La Unión Europea eliminó sus fronteras internas en 1995, pero a día de hoy siguen existiendo barreras económicas que condicionan la vida de miles de europeos.
¿Cómo puede competir una empresa tecnológica en Bratislava con los salarios de una multinacional con sede en Viena, a apenas una hora en coche? ¿O un belga comprarse una casa en su pueblo convertido en una ciudad dormitorio del paraíso fiscal luxemburgués? Estas dos fronteras, separadas por casi mil kilómetros, son precisamente las dos más desiguales de la Unión Europea. Austria, Eslovaquia y Hungría ejemplifican los retos de la integración tras décadas de Guerra Fría, mientras que Luxemburgo es un agujero negro de riqueza al que las regiones fronterizas de Bélgica no pueden renunciar.
Este reportaje, resultado de un viaje realizado en noviembre del año pasado a Centroeuropa por el equipo de El Orden Mundial, es un recorrido por esas fronteras que han desaparecido de los tratados pero que siguen estando muy presentes en el día a día de los europeos.
La sombra de Trianón
¿Y si nos hemos equivocado? Son las seis de la mañana y la estación de Bratislava-Petržalka está oscura y desierta. La estación principal de tren de la capital eslovaca está en obras, y Petržalka, al otro lado del Danubio y a unos 40 minutos a pie del centro, debería ser ahora el núcleo ferroviario de la ciudad. Los paneles y el tren parado en el andén indican un viaje a Viena en media hora, pero no llega nadie.


A los pocos minutos, justo cuando el cielo comienza a clarear, se intuye al fin un tímido flujo de personas. Adam, 35 años, empleado en el sector logístico; Monika, 30 años, informática; Andrej, 45, trabaja en una empresa eslovaca de finanzas y tecnología. Todos parecen cortados por un mismo patrón: profesionales del sector de la tecnología de la información con el ordenador a la espalda que, casi sin darnos cuenta, han llenado el tren.
Cuando este finalmente arranca, Orsi lleva ya media hora en la carretera. Su punto de partida es Györ, en el noroeste de Hungría y a una hora en coche de Viena. A sus 35 años, lleva cuatro haciendo ese mismo trayecto dos veces al día para trabajar en una empresa logística de la capital austríaca. El salario, dice, compensa de sobra el esfuerzo: “Cobro cinco veces más de lo que cobraba en Györ”.
Según datos de 2021 de Eurostat, la frontera entre Austria, Hungría y Eslovaquia registra la mayor brecha de ingresos de toda la Unión Europea. La renta de los habitantes del este de Austria triplica la de sus vecinos al otro lado de la frontera, un desequilibrio económico que empuja cada día a cerca de 55.000 trabajadores húngaros y 22.000 eslovacos a cambiar de país durante la jornada laboral y regresar a su casa al fin de esta.


Aunque esa dinámica puede leerse como un éxito de la integración europea, también es reflejo de las desigualdades de la Unión y de una frontera invisible muy presente en la vida de los europeos que sigue resquebrajando la cohesión del grupo.
El abrazo entre Viena y Bratislava
Viena y Bratislava son las capitales más cercanas de Europa. Una distancia de setenta kilómetros y una hora de trayecto en coche que en términos económicos no hace más que recortarse. El PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo de Bratislava supera ya incluso al de la capital austriaca. Lo prueban los rascacielos de su modesto distrito financiero y el auge del sector de la tecnología y la información, que ya supone el 5% del PIB del país. En los últimos años, Bratislava se ha convertido en un oasis de riqueza dentro del páramo eslovaco, lo que acentúa las desigualdades internas.
Sin embargo, esa riqueza no se refleja todavía en los salarios. Los ingresos en Viena siguen siendo un 41% más altos que en la capital eslovaca, según Eurostat. De hecho, uno de los motores de la productividad eslovaca es la deslocalización industrial de empresas automovilísticas alemanas, francesas o incluso coreanas, atraídas por los menores costes del mercado laboral eslovaco. Firmas como Stellantis, Jaguar Land Rover o Kia han abierto plantas en el interior del país, mientras que Volkswagen se estableció directamente en la periferia de Bratislava allá por 1991. Este último es, precisamente, el mayor empleador privado del país, con más de 11.600 trabajadores.
Por otro lado, esa brecha salarial hace que miles de bratislavos sigan mirando al oeste y cruzando la frontera a diario. Toda una utopía en tiempos de la Guerra Fría, cuando el telón de acero se alzaba entre las dos ciudades. Los campos en los que hoy predomina el discurrir tranquilo del Danubio, extensas granjas de molinos eólicos y un flujo constante de vehículos estaban entonces profundamente militarizados. Pocos se atrevían a cruzar, y muchos de los que lo intentaron murieron en el intento, como recuerda el monumento a las víctimas de ese muro a las afueras de Bratislava.

