“Quiero morir en Marte”. Ese es el deseo de Elon Musk. Pisar el planeta rojo es la principal motivación del multimillonario y objetivo central de su empresa SpaceX. No es un sueño original: miles de hombres y mujeres que sueñan con el espacio han pensado en caminar por sus desiertos y cañones. Una meta más para la humanidad que alimenta las ideas de progreso, de llegar siempre más lejos, de conquistar cada vez más territorios. La NASA también ambiciona llevar humanos al planeta vecino en la década de 2030, por lo que es esperable que ambos proyectos converjan. Pero ¿sirve para algo pisar Marte?
Voces críticas argumentan que llegar a Marte no sirve para ningún objetivo científico, sino de expansión imperial. La exploración mediante robots o misiones más modestas podría servir para ampliar el conocimiento sobre el planeta rojo de forma más barata y sin arriesgar vidas humanas. Permite continuar aprendiendo sobre sus condiciones, la posibilidad de que exista o haya existido agua y el contexto en el que se da la vida en el espacio. Mandar humanos a Marte o colonizarlo son proyectos nacionalistas, no necesariamente científicos, pero que sirven para motivar la búsqueda de conocimiento y hacer que la ciencia y la ingeniería avancen. El problema es a qué coste.
Objetivo Marte 2030
Los humanos no van a pisar Marte en el corto plazo. Los planes más optimistas han proyectado llevar a sus astronautas en la década de 2030, pero son proyectos todavía en desarrollo y supeditados a que otras misiones previas se ajusten a sus propios plazos. La agencia con una estrategia más avanzada es la NASA, que pretende encadenar las misiones Artemisa, el programa para volver a la Luna, con el salto a Marte. Para la agencia estadounidense, las tecnologías y el conocimiento que se desarrollen en las misiones lunares previstas para la próxima década servirán para diseñar las futuras misiones a Marte. Así, las capacidades centrales para el regreso a la Luna, es decir el Sistema de Lanzamiento Espacial, la nave Orión y la estación de órbita lunar Gateway, se utilizarán para simular futuras misiones al planeta rojo. De hecho, el objetivo de la NASA es comenzar esas simulaciones una vez hayan establecido un campo base en el polo sur lunar, algo que se prevé para 2034.
Mientras tanto, la exploración de Marte se seguirá realizando a través de rovers y satélites. Es el caso de la misión Perseverance, lanzada en 2020 por la NASA, o la ExoMars, de la Agencia Espacial Europea (ESA por sus siglas en inglés). Además, las dos agencias están colaborando para traer muestras de Marte a la Tierra y seguir investigando la posibilidad de vida en el planeta. China también está desarrollando sus propias misiones: en 2020 puso en órbita su primer satélite el Tianwen-1 y lanzó su primer rover de exploración: Zhurong. Sin embargo, ambos dejaron de dar señal en 2022, lo que pone a China en desventaja frente a sus competidores. Con todo, como ocurrió en el pasado con la carrera por llegar a la Luna, es probable que esa competición acelere la inversión en estos proyectos.
El hambre por llegar a Marte no es exclusivo de las agencias espaciales. La empresa SpaceX de Elon Musk también tiene sus propios planes para pisar el planeta rojo. Para ello han desarrollado el cohete reutilizable Starship, el más potente hasta la fecha, que pretenden usar como la base de una red de infraestructuras con las que llevar humanos a Marte y más allá. No obstante, todavía tienen que conseguir hacerlo despegar con éxito. Aunque Musk había fijado la primera llegada a Marte de la nave en 2024, la misión va con retraso. Aun así, es probable que el Starship sea una pieza clave para el futuro de la carrera espacial, especialmente si los planes de la NASA y SpaceX convergen en un futuro cercano. Por el momento ambas entidades comparten la creencia de que las misiones a otros planetas con humanos son un paso necesario.
