Si la anexión rusa de Crimea en 2014 avisaba de un cambio geopolítico que evidenciaba la fragilidad de la seguridad europea, la invasión de Ucrania en 2022 encendió todas las alarmas. Europa volvía a presenciar una guerra a gran escala. Desde entonces, el elevado consumo de municiones y el alto ritmo de las operaciones militares ha supuesto un golpe de realidad para muchos ejércitos europeos, evidenciando su incapacidad para defenderse de un conflicto de tal magnitud.
Por otro lado, Donald Trump ha vuelto a la Casa Blanca con su habitual estrategia de confrontación y sus reiteradas amenazas para que los aliados aumenten el gasto en defensa. A ello se suma su reciente impulso a unas negociaciones de paz entre Rusia y Ucrania, en las que Europa ha quedado relegada. El regreso del republicano ha impulsado a los líderes europeos a tomar conciencia de que la seguridad del continente depende de fortalecer sus capacidades militares y diseñar una nueva arquitectura de seguridad.
Sin embargo, aunque tiene iniciativas en marcha, la Unión Europea todavía no va en la dirección correcta. Todavía falta consenso, una visión estratégica clara y capacidades militares autónomas, mientras mantiene su dependencia de Estados Unidos. Todo ello indica que el bloque sigue lejos de poder asumir plenamente su propia defensa, al menos a corto y medio plazo.
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