El 1 de mayo, tras cerca de un mes de guerra en Irán, Donald Trump anunció la retirada de 5.000 soldados de las bases estadounidenses en Alemania. La vuelta del magnate neoyorquino a la Casa Blanca, de la que pronto se cumplirá un año y medio, ha llevado a la OTAN hasta su peor momento histórico. Sin ir más lejos, el anuncio de la retirada coincidió con las declaraciones del canciller Friedrich Merz afirmando que Estados Unidos está siendo «humillado» por Irán. Mientras tanto, Trump amenazó con tomar medidas similares respecto a sus bases en España e Italia, dos de los países más críticos con el conflicto en Oriente Próximo.
El escepticismo de Trump hacia la organización atlántica ya fue una constante durante su primer mandato, aunque se ha intensificado notablemente desde su regreso al poder, con amenazas reiteradas de abandonar la organización y críticas constantes por la falta de inversión europea en defensa. La alianza atravesó una de sus peores crisis en enero de 2026, cuando Trump expresó su deseo de adquirir Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca, «de una forma u otra». Pero el golpe definitivo llegó con la guerra en Irán: tras la negativa europea a prestar apoyo militar, Trump expresó su «disgusto» y apuntó a una posible salida de la organización. Su Administración argumentó que, si Europa se niega a actuar de forma recíproca cuando Estados Unidos la defiende, Washington ya no tiene incentivo para permanecer en la alianza.
Como miembro fundador y principal proveedor de la OTAN, una retirada estadounidense representaría una amenaza existencial para la organización. Si Washington terminara por marcharse, Europa se encontraría sin el paraguas nuclear y militar del que ha dependido durante décadas. Tampoco contaría con las capacidades operativas y el conocimiento estratégico que solo Estados Unidos puede aportar. Reemplazar todo ello exigirá una inversión masiva que se extenderá durante décadas, y sobre todo una cohesión europea y una voluntad política que, hasta ahora, sigue siendo insuficiente. Pero la dependencia no es unilateral: Estados Unidos necesita a Europa como plataforma logística y política para su proyección internacional, en particular hacia Oriente Próximo, que perdería con su salida de la alianza.
Los entresijos legales para una retirada de Estados Unidos
El artículo 13 del Tratado del Atlántico Norte permite que cualquier miembro se retire con un aviso previo de un año. Sin embargo, una salida de Estados Unidos se enfrenta a un obstáculo interno: la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) de 2024, que prohíbe que cualquier presidente retire al país de la OTAN sin el consentimiento del Senado o mediante una ley aprobada por el Congreso. Pese a esto, Trump ha sostenido que posee la autoridad para tomar esa decisión de forma unilateral, lo que podría desencadenar una batalla legal y una crisis constitucional en el país.
Incluso si se viera bloqueado legalmente, Trump dispone de otras vías para desmantelar la alianza desde dentro. El presidente estadounidense podría, por ejemplo, recortar la financiación, retirar las tropas de Europa hasta el mínimo autorizado por la NDAA —dejando a sus aliados debilitados frente a Rusia en el conflicto de Ucrania— o, simplemente, negarse a cumplir con el compromiso de defensa mutua del artículo 5. Ya ha dado el primer paso: la retirada de miles de soldados de las bases alemanas es la primera señal concreta de que esta estrategia está en marcha.
Como fundador, líder y principal proveedor de la OTAN, cualquier reducción de la participación estadounidense es un golpe para el funcionamiento de la organización. Pero, ante todo, sembrar incertidumbre sobre el apoyo de Estados Unidos es casi tan grave para la cohesión de la alianza como abandonarla formalmente. “Si creas una duda diaria sobre tu compromiso, terminas vaciándolo de contenido”, advirtió Emmanuel Macron a comienzos de abril. Esa duda hoy es mayor que nunca.
Una OTAN sin Estados Unidos
En 2024, Estados Unidos aportó el 15,8% del presupuesto total de la OTAN, pero su gasto militar real es el pilar de la alianza. Mientras que la potencia norteamericana ha mantenido un gasto en defensa superior al 3,25% de su PIB desde 2014, la media de Europa y Canadá se ha situado por debajo del 2,3%. Incluso con el compromiso de 2025 de alcanzar el 5% para 2035, persiste una brecha de inversión muy grande. Esta disparidad ha provocado que los países europeos se queden rezagados en innovación militar, reclutamiento e infraestructuras. Al confiar en el paraguas de seguridad estadounidense, Europa ha terminado subcontratando su defensa y frenando el desarrollo de su autonomía estratégica.
Sin embargo, la disparidad va más allá del gasto militar. Estados Unidos es el principal proveedor de infraestructura de inteligencia, vigilancia y capacidades tecnológicas, unas capacidades que Europa nunca ha tenido que desarrollar de forma independiente. Una retirada estadounidense de la OTAN supondría la pérdida de este capital intelectual y técnico. Reemplazar estos activos requiere años de formación especializada y adquisición de conocimientos, unos costes que son difíciles de estimar.