Pero más allá de los desequilibrios con Austria, el crecimiento económico de Bratislava también tiene consecuencias a nivel interno. La ciudad es la tercera capital europea más cara para comprar una vivienda en relación al salario —hacen falta trece salarios anuales brutos—, lo que expulsa a muchos de sus habitantes incluso más allá de las fronteras eslovacas. Rajka es el primer pueblo de la frontera con Hungría y un ejemplo de esa dinámica. Mientras que el centro mantiene su carácter húngaro, las afueras están dominadas por extensos barrios de casas unifamiliares idénticas, habitadas en su mayoría por eslovacos.
Netskar, un amable jubilado, fue uno de los primeros eslovacos en mudarse a Rajka hace diez años. “En Bratislava no me podía comprar una casa tan grande como la de aquí ni disfrutaba de la tranquilidad del campo”, nos cuenta divertido cuando le interrumpimos su paseo matutino. La relación con sus vecinos húngaros es cordial, pero los eslovacos no hacen vida en el pueblo. Una mujer que pasea con su hija nos cuenta que, aunque vive en Rajka desde hace tres años, no habla húngaro ni maneja la moneda nacional, el florín, ya que lo paga todo con tarjeta. Antes de su permiso de maternidad trabajaba en Bratislava y lleva a la niña a un colegio al otro lado de la frontera.


Los eslovacos no se limitan a Hungría a la hora de buscar casa. Desde las colinas Kittsee, al otro lado de la frontera con Austria, se divisa el castillo de Bratislava a la perfección. La mitad de la población de este municipio es eslovaca, la cual llega atraída por las ayudas a la compra de vivienda y el conocimiento del alemán, que muchos aprenden en el colegio. También influye la diferencia de derechos y libertades. Janka trabaja en Bratislava, pero vive en Kittsee con su mujer desde hace dos años: “Las parejas homosexuales no tenemos derechos en Eslovaquia y las dos queríamos casarnos y tener hijos. Mi mujer está embarazada y aquí en Austria puedo registrar al bebé y que me reconozcan como su madre sin problemas”.

El cerrazón húngaro
Cuando uno se interna en Hungría desde Austria en coche, no sabe muy bien si pisar el freno en el paso fronterizo. El espacio Schengen garantiza la libertad de movimiento y la ausencia de controles, pero el impasible policía húngaro apostado en el cruce y el estrechamiento de la carretera hacen dudar.
Hungría accedió a la Unión Europea en 2004, y si bien el tamaño de su economía se ha duplicado desde entonces, el país apenas comienza a levantar la cabeza tras una cruenta crisis inflacionaria. Muy dependiente de los hidrocarburos rusos, la guerra de Ucrania y la posterior crisis energética dispararon los precios en el país ―la inflación superó el 26% en enero de 2023― y devaluaron el florín.
Al otro lado de la frontera, y sin necesidad de someternos finalmente a ningún control, observamos que el país ha convertido los alrededores del cruce fronterizo de Nickelsdorf-Hegyeshalom en un monumento a la historia. Allí tuvo lugar el pícnic paneuropeo de 1989, una manifestación pacífica que provocó la apertura de la frontera durante varias horas y fue un precedente del colapso del telón de acero entre Austria y Hungría. Junto al memorial, a apenas diez metros del lado austríaco, una puerta abierta con el logo de la Unión Europea en el dintel recuerda que Europa aún es una deuda pendiente para los húngaros. Un paso demasiado reciente como para darlo por sentado.

