han convertido en la punta de lanza de toda una revolución social. Incluso los fundadores de Bassiani forman parte del Movement White Noise, una asociación que lucha por los derechos civiles y contra la dura legislación sobre las drogas. Sólo en la última década, más de 20.000 personas han sido detenidas por consumo y posesión. El 26% de los reclusos georgianos cumplían condena en 2020 por temas relacionados con la droga. A nivel general, Georgia es el tercer país de Europa con mayores tasas de encarcelamiento, sólo por detrás de Turquía y Rusia.
En la madrugada del 12 de mayo del 2018, decenas de policías allanaron dos de las principales discotecas de Tiflis, entre ellas Bassiani. La brutal acción policial sorprendió a los asistentes. Al parecer, era una redada contra el tráfico de drogas donde más de setenta personas fueron detenidas y las diferentes discotecas clausuradas. Unas horas después, miles de jóvenes salieron a protestar a las calles. Las discotecas llevaron equipos de sonido y usaron las escaleras del Parlamento como escenario. La música sonó durante horas: habían organizado una rave de más de 15.000 personas. El descontento por las redadas se había convertido en una de las concentraciones más grandes vividas en Georgia. Bailaban por los derechos humanos, la democracia y la libertad sexual e individual.
Bailar como forma de lucha
La situación política de Georgia continúa inestable, más aún desde la guerra en Ucrania. Los derechos del colectivo LGTB siguen sin respetarse. En 2021 se iba a celebrar en Tiflis el primer desfile del orgullo del Cáucaso, pero los ataques de la extrema derecha llevaron a cancelarlo. Lo mismo ha ocurrido este año. La situación carcelaria en torno a las drogas apenas ha cambiado, con flexibilidad para ocho drogas puntuales. Incluso las discotecas fueron las últimas en reabrir tras la pandemia, tras otro conflicto con el Gobierno.
La música electrónica y las raves han servido como un arma política y de resistencia en diferentes países. Desde el Love Parade de 1989, que unió a los jóvenes de las dos Alemanias tras la caída del Muro de Berlín, hasta el nacimiento de Reclaim the Streets en el Reino Unido, ahora movimiento ecologista global. Sin embargo, en Georgia la electrónica sirve como refugio y fuerza de una generación. En los últimos años se han presentado documentales como Dance or Die o canciones como We Dance Together, We Fight Together, que demuestran la importancia de la rave-protesta de 2018. Discotecas como Bassiani ya no son sólo lugares de ocio, sino un símbolo de que en Georgia los derechos también se conquistan bailando.







