China en 2021

El presidente chino, Xi Jinping, planteó 2021 como una de las metas para conseguir el “sueño chino” de una sociedad desarrollada y próspera. El Partido Comunista cumplirá un siglo, sin embargo, con pocos motivos para celebrar. En plena pandemia, con tensiones en Hong Kong y Taiwán, y ante un futuro incierto con Estados Unidos, 2021 estará lejos de las expectativas del dirigente.
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China en 2021

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La mano dura en Xinjiang y Hong Kong y la gestión inicial de la pandemia han minado la imagen de China a nivel internacional. No obstante, el gigante asiático ha sido la única gran economía que ha seguido creciendo en plena pandemia, lo que ha reforzado la confianza de Pekín en su propio sistema. El país tratará de consolidarse en 2021 como potencia económica y tecnológica, aumentando su independencia del exterior. El deterioro del panorama internacional, sumado al creciente nacionalismo chino, profundizará la tendencia beligerante de la diplomacia del país en 2021.

Más economía, tecnología y nacionalismo… Y más Xi

El Partido Comunista Chino (PCCh) cumple un siglo en 2021 y su centenario es una de las dos fechas clave, junto con el de la República Popular en 2049, para alcanzar el “sueño chino” de “una sociedad moderadamente próspera”. Este objetivo entrelaza dos pilares fundamentales para la legitimidad del Partido: economía y desarrollo, con sus metas de doblar el PIB de 2010 y erradicar la pobreza extrema. Está previsto que Xi declare el éxito de este primer objetivo en la primera mitad de 2021. Pekín lleva meses allanando el terreno y varios medios dan por alcanzados ambos parámetros.

Sin embargo, Pekín enfrentará un ambiente internacional hostil. El Reino Unido o Australia, por ejemplo, han renegado de la tecnología china por seguridad, y varios países europeos han expresado su intención de reajustar sus cadenas de suministro por la misma razón. Esto deja un panorama preocupante para un país que es el centro de las cadenas de valor mundiales y cuya economía depende un 17% de las exportaciones. Este contexto marcará su decimocuarto plan quinquenal, que se publicará en marzo y delineará el futuro político y económico del país hasta 2025.

China tiene una gran capacidad de innovación, y una creciente voluntad política para llevarla a cabo.

De acuerdo con la información adelantada,  el plan no traerá grandes cambios, sino que reforzará la dirección actual del país. En vista de la incertidumbre en el extranjero, Pekín quiere impulsar la autosuficiencia para asegurar el crecimiento con un sistema que han llamado de “doble circulación”: fomentar el consumo interno y el desarrollo tecnológico. Mientras que fortalecer el músculo económico propio podría servir a China para lidiar con un ambiente volátil, el bajo consumo interno pone en duda la viabilidad de este plan.

La guerra comercial con Estados Unidos y la pandemia han supuesto el impulso definitivo para la tecnología china. La inversión en el sector podría superar los diez billones de yuanes (1,4 billones de dólares) en los próximos cinco años. China seguirá trabajando en 2021 para desarrollar semiconductores, piezas clave en el desarrollo tecnológico, cuya dependencia externa quiere erradicar para 2025. El sector recibió en la primera mitad de 2020 el doble de inversión que en todo el año anterior.

La economía verde también ocupa un lugar fundamental en el objetivo de pasar de un modelo de crecimiento rápido hacia otro “más sostenible y de mayor calidad”. China asumió en 2020 un compromiso medioambiental ambicioso por el que pretende alcanzar emisiones de carbono netas cero en las próximas cuatro décadas. El plan quinquenal esclarecerá las políticas económicas e industriales con las que el país pretende conducir este cambio de combustibles fósiles a energías renovables.

Un añadido de 2021 al plan quinquenal será la publicación de la Visión 2035, un plan inusual a quince años vista centrado en la “modernización socialista” a través del desarrollo en áreas como la cultural, tecnológica, militar y económica. Visión 2035 está estratégicamente a medio camino de los objetivos centenarios de 2021 y 2049. Además de esta agenda a largo plazo, la falta de indicios sobre el posible sucesor del presidente afianzan la idea de que Xi no abandonará el poder en 2022, cuando termina su mandato actual. 

Sus intenciones de permanecer en el poder quedaron claras en 2018, cuando China eliminó el límite de los dos mandatos presidenciales. Mientras que muchos auguraron que el coronavirus podría ser el “momento Chernóbil” del PCCh, Xi y su partido han salido reforzados de la crisis. El culto a la personalidad del presidente va en aumento junto a un nacionalismo acentuado. Los medios de comunicación han envuelto a Xi en una narrativa triunfalista, como un líder determinado que ha guiado al país en la «guerra popular» contra el virus. La pandemia también ha reforzado la convicción de China en la superioridad de su sistema político y económico. Por el contrario, Pekín ve la gestión de la pandemia de los países occidentales como una confirmación de su irremediable declive, que Occidente pretende evitar lanzando ataques contra China.

Su economía también refuerza la confianza de Pekín en sí misma. Tras una primera contracción del 6,8% de su PIB, China parece haber contenido la pandemia y estar saliendo relativamente airosa de la crisis. Se espera que la economía china crezca aún más en la primera mitad de 2021, pero, dado el impredecible contexto actual, el Gobierno ha restado importancia al PIB. Sin embargo, Xi anunció a finales de 2020 dos objetivos a más largo plazo: volver a duplicar la economía en los próximos quince años y convertir a China en un “país con altos ingresos”, según la clasificación del Banco Mundial, en los próximos cinco. Este optimismo económico no quiere decir que los próximos años vayan a ser fáciles. Pekín tendrá que enfrentar una gran deuda que arrastra desde hace años y el envejecimiento demográfico, que podría frenar su espectacular crecimiento.

