El mundo no está en guerra, pero se está armando como si se dirigiera a una. El gasto militar se sitúa en su nivel más alto desde la caída de la Unión Soviética tras nueve años consecutivos de aumento, y las cien principales empresas dedicadas a la venta de armas a nivel global ingresan ya un 14% más que en 2015, según SIPRI. Nada indica que esa tendencia esté perdiendo fuerza: la guerra de Ucrania ha llevado a multitud de Gobiernos occidentales a invertir en su industria para producir más armamento y de manera más local.
Alemania es un ejemplo paradigmático. Tras tres décadas de repliegue militar y recortes presupuestarios —desde los noventa la industria germana de defensa se ha contraído un 60%—, Berlín va camino de cumplir en 2024 por primera vez desde su reunificación el objetivo de gasto de la OTAN, equivalente al 2% del PIB. Rheinmettal, su empresa armamentística más potente y la séptima de Europa, ha multiplicado por cinco su valor en bolsa desde que Rusia se adentró en Ucrania en febrero de 2022.
Hasta ahora, Estados Unidos ha sido el encargado de nutrir los arsenales de sus aliados. Israel evidencia muy bien esa dependencia: la destrucción de Gaza se ha perpetrado con armamento estadounidense, y Washington ha amenazado con cortar ese suministro para disuadir a Benjamín Netanyahu de arrasar Rafah. 42 de las cien empresas de defensa con más ingresos derivados de la venta de armas de 2022 del mundo son estadounidenses, incluyendo las cinco primeras —Lockheed Martin, Raytheon Technologies, Northrop Grumman, Boeing y General Dynamics—.
La Unión Europea, sin embargo, se ha propuesto cortar esa relación de dependencia. Estados Unidos es el proveedor de hasta el 60% de las armas comunitarias, un peso demasiado elevado para un socio que siempre prioriza sus propios intereses en el escenario internacional, especialmente con Donald Trump a la cabeza, aunque perjudiquen a los europeos. Por eso, Bruselas ha aprobado su primera Estrategia Europea de Defensa, que exige que los Estados miembro compren al menos la mitad de su arsenal dentro del bloque para 2030.
Europa cuenta, de hecho, con 26 empresas entre las cien más grandes del mundo, excluyendo incluso a Rusia. Se trata de una industria por tanto consolidada, pero históricamente centrada en las exportaciones —representa casi un tercio de las ventas globales—. Asia es también un actor relevante, con 21 compañías en el top cien y China como gran potencia regional. El gigante asiático es el segundo país con más firmas —ocho— en la clasificación realizada cada año por SIPRI por detrás de Estado Unidos —42— y delante de Reino Unido —siete—.
Fuera de Norteamérica, Europa y Asia, otros países con industrias armamentísticas punteras son Israel, Turquía y Rusia, tres países que han protagonizado conflictos bélicos en los últimos años en Palestina, Siria o Ucrania, respectivamente.
A pesar del aumento sostenido de los ingresos del sector desde 2015, fecha en la que el think tank sueco incluyó a China en sus cálculos, en 2022 las ganancias cayeron un 3,5% con respecto al año anterior en términos reales, esto es, ajustado a inflación. El rearme militar en curso a nivel global se está traduciendo en nuevos pedidos, pero se trata de encargos que requieren años para ser fabricados, por lo que serán los próximos ejercicios los que reflejen ese empujón.