Sin embargo, la deriva iliberal de la Hungría de Viktor Orbán ha conducido al país a convertirse en la cuarta peor democracia de la Unión Europea según The Economist y a protagonizar enfrentamientos continuos con Bruselas. Orbán es de hecho el gran aliado de Vladímir Putin dentro del grupo comunitario. Mientras, Hungría se sitúa a la cola de la Unión Europea en cuanto a consumo individual real, una métrica que mide los servicios y bienes consumidos por los hogares y que sirve para estimar la riqueza.
Tras recorrer la frontera y visitar varios pueblos, emprendemos el camino hacia Sopron, una ciudad ubicada en el extremo de un brazo de Hungría que penetra aún más en Austria. La distancia hasta Viena es de apenas sesenta kilómetros. De hecho, el GPS nos recomienda conducir por carreteras austríacas para llegar a Sopron, una ruta poco intuitiva pero que acorta el trayecto que discurriría a través de las maltrechas carreteras húngaras.
Dentistas y vino
Sopron es una ciudad de dentistas. Contamos más de diez clínicas en las enrevesadas calles de su centro histórico, pero la más grande de todas, la del Doctor Toka, se encuentra algo más alejada. Decenas de matrículas austríacas abarrotan el parking de lo que es en realidad un complejo dental, con varias plantas y un sistema laberíntico de cabinas. En su amplio vestíbulo se entremezclan conversaciones en húngaro y alemán mientras varias recepcionistas despachan clientes sin parar. Las diferencias de precio en el cuidado dental entre Austria y Hungría —un empaste en Doctor Toka cuesta 45 euros— mueven a muchos austriacos a cruzar la frontera en busca de una limpieza o una endodoncia.
La ciudad fronteriza es también la niña de los ojos del nacionalismo húngaro. El Imperio austrohúngaro se desintegró tras la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Trianón reordenó en 1920 las fronteras de los países que lo conformaban. El Reino de Hungría perdió buena parte de sus territorios, incluida la región de Burgenland, que pasó a manos austriacas. Sólo la ciudad de Sopron decidió mediante referéndum quedarse en Hungría, lo que le valió el título de “fidelísima”. Pero a cambio tuvo que sacrificar una tradición vinícola centenaria.
“El triángulo Sopron-Bratislava-Viena formaba una única región vinícola, la más antigua de Hungría, pero Trianón la partió en tres y el comunismo condujo a la desaparición de las bodegas en Sopron. Ahora yo quiero cambiar las cosas”. Tamás Varga repasa la historia de la región mientras sirve con una mezcla de melancolía y orgullo dos copas de vino espumoso de su propia cosecha. Lo hace en su pequeña bodega a las afueras de Sopron, unas instalaciones que él y su socio recuperaron en 2020, apostando por nuevos mercados y una forma diferente de hacer las cosas. “El resto son bodegas familiares que venden lo poco que producen a sus vecinos y no buscan expandirse más allá. Ni siquiera en Budapest conocen nuestros vinos”.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la población germana ―heredera de la tradición vinícola en la zona― fue obligada a marcharse y las bodegas se convirtieron en almacenes olvidados. Mientras tanto, las autoridades comunistas favorecían una producción estatal de los vinos tintos más productivos. Ambas dinámicas acabaron con las hasta ese momento predominantes variedades blancas y condenaron a Sopron a una producción modesta y familiar. El único restaurante abierto en el centro de la ciudad para cenar una noche de miércoles así lo atestigua: los vinos se sirven directamente de un enorme barril con una especie de decantador a un precio irrisorio, menos de setenta céntimos la copa.
Ahora Varga está intentando recuperar uvas autóctonas como la furmint y combinarlas con una producción orgánica, mientras se recorre cada semana Hungría o Centroeuropa para dar a conocer sus vinos. “Quiero contar la historia de nuestro suelo, nuestra filosofía”, afirma.
Al otro lado de la frontera, en el lado austriaco, los viñedos sí conservaron su renombre y tirón internacional. Además, la región de Burgenland consiguió desarrollar una potente industria turística en torno al mundo del vino y el lago Neusiedl, conocido como “el mar de Austria” o lago Fertő para los húngaros y Patrimonio Mundial de la Unesco. El Gobierno de Viktor Orbán se ha propuesto replicar ese modelo, aunque sin éxito hasta el momento: Budapest quiere construir un megacomplejo turístico, con puerto deportivo, club náutico y hasta una playa, en la orilla húngara, pero el proyecto encalló en los juzgados por irregularidades en la concesión y el rechazo de grupos ecologistas como Greenpeace, preocupados por su impacto ambiental. Mientras el Gobierno húngaro busca la forma de llevarlo a cabo, el acceso a la orilla lleva años bloqueado por una verja, privando a los vecinos del baño o la pesca.