Una diplomacia menos diplomática

Con sus restricciones a las libertades políticas en Hong Kong, China demostró en 2020 su intención de ejercer un mayor control sobre la ciudad. 2021 verá más mano dura allí, sobre todo de cara a las elecciones legislativas hongkonesas de septiembre. Por tanto, China seguirá enfrentándose a un mayor escrutinio y desconfianza a nivel internacional como resultado de sus políticas en Hong Kong y Xinjiang, incluida la represión de la minoría uigur.

Pekín considera que el mundo ha entrado en una era caracterizada por la rivalidad y el proteccionismo, convicción reforzada por la pandemia. Ante esta inseguridad, la diplomacia china mantendrá su línea combativa e incluso agresiva, que lleva años consolidándose. Su belicosidad se suma ahora a mayor proactividad en transmitir su mensaje y responder a las críticas, por ejemplo, a través de Twitter. El número de cuentas de diplomáticos chinos ha aumentado en un 300% en poco más de un año y la plataforma seguirá siendo el escenario de disputa narrativa con Estados Unidos.

Más allá de la retórica, China está cada vez más dispuesta a afirmar su estatus de potencia ante lo que percibe como intentos sistemáticos por contener su ascenso. Para ello, la diplomacia continuará diversificando y afinando sus herramientas menos diplomáticas. Esto incluye la coacción económica, que Australia ha sufrido recientemente con aranceles sobre sus vinos que superan el 200%. Pekín tiene una herramienta a la medida de cada ocasión: ha respondido con sanciones a las de Washington, con el arresto de dos ciudadanos canadienses a la detención de la directora ejecutiva de Huawei por parte de Canadá y con su propia lista negra a la lista de entidades no confiables de Estados Unidos. China también podría responder en 2021 a la reapertura del debate sobre el inicio de la pandemia con el informe de la Organización Mundial de la Salud que investiga los orígenes del virus, un tema que desató la ira de Pekín en primavera de 2020. De igual manera, el país podría reaccionar con agresividad a las nuevas sanciones de países occidentales como respuesta a sus políticas en Hong Kong.

La asertividad de China seguirá materializándose en sus disputas territoriales. Las relaciones con India continuarán siendo inestables tras 2020, que dejó las primeras víctimas mortales en un choque fronterizo entre ambos países en más de cuatro décadas. Las tensiones con Estados Unidos en el estrecho de Taiwán y en el mar de la China Meridional aumentarán a la par de la actividad militar en la zona. En este contexto, Taipei tendrá que equilibrar una relación cada vez más amistosa con Washington y las presiones e incluso amenazas de Pekín. 

La llegada de un nuevo inquilino a la Casa Blanca tampoco pondrá fin a la rivalidad comercial o tecnológica entre Estados Unidos y China. China percibe a Joe Biden como un presidente más predecible y menos volátil, pero no por ello más conciliador. De hecho, la inclinación hacia el multilateralismo por parte de Biden plantea un desafío más complejo para Pekín, especialmente dado que la intranquilidad de otros países ante la beligerancia china les podría empujar a colaborar más con Washington en este asunto.

Pero no todo son enemigos para China. Su camaradería con Rusia, por ejemplo, ha salido reforzada de la pandemia y seguirá consolidándose en 2021, con Pekín tratando de apelar a una respuesta común y de destacar su contribución. Ese será su mismo mensaje de fondo en el vigésimo aniversario del Foro de Boao para Asia, la propuesta de diálogo china para la seguridad en el continente, a principios de 2021. También lo será en cumbres internacionales, como las de su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, donde tratará de destacar la recuperación económica y la cooperación sanitaria y tecnológica impulsadas por su Gobierno.

China ha compensado su diplomacia más asertiva con un lado más blando: la diplomacia sanitaria. Las vacunas serán su principal baza para restaurar su imagen en 2021. Pese a ir un poco por detrás de sus rivales en las últimas fases de desarrollo, el país pretende tener más de seiscientos millones de dosis fabricadas antes de final de año. China tiene capacidad de manufacturación y distribución, y planea fabricar mil millones de vacunas en 2021. La empresa china Alibaba ya ha construido almacenes en África y Oriente Próximo, que servirán como centros de distribución. Pekín, además, tiene la clara voluntad de hacer de las vacunas chinas un éxito político: en ellas hay un claro elemento de competición y afán de liderazgo, especialmente con países en vías de desarrollo. Esta estrategia, sin embargo, podría verse debilitada por el carácter transaccional de la diplomacia china, que pretende intercambiar acceso a las vacunas por ganancias diplomáticas.

2021, clave en el ascenso del país

2021 se plantea lleno de contradicciones para China. Mientras Pekín disfruta de un crecimiento económico sin rival, tiene desafíos demográficos y estructurales que amenazan su sostenibilidad. La movilización de un nacionalismo chino feroz como respuesta a la incertidumbre y hostilidad en el extranjero generan a su vez mayor rechazo a nivel internacional. En este contexto, 2021 será clave para la planificación política y económica de China a medio y largo plazo, y un punto de inflexión en sus relaciones exteriores, en particular con Estados Unidos.

Cristina de Esperanza

Madrid, 1994. Graduada en Relaciones Internacionales por la URJC. Máster en Estudios Estratégicos por la S. Rajaratnam School of International Studies (Singapur). Interesada en China, sus relaciones con la Unión Europea y la geopolítica de Asia-Pacífico.