Escoltado por cuatro cazas de combate saudíes, el presidente chino Xi Jinping aterrizó el pasado 7 de diciembre en Riad. Veintiún cañonazos le dieron la bienvenida mientras seis aviones pintaban en el cielo los colores de las banderas saudí y china. Miembros de la Guardia Real acompañaron a caballo el coche oficial hasta el palacio real saudí, donde el príncipe heredero Mohamed bin Salmán recibió a Xi con un apretón de manos. El contraste con la fría recepción al presidente estadounidense Joe Biden el verano anterior fue notable y pronto dio lugar a comparaciones.
Sin embargo, las relaciones entre China y Arabia Saudí suelen malinterpretarse. Lejos de un cambio de paradigma, la visita fue otro avance en una relación que lleva décadas. También se ha dicho que China busca reemplazar a Estados Unidos en Oriente Próximo rumbo a la dominación mundial, en especial tras haber mediado en marzo para que Irán y Arabia Saudí restablecieran relaciones. Está claro que Pekín quiere ser un actor relevante en la región, pero no pretende asumir los costes ni el riesgo reputacional de proveer seguridad allí donde sus objetivos son económicos.
Petróleo, tecnología y defensa: treinta años de acercamiento
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