Fabricar coches autónomos, conectar cerebros humanos a ordenadores, construir un túnel hiperrápido ―el hyperloop― que conecte Nueva York con Washington en apenas 29 minutos, comercializar un robot humanoide o lanzar el primer viaje tripulado a Marte. En el currículum profesional de Elon Musk, el hombre más rico del mundo desde septiembre de 2021, figuran éxitos importantes en sectores como el aeroespacial o el de la automoción sostenible, pero también una serie de promesas incumplidas y ocurrencias de ciencia ficción que han contribuido a inflar la burbuja mediática e inversora que existe en torno a su figura.
En ese historial hay numerosos mitos alimentados por el propio magnate para reforzar su imagen de genio visionario. Presume, por ejemplo, de haber sido el inventor de PayPal, una plataforma que en realidad fue desarrollada por Confinity, el competidor de su segunda compañía ―X.com, un banco online―. PayPal resultó ser un producto más popular que el suyo pero no tenía su potencial económico, así que en 1999 ambas empresas se fusionaron y Musk acabó como director ejecutivo. Un año después, antes de vender la plataforma a eBay a cambio de 1.500 millones de dólares, el sudafricano fue destituido de su puesto.
El dinero cosechado en la venta de PayPal en 2002 y la de Zip2 ―su primera empresa, una suerte de páginas amarillas online por la que recibió 300 millones de dólares― en 1999 le permite dar su gran salto empresarial. Así, en 2002 constituye SpaceX y en 2004 financia la fundación de Tesla con el objetivo de abaratar la tecnología espacial y acelerar la llegada del transporte sostenible.
Ambas empresas han terminado marcando un antes y un después en sus respectivos sectores, consiguiendo logros como el primer envío de un cohete privado a la órbita espacial o la fabricación del coche eléctrico más vendido del mundo. Pero Tesla, una compañía con casi veinte años de existencia, solo ha arrojado beneficios durante dos ejercicios. Mientras tanto, Musk ha ido aumentado sus coqueteos con metas que quedaban fuera de sus posibilidades y que han conducido a importantes fracasos.
Esas promesas incumplidas se han concentrado sobre todo en la última década, un periodo en el que el multimillonario ya estaba asentado entre la élite económica mundial y su conglomerado recibía numerosos encargos públicos ―en 2015 acumulaba 4.900 millones de dólares en subvenciones estatales―. En este tiempo, los augurios de Musk han ido creciendo en número y magnitud. Y aunque suelen llegar acompañados de jugosos crecimientos bursátiles, no hay año en el que sus planes sufran retrasos.
Desde 2014, por ejemplo, ha prometido que para el siguiente ejercicio Tesla ya tendría listo el sistema de conducción autónoma, pero la tecnología sigue necesitando la supervisión de un humano y sus coches por tanto no pueden ser comercializados con tal etiqueta. Para 2020 también pronosticó la circulación de un millón de robotaxis, aunque su producción se ha retrasado a 2024, del mismo modo que su misión a Marte ha pasado de proyectarse para 2026 a hacerlo para 2029. Algo similar ocurrirá con la producción de su esperado robot humanoide, Optimus, que estaba programada para 2023 pero que en la presentación de su prototipo del pasado mes de septiembre dejó muchas dudas sobre su desarrollo.
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En algunos casos sus afirmaciones, apoyadas en su enorme popularidad y capacidad de influencia, le han acarreado problemas judiciales. En 2018 tuiteó que había conseguido la financiación necesaria para recomprar todas las acciones de Tesla, un anunció que provocó un fuerte aumento de su valor en bolsa. Los rumores de fraude condujeron a la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos a abrir una investigación para indagar en el asunto, pero Musk se adelantó y pactó una multa de 20 millones de dólares y su dimisión como presidente de la empresa. Posteriormente, la Justicia estadounidense acabó fallando que se trató de un mensaje «falso y engañoso» cuyo principal objetivo era dar un empujón a las acciones de la compañía.
Los faroles del hombre más rico del mundo han venido acompañados de su pasión por activos de altísimo riesgo como las criptomonedas, que ha promocionado hasta la saciedad. También, por una cultura laboral tóxica en la que los trabajadores se ven sometidos a jornadas laborales maratonianas y entrega total a su puesto. Por si fuera poco, su método de trabajo también ha chocado frontalmente con la disidencia ―despidió a nueve empleados que le reprocharon sus mensajes en Twitter acerca de una denuncia que recibió por un supuesto caso de acoso sexual en SpaceX― e incluso con la organización laboral ―Tesla ha evitado varios intentos de sindicalización en sus fábricas―.
Aun así, el magnate aún cuenta con el apoyo de Wall Street, tal y como demuestra la operación financiera que le permitió comprar Twitter por 44.000 millones de dólares. Pero el caos en el que ha sumido a la red social desde su llegada, con el equipo en cuadro y los anunciantes en retirada, puede conducir a un nuevo fracaso de enormes proporciones.
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