El problema del escapismo de Elon Musk
Detrás de los planes de llegar a Marte hay ideas controvertidas. Por un lado están la búsqueda de hegemonía y el nacionalismo. Tanto Estados Unidos como China buscan aumentar su poder geopolítico proyectándose hacia el espacio. Ser el primero en lograr una hazaña da prestigio global pero no tiene por qué beneficiar a la humanidad en su conjunto. Todavía más problemáticos son los planteamientos de Elon Musk, quien planea la primera misión tripulada de SpaceX al planeta rojo para 2029. El multimillonario propone que la humanidad debe colonizar el planeta vecino como alternativa a la vida en la Tierra. Según Musk, la única forma de que la humanidad sobreviva a la crisis climática es habitar otros mundos.
Es una forma del escapismo que tanto se ha retratado en obras de ciencia ficción: no merece la pena invertir en luchar contra el cambio climático que asola la Tierra sino en las soluciones más eficaces para huir de él. A esto se le suman otros pilares de la ideología de Musk como el pronatalismo, por el cual los más inteligentes y avanzados deben engendrar muchos hijos para combatir el colapso de la natalidad. Estos planteamientos ocultan cuestiones como si es siquiera factible construir comunidades en el hostil territorio marciano: con una atmósfera irrespirable y difícil de atravesar de forma segura, quiénes tendrían el derecho de huir de la Tierra o la cantidad de recursos necesarios para llevar a cabo un proyecto de esa magnitud.
Por muy estrafalarios que suenen sus planteamientos y por muy difícil que sea crear comunidades en Marte, perfiles como Musk cada vez tienen más influencia en la exploración espacial. Si cada vez controlan más infraestructuras y medios de comunicación como Twitter, más capacidad tendrán de atraer inversión hacia sus objetivos. A pesar de que lo más barato y sencillo es combatir el cambio climático en la Tierra, la lógica de las grandes gestas espaciales nacionalistas, la explotación de recursos naturales en el espacio o los sueños de millonarios pueden acabar desviando financiación hacia proyectos menos eficientes.
¿Para qué queremos llegar a Marte, en realidad?
Mirar a las estrellas no solo alimenta la curiosidad humana, sino que nos lleva a encontrar soluciones para construir un planeta mejor. Aquella primera visión de la Tierra desde la Luna como un punto azul en medio de la inmensidad del espacio resultó inspiradora para la voluntad de protegerlo. Es una reflexión que comparten los astronautas y cosmonautas de la Estación Espacial Internacional cuando observan los efectos de las sequías, inundaciones o el deshielo desde las alturas. Sin los satélites que observan la Tierra no podríamos monitorizar el cambio climático. Sin el mapeo del espacio profundo no podemos reflexionar sobre nuestra propia condición y el rol que jugamos en el universo. Las misiones tripuladas a Marte pueden beneficiar el desarrollo de nuevas tecnologías y generar nuevos conocimientos sobre el cosmos.
No obstante, como explica la experta en tecnología Marta Peirano en su libro Contra el futuro, existen otras formas de ver la exploración espacial. El científico y divulgador Carl Sagan defendía priorizar el envío de sondas y robots exploradores a otros planetas en vez de humanos, ya que permiten hacer avanzar la ciencia, la tecnología y la ingeniería de forma más segura y barata. Es un modelo que pone la investigación científica en el centro y que ya ha demostrado ser exitoso: buena parte del conocimiento que tenemos sobre el universo se lo debemos a máquinas como los telescopios terrestres, los rovers marcianos Spirit, Opportunity o Curiosity o las sondas Voyager.
No se trata de no llegar a Marte, abandonar la colaboración público-privada o dejar de mirar al espacio, sino preguntarnos para qué lo hacemos. Para profundizar en la competición geopolítica entre potencias y cumplir los sueños de multimillonarios o para realizar nuevos descubrimientos y encontrar soluciones a los problemas en la Tierra. La concentración de los medios en unas pocas manos impide entenderlas como dos opciones independientes, pero se puede encontrar un equilibrio entre ambas. Así, tal vez, la carrera por las estrellas no pase por dejar de lado a nuestro planeta azul y a la gran mayoría de quienes habitamos en él.





