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Arabia Saudí, Catar y Egipto. Además del autoritarismo, estos tres países tienen en común ser grandes compradores de armas europeas. Pese a que la guerra en Ucrania ha proyectado una imagen de la Unión como un bloque al que le falta capacidad militar, Francia, Alemania o Italia son de los principales productores y exportadores de armamento del mundo. El problema es que los países europeos destinan pocas armas para sí mismos y que falta una red de colaboración productiva y de mercado europea.
La mayoría de los armamentos europeos acaban en el exterior. Muchos en países que los usan más como los crímenes de Rusia en Ucrania que para proteger la democracia o la soberanía nacional. Sin embargo, el aumento de la demanda interna a raíz de la guerra, la mayor inversión en defensa y el miedo a depender de otros abren una oportunidad para la región. Si Europa quiere avanzar hacia la autonomía estratégica y asentarse como estandarte de los valores democráticos, deberá producir más armamento para sí misma.
Armas europeas para regímenes autoritarios
Un mundo sin armas es, en principio, un mundo más seguro. Pero en el actual sistema internacional, con países que atacan a otros, potencias nucleares en expansión, grupos terroristas y ciberataques, los sistemas de defensa son un mal necesario. El problema es poner esos armamentos al servicio de países que transgreden el derecho internacional. Y esa es una de las grandes hipocresías de Europa: mientras defiende los derechos humanos y promueve la democracia, vende armas a países que incumplen esos preceptos. Alimentar la represión de estos regímenes es una mancha en la reputación de Europa difícil de borrar.
Un ejemplo de este problema es Arabia Saudí. Aunque nutre sus arsenales sobre todo con armas estadounidenses, también es de los principales compradores de Bélgica y España. Hace años, los contratos de los saudíes con la empresa española Navantia dividieron a la opinión pública. El armamento español reforzó a Arabia Saudí en la guerra de Yemen, una de las peores crisis humanitarias de las últimas décadas: 233.000 fallecidos y el 80% de la población dependiente de la ayuda humanitaria. Al mismo tiempo, esta producción beneficiaba a provincias españolas con altas tasas de desempleo como Cádiz. Pese a la polémica, Navantia firmó en enero de 2023 un acuerdo para producir cinco nuevos buques para Riad.
No obstante, por delante de Arabia Saudí destacan los regímenes autoritarios de Catar y Egipto. Ambos son grandes importadores de armas francesas e italianas y, más que involucrarse en guerras en el exterior, reprimen a su propia población. Catar es conocido por las condiciones de trabajo forzoso de sus trabajadores migrantes, limitar la libertad de expresión y perseguir a los críticos con el Gobierno. Esto último también ocurre en el Egipto de Abdelfatá al Sisi, que además reprime a minorías y tiene causas abiertas por torturas a detenidos. Pero también hay democracias entre los compradores cuestionables de Europa: Israel, artífice de un apartheid de décadas a la población palestina, tiene a Alemania e Italia como su segundo y tercer exportador. Por su parte, Francia ya es el segundo mayor suministrador de India, donde la tensión nuclear con Pakistán no cesa y el nacionalismo hindú represor está cada vez más exacerbado.
Europa importa cada vez más armamento
La guerra de Ucrania ha supuesto un antes y un después para la demanda de armamento de Europa. Por un lado, la ayuda a Kiev ha tensionado sus stocks, disparando la demanda de munición, vehículos, misiles y otras capacidades más avanzadas. Por otro, la invasión rusa ha instaurado una urgencia entre los países europeos por reforzar sus defensas. Tradicionalmente reacios a invertir en ello, todos han aumentado sus presupuestos en el último año. Europa es la región que más aumentó su inversión en defensa en 2022: un 13% frente al 0,3% de las Américas, el 2,7% de Asia y Oceanía o la disminución del 5,3% de África.
El cambio más notable es el de Alemania, con un antibelicismo muy asentado en su sociedad desde la Segunda Guerra Mundial. Pocos meses después del inicio de la guerra, el canciller Olaf Scholz anunciaba un aumento histórico del presupuesto en defensa que en 2024 alcanzará el 2% del PIB. También son llamativos los cambios de postura de Finlandia y Suecia, que han pasado de la neutralidad a alinearse con la OTAN: el primero ya es miembro y Turquía acaba de levantar el veto al segundo.
El problema es que las empresas europeas no pueden hacer frente a este aumento brusco de demanda, en especial para producir equipos más modernos que requieren más tiempo. Este desajuste amenaza con provocar escasez de capacidades militares, lo que tendría graves consecuencias para la alianza con Ucrania y para la defensa europea. Esto también ha provocado que las importaciones europeas de armamentos hayan crecido más que en Asia u Oriente Próximo por primera vez en años. Esto es un cambio significativo para una región tradicionalmente exportadora como Europa. Entre los beneficiados está Estados Unidos, que ha multiplicado ventas y contratos de exportación al otro lado del Atlántico.
En juego está la autonomía estratégica
Europa tiene una oportunidad histórica para revertir el funcionamiento de su industria armamentística. Confluyen la sensación de urgencia, la alta demanda de armamentos y la voluntad para invertir en seguridad nacional. También el impulso de la Unión Europea: desde 2021 cuenta con el Fondo Europeo de Defensa de casi 8.000 millones de euros para desarrollar un tejido industrial puntero. Además, están los proyectos de reindustrialización, los cuales pretenden crear un tejido de industrias verdes y tecnológicas que puede beneficiar a la industria de la defensa.
Redirigir las exportaciones hacia el mercado europeo puede solucionar dos problemas: reforzar las defensas comunitarias y afianzar el discurso de valores europeos al disminuir las exportaciones a regímenes autoritarios. Sin embargo, es difícil que Francia, Alemania o Italia renuncien a la influencia que les otorgan los contratos con Arabia Saudí, Catar o Israel. Abandonar esos espacios beneficia a otros grandes productores como Estados Unidos, China o Rusia.
También servirá para avanzar hacia la autonomía estratégica de la Unión. Aunque las tesis atlantistas han ganado terreno con la guerra de Ucrania —la OTAN ha vuelto a ser el garante de la seguridad europea—, aún hay reticencias a depender en exceso de Estados Unidos. La Alianza ha pedido en su última cumbre de julio que los europeos mejoren sus capacidades defensivas para contribuir a la seguridad colectiva, pero a Europa le interesa reforzarse como un bloque capaz de decidir su futuro defensivo. No obstante, corre el riesgo de tensionar la relación con Washington, en especial de cara a 2024, que podría terminar con Donald Trump de vuelta en el poder. Con todo, si la unión económica y política europea empezó por el carbón y el acero, puede que la unión defensiva empiece por una red de industrias defensivas cada vez más conectadas.