“La era de los dividendos de la paz ha terminado”. Con estas palabras, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se ha colocado como punta de lanza del rearme en el Viejo Continente, un proceso que comenzó con la invasión rusa de Ucrania pero que ahora apela al futuro de toda Europa. Bruselas argumenta que la reducción del gasto en defensa ha derivado en un déficit de seguridad. Si la paz y estabilidad tras la Guerra Fría trajo años de prosperidad y crecimiento económico, ahora los países europeos enfrentan un ajuste de cuentas en una carrera hacia la remilitarización.
A pesar del aumento del 30% entre 2021 y 2024, la Unión Europea dedica menos del 2% de su PIB al gasto en defensa. Los líderes comunitarios debaten elevarlo al menos hasta el 3,5% durante la próxima década, un nivel no visto desde finales de los años sesenta. De haberse mantenido, habría costado a los Estados miembros 387.000 millones de dólares adicionales para defensa cada año desde el final de la Guerra Fría.
El nuevo Plan ReArm Europe/Readiness 2030 busca recaudar 800.000 millones de euros en cuatro años para dotar a la UE de una fuerza disuasoria capaz de garantizar su defensa y seguir apoyando a Ucrania ante Rusia y una Administración Trump en retirada. La primera clave de esta escalada económico-militar es cómo financiarla. Para ello, la Comisión propone activar la cláusula de escape del Pacto de Estabilidad, permitiendo a los Estados aumentar el gasto en defensa hasta un 1,5% del PIB anual sin incurrir en déficit excesivo. Además, quiere proporcionar 150.000 millones de euros en préstamos, apoyarse en el Banco Europeo de Inversiones y movilizar capital privado. Según Von der Leyen, “se trata básicamente de gastar mejor y de gastar conjuntamente”. Pero es un paso adelante no exento de intereses económicos cruzados.
Quiénes ganan con el rearme
La segunda clave es quiénes ganan con el plan de rearme europeo. La guerra es un negocio y, como tal, convoca a los inversores. Con revalorizaciones superiores al 100% en algunos casos, las empresas vinculadas al sector defensa protagonizan el año en bolsa, como las alemanas ThyssenKrupp y Rheinmetall, las francesas Thales y Dassault Aviation, las italianas Leonardo e Iveco o la británica BAE Systems. En España, las miradas se posan sobre Indra, la única empresa cotizada relacionada con defensa. Asimismo, los planes están beneficiando al euro frente al dólar, especialmente tras la luz verde de Alemania a endeudarse para apoyarlo y ante la incertidumbre sobre la divisa estadounidense por la guerra comercial.

Pero más allá de los mercados financieros, ¿cómo impactará el aumento del gasto en defensa en la economía europea real? Goldman Sachs augura un impacto positivo, aunque limitado, según el tipo de gasto y si se importa o produce localmente. El banco de inversión calcula que este gasto adicional tendrá un multiplicador fiscal de 0,5 en un periodo de dos años; esto implica que, por cada cien euros invertidos en defensa, el PIB aumentaría en unos cincuenta euros. Para ello se debería ir sustituyendo la importación de suministros por productos nacionales y centrar el gasto inicial en equipamiento e infraestructura.
La UE importa casi un 80% de su arsenal militar, con Estados Unidos como uno de sus principales proveedores. Frente a ello, el Instituto Kiel calcula que el PIB europeo podría crecer entre un 0,9% y un 1,5% anual si los Gobiernos elevan la partida de defensa del 2% al 3,5%, atendiendo a los parámetros de la OTAN. Esto sucederá siempre y cuando se cambie la compra de armas estadounidenses por inversiones en armamento regional de alta tecnología. En España, la consultora NITID Corporate Affairs estima que un aumento del gasto en defensa al 2% del PIB antes de 2029 podría generar más de 25.000 empleos y elevar el PIB en un 1,35% anual con una inversión de más de 29.000 millones de euros para 2030.
