Cuando Rusia felicitó el Año Nuevo en 2023 a sus países amigos, solo había un miembro de la Unión Europea. Hungría se ha mantenido cerca de Moscú durante la guerra en Ucrania, boicoteando medidas que supongan choques con el Kremlin. Ha descafeinado el veto europeo al petróleo y al carbón ruso, ha ralentizado las ayudas económicas a Kiev y ha pausado el debate sobre el bloqueo al gas. También aboga por negociar con Moscú frente a los envíos de armas a Ucrania. Y en abril Estados Unidos sancionó por primera vez a un banco húngaro, del que el Gobierno posee un 25%, por sus lazos con Rusia.
Hungría se ha quedado esquinada en Occidente, pero necesita los fondos europeos. Sin ir más lejos, tiene asignados 7.650 millones de euros del fondo de recuperación de la pandemia, asociados a aprobar medidas contra la corrupción. El primer ministro Viktor Orbán, iliberal y ultraconservador, lleva años apadrinando el euroescepticismo y cultivando la relación con Vladímir Putin. Pero se lo puede permitir a medias, porque aunque quiere los hidrocarburos y simpatías rusas, ya ha cedido en Europa para recibir dinero de la Unión.
Habrá más vetos húngaros
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