Se cumplen veinte años de los atentados del 11M en Madrid. El ataque contra la red de cercanías de la capital, que se cobró 193 vidas, ha sido sobre todo interpretado en clave interna española: su efecto sobre las elecciones de 2004, el perfil de las víctimas, la amenaza del yihadismo en España… A ello se unen varias teorías de la conspiración sobre la autoría del ataque, ampliamente desacreditadas pero todavía polémicas.
Sin embargo, los atentados también tienen una importante lectura internacional. La victoria de José Luis Rodríguez Zapatero en las urnas, tres días después del atentado, fracturó la coalición estadounidense en la guerra de Irak, que ya de por sí contaba con poco apoyo internacional.
El ataque fue un éxito envenenado para Al Qaeda. Hasta ese momento, la organización tenía como prioridad luchar contra Estados Unidos y sus aliados europeos, a los que responsabilizaba de la inestabilidad en Oriente Próximo. Pero tras el 11M, junto con el 11S en 2001 y los atentados de Londres de 2005, Occidente se blindó contra la amenaza yihadista, que ya no es capaz de lanzar ataques similares. Estados Unidos aumentó la presión contra Al Qaeda en Pakistán y Afganistán. Dio caza al responsable del 11M en 2005 y a Osama Bin Laden en 2011. Desde entonces, el grupo terrorista ha virado su atención hacía países como Mali, Somalia o Yemen, dejando un vacío en Oriente Próximo que ha sido llenado por la organización rival Dáesh.
El 11M no se ideó como un castigo por la invasión de Irak
La política exterior occidental hacia el mundo árabe también giró por completo. Una década antes, líderes europeos como Felipe González querían crear una gran unión euromediterránea. Ahora, por el contrario, la prioridad está en frenar la migración y estabilizar la región a toda costa, colaborando con regímenes autoritarios como Egipto, Argelia o Marruecos e ignorando las demandas de cambio de la población. Los atentados también alimentaron la equiparación del islam con el terrorismo, impulsada por los neoconservadores y la extrema derecha occidentales. Esta equiparación ha agravado la islamofobia y hecho más tolerable para el público occidental la masacre de 30.000 palestinos en Gaza.
El atentado que cambió la política exterior de España
La llegada al poder de José María Aznar en 1996 marcó un punto de inflexión en la política exterior española. Su antecesor, Felipe González, priorizó estrechar los lazos entre Europa y el mundo arabomusulmán. Por el contrario, Aznar buscó aumentar el peso de España en la OTAN. Esto se materializó en el conocido Trío de las Azores —la alianza española con Estados Unidos y el Reino Unido—, que llevó a España a participar en la invasión ilegal contra Irak en 2003.
No obstante, el 11M no se ideó como un castigo por la invasión de Irak, como cree mucha gente en España. Al Qaeda empezó a planear el atentado mucho antes de que estallara esta guerra y de que se conociera la fecha de las elecciones de 2004. Entonces el grupo se organizaba como una red de filiales que actuaban de forma semiindependiente pero con el visto bueno y la ayuda de la cúpula, escondida en Afganistán. Para Al Qaeda, todos los problemas de Oriente Próximo, incluido el conflicto con Israel, se resolverían con ataques contra Occidente.

España formaba un nodo importante de esa red. Los detalles del 11S se ultimaron en julio de 2001 en una reunión en Tarragona entre la célula estadounidense y el enlace con la cúpula de Al Qaeda. Tras los atentados en Estados Unidos, la policía española inició la persecución contra la red yihadista en España. Como venganza, miembros de esta red decidieron atentar en Madrid, con la aprobación de la cúpula.
El plan cobró mayor importancia cuando Aznar decidió sumarse a la guerra de Irak. Meses antes del 11M, en los foros yihadistas España ya se identificaba como “la pieza del dominó con más probabilidades de caer primero” entre los aliados que invadieron Irak. Se mencionaba expresamente la impopularidad de Aznar y la necesidad de dar “golpes dolorosos” acompañados de una “campaña de información” sobre el conflicto en Oriente Próximo. También se hacía referencia explícita a las elecciones del 14 marzo y a la posibilidad de influir en el resultado: “Es necesario hacer el mejor uso posible de las próximas elecciones generales en España”.
Los atentados tuvieron un efecto claro en las urnas. El porcentaje de voto para Zapatero, que se estimaba en el 37% antes del ataque, alcanzó finalmente un 42,6%. El nuevo Gobierno socialista ordenó salir de Irak, aunque no de Afganistán, donde España mantuvo tropas entre 2001 y 2015 como parte de una coalición internacional contra Al Qaeda. Es difícil calibrar hasta qué punto la retirada de Irak fue una claudicación al “chantaje” yihadista o respondió a promesas electorales previas. La guerra de Irak era muy impopular en España: ya antes de los atentados, un millón de personas habían salido a la calle en Madrid y Barcelona contra un conflicto ilegal que, a diferencia del de Afganistán, no contaba con un mandato de la ONU.