Este contraste entre el lado austriaco y el húngaro es evidente a todos los niveles: la economía, el turismo y la calidad de las infraestructuras. Una desigualdad que se explica por la historia: las diferencias de desarrollo entre el oeste rico y el este heredero de la órbita soviética sigue presente. Pero también por el cerrazón del Gobierno ultranacionalista de Orbán, al que Bruselas le tiene bloqueados 19.000 millones de euros de fondos europeos —el 10% del PIB de Hungría— por sus preocupaciones sobre la corrupción, la independencia judicial o el maltrato a los migrantes en el país magiar. Está costando que la apertura al oeste dé en Hungría los frutos económicos que sí que da en otros países como Polonia o Chequia.
Los dos Luxemburgos
La estación de Arlon, una pintoresca ciudad en la esquina sureste de Bélgica, es un hervidero desde las seis de la mañana. Cientos de siluetas atraviesan la espesura de la noche dejando tras de sí un halo de vaho fugaz: el frío y la humedad invitan a apretar el paso, pero su objetivo es asegurarse un asiento en los cotizados trenes que unen Arlon con Luxemburgo en apenas media hora.


Hasta el 70% de la población activa arlonesa está empleada en el Gran Ducado, que nutre casi la mitad de su fuerza laboral con trabajadores prestados de sus vecinos. Eso se traduce en un flujo de más de 50.000 belgas que cruzan casi a diario la frontera interna más desigual de la Unión Europea en términos económicos: el PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo de Luxemburgo, el segundo más alto del grupo comunitario, casi cuadruplicaba en 2022 el de la provincia belga vecina, también llamada Luxemburgo, cuyo centro neurálgico es la ciudad de Arlon.


