Escoltado por cuatro cazas de combate saudíes, el presidente chino Xi Jinping aterrizó el pasado 7 de diciembre en Riad. Veintiún cañonazos le dieron la bienvenida mientras seis aviones pintaban en el cielo los colores de las banderas saudí y china. Miembros de la Guardia Real acompañaron a caballo el coche oficial hasta el palacio real saudí, donde el príncipe heredero Mohamed bin Salmán recibió a Xi con un apretón de manos. El contraste con la fría recepción al presidente estadounidense Joe Biden el verano anterior fue notable y pronto dio lugar a comparaciones.
Sin embargo, las relaciones entre China y Arabia Saudí suelen malinterpretarse. Lejos de un cambio de paradigma, la visita fue otro avance en una relación que lleva décadas. También se ha dicho que China busca reemplazar a Estados Unidos en Oriente Próximo rumbo a la dominación mundial, en especial tras haber mediado en marzo para que Irán y Arabia Saudí restablecieran relaciones. Está claro que Pekín quiere ser un actor relevante en la región, pero no pretende asumir los costes ni el riesgo reputacional de proveer seguridad allí donde sus objetivos son económicos.
Petróleo, tecnología y defensa: treinta años de acercamiento
La visita de Xi Jinping a Arabia Saudí y la mediación china con Irán no fueron un punto de inflexión en las relaciones entre Pekín y Riad, sino parte de una tendencia. Ambos países establecieron relaciones diplomáticas en 1990 y desde entonces han construido una relación en primer lugar económica. El comercio bilateral pasó de unos 1.300 millones de dólares en 1995 a más de 30.000 millones en 2010. En 2014 China se convirtió en el mayor importador de petróleo saudí, mientras Riad recibe sobre todo maquinaria básica, manufacturas, textiles y metales del gigante asiático.
Xi visitó Arabia Saudí dos años después y acordó elevar la relación bilateral a la categoría de Comprehensive Strategic Partnership, el nivel más complejo y avanzado de cooperación bilateral que ofrece China a sus socios. El rey saudí Salmán bin Abdulaziz visitó China en 2017 y firmó acuerdos por 65.000 millones de dólares. Ya en septiembre de 2022 la Saudi Company for Artificial Intelligence anunció una inversión de 776 millones de dólares para desarrollar un ecosistema de inteligencia artificial en Arabia Saudí con la empresa china Sense Time, promoviendo transferencias tecnológicas en un sector clave.
Pero China y Arabia Saudí también se han acercado en el ámbito de la defensa. Desde 2016 han realizado ejercicios militares conjuntos, y Riad es comprador regular de drones chinos. Asimismo, ha adquirido sistemas de defensa aérea y lleva tiempo operando instalaciones de producción de misiles balísticos, probablemente con ayuda de Pekín. En noviembre de 2022, medios chinos anunciaron que Arabia Saudí había comprado una línea de producción de drones, misiles antibuque, misiles hipersónicos y sistemas láser anti-dron por 4.000 millones de dólares en el Zhuhai Air Show, la mayor exhibición aérea china. Aunque no ha habido confirmación oficial, la compra encajaría en este acercamiento en el sector de la defensa.
¿Desplazar a Estados Unidos? Sí y no
Pekín gana terreno en Oriente Próximo mientras aumenta la percepción de que Washington está abandonando la región, pero su prioridad no es llenar ese hueco. Tampoco con Arabia Saudí. A nivel comercial, China ya supera con creces a Estados Unidos: en 2020, por ejemplo, acaparó un 20% de las exportaciones saudíes, mientras que los estadounidenses recibieron un 5%. A su vez, Arabia Saudí importa tres veces más de China que de Estados Unidos. No existe entonces una gran competencia entre las dos grandes potencias. Los estadounidenses solo tienen la delantera en inversión extranjera directa en el país.
Es cierto que a nivel estratégico a China también le conviene un Estados Unidos más débil y menos influyente en Oriente Próximo, pero solo hasta cierto punto. En las últimas décadas, Washington ha mantenido un paraguas de seguridad en la región del que Pekín se ha beneficiado. Le ha permitido centrarse en el comercio, precisamente, mientras la Casa Blanca pagaba la factura.
China tampoco quiere llenar ningún hueco en ese sentido, ya que tomar la responsabilidad de proveer seguridad supondría un coste monetario y reputacional que parece reacio a asumir. Además, no es parte del modus operandi chino meterse en asuntos internos, a diferencia de Estados Unidos. La mediación diplomática, en cambio, es menos arriesgada y costosa para reducir las tensiones regionales que pueden afectar al suministro de petróleo. Así China no compromete sus relaciones, como con Irán y Arabia Saudí.
Lazos con dinámica propia: ¿qué ganan Riad y Pekín?
La relación entre China y Arabia Saudí sigue una lógica propia, independiente del rol de Estados Unidos. Las élites en Riad son conscientes de la transición hacia un mundo multipolar en el que China jugará un rol mayor. Pekín es su principal cliente y también una fuente alternativa de armamento, como drones o misiles, y de transferencias tecnológicas. Aunque Arabia Saudí sabe que Estados Unidos ha sido su principal proveedor de seguridad, con las subidas de precio del petróleo y las buenas previsiones económicas parece más dispuesta a defender sus intereses, incluso ante la desaprobación estadounidense.
Por su parte, China ve en Arabia Saudí un suministrador estable de petróleo. La petrolera saudí Aramco, por ejemplo, invertirá 10.000 millones de dólares en la construcción de una refinería y un complejo petroquímico en suelo chino. Arabia Saudí también es una pieza central en la Ruta de la Seda china, ya que goza de una posición estratégica. De hecho, el gigante chino Cosco adquirió en 2021 un 20% de la terminal insignia de Yeda, el mayor puerto saudí en el mar Rojo. Numerosas empresas chinas también colaboran con Riad para construir grandes infraestructuras, apoyando el plan de diversificación económica Saudi Vision 2030. Con el país en plena reactivación tras la política de cero covid, el régimen chino necesita un suministro energético para sostener y estimular su economía, y asegurarlo pasa por Arabia Saudí.