Bush tardó cuatro años en telefonear a Zapatero
Con todo, la salida española no provocó el “efecto dominó” que buscaba Al Qaeda. Otros países mantuvieron su apoyo a Estados Unidos en Irak, incluido el Reino Unido, que también sufrió unos atentados en 2005. España se retiró de una misión que no estaba estabilizando Oriente Próximo, al contrario, pero Zapatero tampoco fue capaz de plantear una alternativa viable. Su Alianza de Civilizaciones era un intento de acercamiento a los países musulmanes para combatir las causas profundas del terrorismo, como la desigualdad económica. La iniciativa fue respaldada por Irán o Turquía, pero fue criticada como utópica y tuvo poco impacto real. En última instancia, el giro solo sirvió para agriar las relaciones de España con Estados Unidos: George Bush tardó cuatro años en telefonear a Zapatero.
Al Qaeda, morir de éxito
La organización de Bin Laden se apuntó un tanto con el 11M, pero acabó pagándolo. Bush se mantuvo firme en su “guerra contra el terror” y en 2005 un dron estadounidense eliminó en Pakistán a Amer Azizi, el yihadista que hizo de nexo entre la organización y los terroristas de Madrid. El sucesor de Bush, Barack Obama, redujo la presencia estadounidense en Irak pero mantuvo la presión contra Al Qaeda y logró neutralizar a Bin Laden en 2011, también en Pakistán.
Ante la creciente presión, Al Qaeda no tardó en abandonar su estrategia contra Occidente, el llamado “enemigo lejano”. En vez de eso, optó por intervenir en conflictos en Oriente Próximo, Asia y África que no provoquen una respuesta directa por parte de Estados Unidos y sus aliados. Su prioridad ahora está en países como Mali, Yemen o Somalia. El último gran ataque de la organización en suelo europeo fue en París, en 2015, contra la sede de la revista Charlie Hebdo. Este cambio de estrategia ha hecho que Al Qaeda pierda protagonismo en favor de otra organización rival: Dáesh, el Estado Islámico, surgida como una escisión de Al Qaeda durante el conflicto en Irak.

Dáesh también ha atentado en Europa, pero tras el 11M el continente está mejor protegido ante grandes ataques. Ahora los incidentes son menos ambiciosos. Suelen estar protagonizados por pequeñas células o lobos solitarios adoctrinados por internet o imanes radicales locales. Por lo general recurren a armas blancas y en menor medida a atropellos como los de Niza (2016) o Barcelona (2017), y no tienen contacto directo con la cúpula de Dáesh, que también ha sido descabezada varias veces. La única excepción notable fueron los atentados de París de 2015. En Estados Unidos, hace años que la ultraderecha ha desplazado al yihadismo como principal causa de ataques terroristas.
Islamofobia y seguridad por encima de todo
El 11M marcó un antes y un después en la Unión Europea. En junio de 2004, Bruselas adoptó su primer Plan de Acción para la Lucha contra el Terrorismo. La seguridad en espacios públicos cambió para siempre, especialmente el transporte: pasaportes biométricos, control de líquidos, etc. En paralelo, la UE también lanzó el Programa de la Haya (2004-2009), el primer paso hacia una política migratoria europea común. La migración empezó a tratarse con un enfoque securitario, lo que ha generado problemas de convivencia y prácticas islamófobas, incluso por parte de las autoridades.
Fruto de ese afán por la seguridad, y tras la caótica experiencia de Irak, España y el resto de Europa han priorizado la estabilidad en Oriente Próximo y el norte de África a costa de las aspiraciones democráticas de su población. Cuando estallaron las revueltas árabes en 2011, el Gobierno de Zapatero evitó apoyar expresamente a los manifestantes o a los Gobiernos. Francia fue más allá: se planteó auxiliar a la policía de países como Túnez para reprimir las protestas. Con la excepción de Libia, Occidente ha procurado no alterar el equilibrio político de la región. Incluso se ha acabado tolerando a Bashar al Asad en Siria por temor a que su caída potenciara a Dáesh.
El 11M alimentó la nociva confusión entre islam y yihadismo.
España ha priorizado particularmente su relación con Marruecos tras el 11M. La cooperación policial se ha vuelto esencial después de que varios marroquíes participaran en los atentados y de que se atentara contra intereses españoles en suelo marroquí, como la Casa de España de Casablanca en 2003. De todos los condenados o muertos en España entre 1996 y 2012 por actividades relacionadas con el yihadismo, el 27,4% tenía nacionalidad marroquí. La necesidad de mantener buenas relaciones con Marruecos incluso ha llevado a los Gobiernos españoles a ceder en asuntos como el conflicto del Sáhara Occidental.
Por último, el 11M alimentó la nociva confusión entre islam y yihadismo. Esta llegó de la mano de think tanks neoconservadores estadounidenses y europeos como la fundación FAES, vinculada a Aznar, y articuló toda la guerra contra el terror de Bush en los 2000. De hecho sigue guiando en cierta medida la política exterior occidental. La idea de que toda la población palestina es parte de o apoya a Hamás sirve para legitimar las más de 30.000 muertes de civiles palestinos a manos de Israel en la guerra de Gaza.