Sin apenas espacio para avanzar por el pasillo del vagón, aprovechamos el trayecto que une ambos puntos para intentar dibujar un perfil de ese trabajador transfronterizo. Alexia, 35 años, psicóloga; Manu, 34, empleado en el sector de las finanzas; Noemi, 28, trabajadora en una guardería; Jean, 45, empleado en banca. Aunque las ocupaciones son muy diversas, no tarda en emerger un patrón: Luxemburgo es uno de los centros financieros —y paraísos fiscales— más importantes del mundo y requiere de muchos trabajadores altamente cualificados para sostener su sector financiero y bancario. Casi un tercio de sus puestos de trabajo están vinculados directa o indirectamente al sector.
Al llegar a la estación de la ciudad de Luxemburgo, lo primero que salta a la vista es el incesante trajín de trabajadores, todos con prisa. En la zona cero del entramado laboral del microestado, autobuses y tranvías de última generación gratuitos para todo el mundo no paran de cargar y descargar viajeros aún con una niebla perezosa de fondo.
El trabajador medio de Luxemburgo cobra 81.000 euros anuales, más del doble de la media europea. Es una jugosa recompensa para los cientos de miles de trabajadores transfronterizos que cada día abandonan temporalmente su país para regresar tras la jornada laboral. Son, en concreto, 119.000 franceses, 52.000 alemanes y 51.000 belgas, a los que se suman otros 304.000 extranjeros que sí que residen en Luxemburgo y que constituyen hasta el 47% de la población del país.
A pesar de su diminuto tamaño, Luxemburgo ha sido siempre objeto de deseo de las potencias europeas: la Corona española, Países Bajos, la Francia napoleónica o la Alemania nazi se han turnado y disputado su soberanía a lo largo de los siglos. Su estratégica ubicación entre varios protagonistas de la historia europea lo llevó a convertirse de hecho en una suerte de Estado tapón amurallado conocido como el “Gibraltar del norte”.
Pero tras la Segunda Guerra Mundial, el Gran Ducado decidió abrirse al mundo y apostar por la integración, la unión monetaria y el multilateralismo, participando en la creación de las Naciones Unidas, la OTAN o la Comunidad Europea del Carbón y del Acero —antecesora de la Unión Europea—. También en la del Benelux, una unión política y económica entre Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo que comenzó a tomar forma ya en 1921.
Ese esfuerzo integrador se ve claramente reflejado en su frontera. O mejor dicho, no se ve: en el tren de vuelta a Arlon a media mañana, ya vacío, sólo la megafonía recuerda el salto de país, imperceptible de cualquier otra forma. Hace tiempo que se derruyeron los puestos fronterizos en la carretera, desdibujando un borde que muchos cruzan sin darse cuenta.
Hasta su nombre induce a error. La provincia belga de Luxemburgo se separó del Gran Ducado en 1839, el mismo año en el que se reconoció la soberanía de la propia Bélgica y en el que el país luxemburgués emprendió su camino hacia la independencia de Países Bajos. La mayoría francoparlante del Luxemburgo belga fue determinante para dibujar esa frontera. De hecho, esa es su mayor diferencia. El micro-Estado ha consolidado su identidad nacional en torno al luxemburgués, muy minoritario en el lado belga. Los números lo confirman: el 85% de los luxemburgueses trabajan en ámbitos relacionados con el sector público, donde se demanda el idioma, al contrario que el sector privado, que concentra a los trabajadores extranjeros y fronterizos y donde el francés está muy extendido.
El saqueo de una región
Ya de regreso en Arlon, las calles del pueblo han sido tomadas por adolescentes que aprovechan la pausa de la comida para salir del aula y tomar el aire. La mayoría de sus padres están al otro lado de la frontera y no regresarán al pueblo hasta bien entrada la tarde, dando vida a sus coquetos bistrós, queserías y cervecerías. Todos con un toque sofisticado y afrancesado, pistas del alto poder adquisitivo de sus habitantes. Arlon muere de día y renace de noche, confirmándose como una bonita ciudad dormitorio que depende, para bien y para mal, de la gallina de los huevos de oro que es Luxemburgo.
A cambio, Bélgica recibe una compensación económica de Luxemburgo por el expolio laboral al que somete a sus comunas fronterizas. Los 52.000 trabajadores belgas que cotizan al otro lado de la frontera dejan un agujero fiscal enorme en los ayuntamientos belgas de la zona, que dejan de ingresar millones de euros en impuestos sobre la renta pero les proporcionan servicios públicos como el alumbrado, la retirada de basuras o el mantenimiento de instalaciones deportivas. Por ello, desde 2004, el Gran Ducado paga a las comunas de Bélgica afectadas por esta dinámica un fondo de compensación que se revisa al alza cada año y que ya asciende a 48 millones de euros anuales y 262 ayuntamientos beneficiados.
Vicent Magnus, el alcalde de Arlon, nos recibe en su despacho rodeado de papeles —está ultimando el presupuesto municipal para el 2025—, entre los que escarba para enseñarnos la cifra que ingresa su alcaldía a través de este instrumento. Este año ascenderá a 9,9 millones de euros, el 14% del presupuesto municipal. “Perder ese fondo sería catastrófico para nuestra provincia”, repite varias veces.

