Personajes de películas de terror de Estados Unidos
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Qué nos cuenta el cine de terror sobre la historia de Estados Unidos

Frankenstein, Charles Manson y hordas de zombis. El cine de terror lleva un siglo mostrando los miedos de la sociedad estadounidense

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Cada 31 de octubre, pequeños fantasmas, brujas y vampiros llenan las calles de medio mundo pidiendo caramelos al grito de “truco o trato” en diferentes idiomas. Esos monstruos y la noche de Halloween son un gran ejemplo de cómo se ha universalizado la cultura anglosajona. Su principal exponente, Estados Unidos, no es sólo una potencia económica y militar, sino también el referente cultural mundial. La industria cinematográfica ha convertido en iconos globales a sus héroes y productos, pero también a sus monstruos.

Estados Unidos es la mejor muestra de que una sociedad puede entenderse por sus miedos. Hay un siglo de historia entre los monstruos clásicos de Universal Pictures y el gore de la saga de Saw, pero ambos dicen mucho sobre la meca audiovisual. Nos dan claves sobre las reacciones estadounidenses a los retos de cada época, la imagen que proyectan al exterior y cómo se asoman a su lado más oscuro. El terror ha sido entretenimiento, pero también la libertad de criticar. Eso lo convierte en un reflejo de la evolución del país.

Drácula y Frankenstein: los monstruos de Hollywood (1930-1950s)

El terror siempre ha acompañado a la humanidad, pero se convirtió en un género literario en el siglo XIX. Los relatos de Edgar Allan Poe, Bram Stocker, John Polidori o Mary Shelley inspiraron las primeras películas de terror, un éxito temprano del cine estadounidense. Durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, la edad dorada de Hollywood, el estudio Universal Pictures apostó por los monstruos clásicos. El vampiro, el monstruo de Frankenstein, el hombre lobo o la momia de esa época dieron la imagen que pervive en el imaginario colectivo. En Drácula (1931), el actor Bela Lugosi representó al famoso vampiro con pelo negro repeinado, cejas arqueadas y capa de cuello alto. El doctor Frankenstein (1931) inmortalizó al monstruo como esa criatura llena de costuras y tornillos y una gran cabeza cuadrada.

Los monstruos se volvieron tan populares que Universal los convirtió en un producto estrella. Hubo numerosas secuelas, como La novia de Frankenstein (1932) o La hija de Drácula (1935), y reencuentros de sus personajes más conocidos, como en Frankenstein y el hombre lobo (1943) o La zíngara y los monstruos (1944). Esta predilección por el terror fantástico, basado en leyendas e historias de fantasmas, era un miedo visto desde el entretenimiento. En los años cuarenta, Estados Unidos se vio inmerso en la Segunda Guerra Mundial, y si bien no vivió los horrores de Europa, el fascismo y el Holocausto ya despertaban un miedo profundo en la vida real. El terror de la ficción no se equiparaba, pero podía consolar o incluso reconfortar.

Las décadas siguientes, en cambio, fueron de gran optimismo. Estados Unidos había ganado la guerra y su economía iba viento en popa. Era la nueva gran potencia global. Pero ese espíritu aún no daba pie a reflexiones más profundas sobre el terror. La gran excepción fue Alfred Hitchcock. El mítico director británico filmó sus películas más importantes en suelo estadounidense con protagonistas carismáticos como Cary Grant, Grace Kelly o Janet Leigh. Apostó por un terror más realista, con películas que exploraban la culpa, la venganza, las situaciones asfixiantes o la paranoia. La ventana indiscreta (1953), Vértigo (1958), Con la muerte en los talones (1959), Los pájaros (1963) o Psicosis (1960), su película más famosa, planteaban situaciones extremas, pero creíbles, lo que las hacía todavía más terroríficas.

Esos fantasmas alforaron según Estados Unidos dejaba atrás los horrores de la guerra y consolidaba el modelo de bienestar material del “sueño americano”. También ayudó el deterioro del sistema de estudios y la progresiva modernización de los rodajes. Empezaron a surgir voces nuevas, más independientes y de generaciones más jóvenes, interesadas en contar historias distintas: Roman Polanski, Francis Ford Coppola y, más adelante, John Carpenter o Abel Ferrara, entre muchos otros.