Las claves para que la defensa impulse la economía
Es en contextos de carrera armamentística cuando los Estados han apostado por una inversión masiva en tecnología que deriva en importantes desarrollos y crecimiento económico. En este caso, el plan debe servir en primer lugar como trampolín hacia una reactivación industrial más amplia y enfocada a desarrollar equipos, tecnología e innovación. En ese sentido, el informe del Instituto Kiel constata que un aumento del gasto militar del 1% del PIB eleva la productividad a largo plazo en un 0,25% y genera grandes beneficios en avances tecnológicos. Además del impacto directo sobre el sector defensa y el empleo, sectores como la industria manufacturera o los servicios pueden beneficiarse por la demanda relacionada con defensa.
El impacto dependerá también de la capacidad del tejido productivo para absorber las inversiones. Por ejemplo, para una potencia industrial previa como Alemania, aumentar el gasto en defensa al 3% del PIB duplicaría inversiones hasta 25.500 millones de euros, crearía 245.000 empleos y generaría cerca de 42.000 millones de euros anuales en actividad de servicios y producción. En contraste, Grecia ha mantenido históricamente un gasto en defensa elevado por su ubicación geopolítica y las tensiones regionales. Sin embargo, ante la incapacidad de desarrollar una industria de defensa robusta, ha destinado gran parte de las inversiones a comprar armamento extranjero, limitando su oportunidad para estimular la economía local.
Por otra parte, el rearme europeo enfrenta dos grandes retos. Uno es la fragmentación, el gran talón de Aquiles. La duplicidad de sistemas que debilitan la cooperación entre países, los diferentes requisitos para proveedores y la multiplicidad de carros de combate, aviones, barcos o submarinos dificultan la capacidad de multiplicación del efecto económico. El otro gran reto es la dependencia de las empresas estadounidenses, cuya ventaja competitiva es una tecnología militar elevada y economías de escala. Aunque se intente excluirlas de los planes de gasto, Europa las necesitará a corto plazo y más aún ante la retirada estadounidense. Al final, el rearme europeo también responde a una presión del presidente Donald Trump para estimular su propio sector defensa y, por tanto, la economía de Estados Unidos.
Los retos de fondo: mantener las cuentas públicas y el estado de bienestar
A diferencia de otras partidas, como las transiciones digital y verde, las inversiones en defensa estarán protagonizadas por el sector público. Y el primer temor es que un aumento deteriore las cuentas públicas a medio plazo. Aunque algunos miembros del Banco Central Europeo aseguran que los costes se verán compensados por los beneficios, el previsible incremento de la deuda ha aumentado el nerviosismo en los mercados financieros y se ha visto reflejado en los bonos soberanos. Pese a la promesa de que el gasto en defensa no computará a efectos de las reglas fiscales, los mercados exigen ya un tipo de interés más elevado para comprar bonos ante la acumulación de deuda estatal que hará falta para financiar el plan de rearme. Con ello se evitarían medidas más impopulares como subir los impuestos o reducir el gasto social.
Otra pregunta, justamente, es qué supondrá todo esto para los gastos sociales, verdes o de infraestructuras. En España, el Gobierno asegura que no tocará el gasto social, mientras que el Ejecutivo del Reino Unido ya ha advertido que sí lo hará, pero en la mayoría de los países europeos sigue siendo una incógnita. Con todo, si aumentar el gasto en defensa implica recortes en otras áreas terminará siendo perjudicial. Aunque el autor del informe del Instituto Kiel asegura que históricamente no ha sido así y han convivido con el estado de bienestar, otros análisis advierten que las economías europeas modernas no se han diseñado para invertir enormes sumas en los ejércitos sino para ofrecer beneficios sociales que fomenten la estabilidad.
El rearme europeo se perfila como una estrategia de doble filo. Los potenciales beneficios a corto plazo sobre los sectores vinculados a la defensa y los mercados financieros necesitan ir acompañados de una gestión adecuada de la deuda pública. Que la mayoría de la financiación sea estatal implica un aumento de la deuda soberana, lo que puede derivar en problemas de sostenibilidad fiscal a largo plazo. A ello se suma el doble reto de la producción coordinada y de la adquisición de equipamiento para reducir la dependencia de las importaciones. Pero lo que queda en evidencia es que después de años de crecimiento exiguo, pérdidas de competitividad, una pandemia y enormes retos geopolíticos, Europa ha necesitado del miedo a una amenaza de guerra para salir de su letargo, reactivar su industria y apostar por el desarrollo tecnológico.