Sin embargo, el mecanismo de compensación también contribuye a perpetuar la dependencia laboral y económica con Luxemburgo. Esta se traduce en un tejido industrial raquítico que tiene en el sector maderero su principal activo y que sufre para encontrar mano de obra. El atractivo de los salarios luxemburgueses no invita a quedarse en Bélgica. Tampoco a los empresarios: muchos cruzan la frontera en busca de ventajas fiscales para sus negocios, lo que acrecienta la desigualdad con el Ducado.
Magnus insiste en que las relaciones con Luxemburgo son “excelentes” y acusa al Gobierno belga de “bloquear” las negociaciones con el país vecino para extender la gratuidad del transporte luxemburgués hasta Arlon o construir más parkings. “Todos los días hay atascos enormes en las carreteras, pero cuando nos reunimos con nuestros amigos luxemburgueses se los decimos: hace falta que peleéis contra la región valona [la mitad sur del país] o contra el Estado federal de Bélgica para que podamos desbloquear esta cuestión”.
Otro de los grandes problemas es el precio de la vivienda. Luxemburgo es el segundo país europeo donde más ha aumentado la brecha entre los salarios y el precio de la vivienda, que se ha disparado un 72% desde 2015. Esto empuja a cada vez más luxemburgueses a cruzar la frontera para comprar. En Arlon ya hay 640 hogares luxemburgueses, una cifra minoritaria pero que, según el alcalde, va al alza. El problema es que la provincia belga tampoco escapa a esta crisis, donde además existen dos capas poblacionales muy diferenciadas. “Los arloneses que trabajan en Arlon no pueden competir contra los salarios de los compradores que trabajan en Luxemburgo”, recuerda el político. Varios de estos municipios fronterizos ya se encuentran entre los diez más caros de la región de Valonia.
Los problemas de los belgas, eslovacos y húngaros no son tan distintos. A pesar de los kilómetros de distancia y las particularidades de sus contextos históricos, el salario y el acceso a la vivienda son temas que resuenan en todas las conversaciones del viaje. Dos problemas transversales en el continente, pero que se vuelven todavía más evidentes en sus territorios fronterizos. Si quiere cumplir con su promesa de paz y prosperidad, la Unión Europea está obligada a finiquitar de una manera u otra estos cabos sueltos.
Cofinanciado por la Unión Europea. Las opiniones y puntos de vista expresados son, sin embargo, los de los autores únicamente y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea. Ni la Unión Europea ni la autoridad que otorga la subvención pueden ser consideradas responsables de ellos.
Para seleccionar las dos regiones más desiguales de la Unión Europea y tratar de hacer un análisis más amplio elegimos dos indicadores: ingresos per cápita y PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo. El primero incluye la renta primaria proveniente del trabajo, los intereses, los dividendos o el alquiler, y se registra en el lugar de residencia. Por eso, según este indicador, la frontera entre Austria, Hungría y Eslovaquia, con una clara brecha aún en los salarios, es la más desigual de la Unión Europea. En este caso descartamos usar además la conversión en paridad de poder adquisitivo, ya que nuestro objetivo no era ver cuánto rinden los ingresos dentro de una región, sino a ambos lados de una misma frontera.
El PIB per cápita, por su parte, mide la producción de una región o país, y se registra en el lugar de trabajo del empleado. Por eso, según esta métrica la brecha entre Luxemburgo y Bélgica es la mayor de la Unión Europea, ya que gran parte de la producción de los trabajadores belgas contribuye al PIB de Luxemburgo y se traduce en un vacío industrial en su lugar de residencia. En este caso sí ajustamos los datos por paridad de poder adquisitivo para tener en cuenta el nivel de vida de las regiones.








Me ha encantado el artículo, diferente a otros que hacéis y con un aire de suplemento dominical. Alba, enhorabuena y te animo que nos cuentes más detalles de tu viaje en un podcast, sería el complemento perfecto para este gran trabajo
Increíble reportaje, me encantó, se hizo muy interesante
Muy buen reportaje. Gracias por vuestro excelente trabajo. Enhorabuena por vuestra gran profesionalidad y esfuerzo. Está felicitación la hago extensiva a todo el equipo de El Orden Mundial
Qué maravilla de reportaje, ójala podáis hacer más como este. Espero que lleguéis a los 6 mil suscriptores (mínimo) y que podáis hacer estos viajes con más calma y durmiendo en buenos hoteles 😀
Excelente reportaje
Como he disfrutado de la lectura! Muchas gracias por el texto con muchas informaciones de fondo. Que tengais un buen fin de semana 🙂
Me ha encantado