Asesinos en serie, el terror de las clases medias (1960-1980s)

La Guerra Fría fue un periodo de contrastes para Estados Unidos. Por un lado, la bonanza industrial de posguerra había dado sus frutos, consolidando a las clases medias. Afloraron los barrios suburbanos de casas individuales, alejadas entre sí y un modelo económico consumista. Ese bienestar material basado en el capitalismo era el mejor escaparate de Estados Unidos ante el mundo. Por otro lado, el país vivió cambios profundos y numerosas revueltas. La amenaza nuclear se volvió un miedo existencial, en especial desde la crisis de los misiles de 1962. La lucha por los derechos civiles, las protestas por la guerra de Vietnam y la contracultura motivaron nuevas corrientes de pensamiento y transformaron la sociedad. Estos contrastes fueron el material perfecto para el género del terror. 

El gran protagonista del cine de terror estadounidense de estos años fue el asesino en serie. Tanto, que dio pie a su propio subgénero: el slasher (de slash, ‘acuchillar’). La matanza de Texas (1974) es uno de los ejemplos más laureados. Junto a la familia Sawyer, asesinos como Michael Myers de La noche de Halloween (1978), Freddy Krueger de Pesadilla en Elm Street (1984) o Hannibal Lecter de El silencio de los corderos (1991) se volvieron los nuevos monstruos estadounidenses. Ya fuese desde un tono más fantástico o realista, estas figuras venían a perturbar la paz de las clases medias. Personificaban el miedo al vecino, ese desconocido siniestro que podía acabar con todo.

El asesino en serie también servía de alegoría para todos los males detrás del bienestar estadounidense: la desigualdad, el trauma de las guerras de Corea y Vietnam, la adicción a las drogas o la posesión de armas. El auge de estas figuras no era solo una ficción, sino una realidad tangible. Asesinos como Ed Kemper, Ted Bundy, Jeffrey Dahmer o Charles Manson fueron casos mediáticos que aterrorizaron a los estadounidenses. Y, como los asesinos de ficción, también se volvieron figuras de culto, llegando a tener ejércitos de fans.

Sin embargo, hubo terror más allá del slasher. Un ejemplo es el terror religioso, con películas como La semilla del diablo (1968) o El Exorcista (1973). La evolución hacia una sociedad menos conservadora y abierta a nuevas ideas permitió explorar la religión desde el horror. Otro género en auge fue la ciencia ficción, que se mezcló con el terror en películas como la saga Alien. El avance de la carrera espacial, con éxitos como la llegada del Apolo 11 a la Luna en 1969, permitió imaginar la llegada a otros mundos, pero también los riesgos asociados. El octavo pasajero de la nave USCSS Nostromo personifica lo oscuro que puede ser el universo. Con todo, tanto el monstruo alienígena como los asesinos en serie pronto siguieron los pasos de Drácula o el monstruo de Frankenstein como lucrativas franquicias para los estudios.

Una de las grandes figuras de esta etapa fue un escritor: Stephen King. Sus novelas inspiraron buena parte de la producción cinematográfica de esta época. Carrie (1976), El resplandor (1980), El hombre del saco (1982), La zona muerta (1983),  Los chicos del maíz (1984) o It (1990) son algunas de sus muchas adaptaciones al cine. Con un tono más fantástico o planteando situaciones realistas, King se convirtió en una fuente inagotable de material terrorífico. Sus historias, ambientadas en Maine y con elementos estadounidenses, proyectaron una imagen siniestra del país, pero también generaron fascinación global por la tierra de las oportunidades. Paradójicamente, el terror estadounidense es parte de su poder blando

Acostumbrados a la violencia: gore, zombies y videojuegos (1990s-actualidad)

Desde los años noventa el terror estadounidense abrazó la violencia y la tecnología. También por enmarcarse en un mundo más globalizado, donde el terror europeo o asiático han ganado protagonismo junto a Hollywood. Si antes los japoneses, coreanos y europeos imitaban el cine de terror estadounidense, ahora cada vez más éxitos de Estados Unidos son adaptaciones. Dos ejemplos son Oldboy (2003), del director coreano Park Chan-wook, adaptada por Spike Lee en 2013, o la española REC (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza, que inspiró Cuarentena (2008), de John Erick Dowle. 

