El fracaso del lavado de cara de Catar con los derechos laborales
Catar ha hecho reformas laborales desde que se le adjudicó el Mundial, eliminando aspectos sangrantes del sistema kafala. Sus condiciones, de hecho, son mejores que en otras monarquías del Golfo. Pero son cambios insuficientes, un lavado de cara frente a la presión internacional por la explotación de trabajadores extranjeros.
Este Mundial de fútbol no había empezado y ya batía un récord: es el megaevento deportivo donde más obreros han muerto construyendo infraestructuras. Según estimó The Guardian en 2021, más de 6.500 extranjeros habían fallecido en Catar desde su polémica designación de Catar como anfitrión en 2010. Y solo se contabilizan los datos facilitados por India, Bangladés, Nepal, Sri Lanka y Pakistán. No se incluye, por ejemplo, el número de ciudadanos filipinos, el tercer grupo más grande de extranjeros en el país.
Catar no aporta datos ni investiga estas muertes, que las autoridades atribuyen a “causas naturales” o “fallos cardíacos”. Sin embargo, la mayoría de los obreros han fallecido debido a las altas temperaturas y las condiciones de seguridad inadecuadas. El presidente de la comisión organizadora del Mundial, Náser al Jater, y la FIFA solo han reconocido la muerte de tres trabajadores durante la construcción de los estadios y otros treinta por causas no relacionadas con el trabajo. Varias organizaciones internacionales han denunciado las violaciones de derechos humanos en el emirato, que tuvo que impulsar reformas laborales.
Semiesclavitud en un país de extranjeros
En los últimos doce años Catar ha construido siete estadios, un aeropuerto, carreteras, sistemas de transporte público, hoteles y hasta una nueva ciudad, Lusail, donde tendrá lugar la final del Mundial. Ese frenesí ha disparado la demanda de mano de obra en el país que tiene la segunda mayor renta per cápita del mundo y donde viven tres millones de personas, de las cuales solo 350.000 son ciudadanos cataríes. La gran mayoría de los residentes extranjeros provienen de Asia meridional y África, trabajan en construcción, hostelería o el servicio doméstico, y viven en condiciones de semiesclavitud.