Si la televisión había llevado la guerra de Vietnam al día a día de los estadounidenses, la mejora de los medios de comunicación e internet hicieron cotidianas las imágenes de violencia. El 11S, las guerras del Golfo, la invasión de Afganistán, las revueltas árabes y la guerra de Siria han marcado las últimas décadas. Esto tiene una derivada en el terror: ya no es suficiente insinuar la violencia para generar miedo, hace falta mostrarla al detalle. Si Hitchcock hubiese hecho Psicosis en 2002, le hubiéramos visto las vísceras a Janet Leigh. Con todo, la mejor exponente del gore es la saga Saw, cuya décima entrega se ha estrenado recientemente. Saw perpetúa el interés hacia el asesino en serie, pero desde otra perspectiva: el psicópata Jigsaw somete a sus víctimas a torturas físicas y psicológicas que el espectador ve con todo lujo de detalles. 

Durante estos años, otros monstruos han cobrado popularidad personificando los miedos del momento. Los zombies, marginados durante décadas, muestran el miedo a un futuro apocalíptico en películas como El amanecer de los muertos (2004) o series como The Walking Dead (2022). El miedo al fin del mundo, a los cataclismos y a las epidemias ha ganado peso en plena crisis climática. Los zombies o los regímenes postapocalípticos revelan cómo nos comportamos en esas situaciones extremas. Pero también enmascaran otros miedos: la migración o la pobreza, muy presentes en el debate estadounidense. En Guerra mundial Z (2013), las hordas de zombies que escalan un muro en Jerusalén pueden ser una representación nada sútil de las amenazas que encierra la Palestina ocupada, o de las caravanas de migrantes que llegan de México.

Otra clave de esta época es la tecnología casera: desde las cámaras de vídeo de principios de siglo a internet. Muchas películas apuestan por el formato del “metraje encontrado”, grabaciones aparentemente reales para contar una historia de terror. Dos casos muy exitosos han sido El proyecto de la bruja de Blair (1990) o la saga Paranormal Activity, historias paranormales registradas por cintas de vídeo y las cámaras de seguridad de una casa, respectivamente. Otro caso más reciente es Host (2020), grabada durante la pandemia, que narra una sesión espiritista a través de una llamada de Zoom. Estos nuevos métodos narrativos acercan el terror a la realidad para que los espectadores lo vivan en primera persona.

Sin embargo, esta hazaña no es tanto del cine, sino de la industria de los videojuegos. Con series como Resident Evil o The Last of Us, los videojuegos permiten protagonizar la historia de terror, ya sea como víctima o victimario. Esto abre muchas formas de experimentar el miedo y la violencia. Para algunos, hasta un punto preocupante. Las críticas a los videojuegos por incitar a la violencia han sido recurrentes durante años. Pero la reflexión puede ser la contraria: una sociedad violenta demanda productos violentos.

Tras más de un siglo de terror en distintos formatos, Estados Unidos ha sido la meca del género. Pese a que ha contribuido a una imagen negativa del país, una tierra de asesinos, monstruos y sucesos paranormales, también esconde algo positivo: la autocrítica. Con todos sus fallos y defectos, la sociedad estadounidense tiene la suficiente libertad para expresar sus miedos. El terror encierra crítica, pero la crítica es el primer paso hacia el cambio. Se cumpla o no, el terror de Hollywood seguirá llenando salas de cine, haciéndonos gritar de horror, fascinados por Estados Unidos y sus monstruos.

2 comentarios

  1. Expandir comentario
    Alberto Salazar Peso

    Muy buen artículo. Tan solo me ha faltado, quizá, una referencia a la saga La purga, por todas las lecturas que puede tener un relato distópico como el que cuenta.

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    Angeles Mendoza

    Un artículo muy interesante y de temática muy diferente a los habituales. Enhorabuena.

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