De esta forma, para sostener una «OTAN europea» sin Estados Unidos, el continente tendría que enfrentar un vacío operativo y financiero importante. Según un análisis del IISS de mayo de 2025, reemplazar las capacidades estadounidenses en la OTAN costaría aproximadamente un billón de dólares en un plazo de 25 años, una cifra similar al PIB de Suiza, la 21ª economía más grande del mundo. Los aliados tendrían que reclutar a 128.000 efectivos para cubrir las bajas estadounidenses y tendrían que desarrollar sus propios satélites y sistemas de inteligencia. Además, la salida de Washington obligaría a reestructurar todo el sistema de mando y control, sustituyendo los altos cargos estratégicos que hoy dependen de personal estadounidense.
Junto a esto, el vacío que dejaría una retirada de Estados Unidos ocurre en un momento de extrema volatilidad geopolítica. De hecho, una salida de Washington de la alianza sería percibida por el Kremlin como un síntoma de debilidad estadounidense y de la organización. Rusia se beneficiaría doblemente: primero, por la desaparición de uno de los principales proveedores de capacidades defensivas de Ucrania; y segundo, por encontrar una Europa débil y con la necesidad de reconstruir urgentemente su arquitectura defensiva interna. Un cambio de este calibre reduciría significativamente la capacidad de disuasión del continente, envalentonando las ambiciones expansionistas de Rusia en las fronteras europeas.
En respuesta, varios países —especialmente en Europa del Este y el Báltico— han acelerado su gasto militar. Uno de los casos más llamativos es el de Alemania, un país históricamente reticente al rearme pero que ha anunciado una inversión de 460.000 millones de euros para modernizar su ejército. Sin embargo, el verdadero obstáculo para una defensa europea unida no es la falta de inversión, sino la ausencia de una integración política real en materia de seguridad.
Aunque la creación de una defensa europea es un tema recurrente en Bruselas, su puesta en marcha sigue siendo una quimera. Ya en 2018, el presidente francés Emmanuel Macron advirtió que los europeos no podrían estar protegidos sin un “verdadero ejército europeo”, pero unificar las fuerzas armadas de 27 naciones requiere una cesión de soberanía que pocos Estados están dispuestos a asumir. De hecho, la mayoría sigue prefiriendo a la OTAN para cumplir este papel. Esta vulnerabilidad ha sido denunciada por líderes como el primer ministro polaco, Donald Tusk, quien señaló que «nadie se tomaría en serio una Europa dividida y débil”, insistiendo en que el continente debe «creer en su fortaleza, seguir armándose y continuar unido como nunca antes».
Sin embargo, alcanzar esta meta requiere una inversión masiva en la industria de defensa común y la creación de una estructura unificada capaz de actuar con una sola voz. De la misma forma, una salida estadounidense de la OTAN también significa perder su paraguas nuclear. Ante esto, una posibilidad sería articular una estrategia de europeización de las capacidades de disuasión nuclear francesas y británicas para proteger a todo el continente, aunque en este campo también son dependientes de Estados Unidos.
Para reforzar su proyección internacional, las opciones de la Unión Europea pasan también por consolidar sus relaciones con otros aliados de la OTAN más allá de Washington, como Reino Unido o Canadá. Londres ha mantenido una posición alineada con la UE en el conflicto en Irán, mientras que Canadá fue el primer país no europeo en asistir a la Cumbre de la Comunidad Política Europea celebrada en Armenia la primera semana de mayo de 2026. Ambos representan una vía para preservar parte de la arquitectura atlántica de cooperación, incluso en un escenario en el que Estados Unidos se repliegue de ella.
¿Puede salvarse la OTAN?
Pese al clima de hostilidad, Mark Rutte, Secretario General de la OTAN, ha adoptado un papel de «equilibrista» diplomático, tratando de apaciguar a Trump subrayando que los aliados cumplen sus compromisos. Pero el apaciguamiento, a través del servilismo desmedido que ha demostrado Rutte, tiene un límite: en lugar de frenar las presiones, solo proyecta debilidad e invita a más episodios de chantaje. Los hechos lo confirman: tras su reunión del 8 de abril de 2026, Trump mantuvo intacta su retórica hostil hacia la organización.
En este contexto, los esfuerzos europeos de rearme se sustentan en una doble lógica de difícil equilibrio. Por un lado, reforzar las capacidades militares del continente es un intento para resolver la crisis dentro del marco actual de la OTAN: cumple con las exigencias de Trump, fortalece el pilar europeo de la alianza y demuestra que Europa puede asumir más responsabilidad en su propia defensa. En este escenario, la OTAN podría salir de la crisis con mejores capacidades militares gracias a un pilar europeo más sólido. Por otro lado, esas mismas inversiones sirven como preparación para el peor escenario: una retirada estadounidense que obligue a Europa a sostenerse sola. Europa está apostando tanto por una estrategia que le permita sobrevivir dentro de la OTAN como, si fuera necesario, sin ella.
Pero estos esfuerzos no quitan el problema de fondo: la confianza entre ambos lados del Atlántico se ha quebrado, dañando el pilar central de la Alianza. La efectividad de la OTAN depende de la fe ciega en el artículo 5. Si esa certeza es sustituida por el chantaje o las tensiones políticas, el corazón de la organización deja de latir. Como dijo el ministro de Exteriores de Polonia, “no podemos fingir que Trump no está diciendo lo que está diciendo”, dando a entender que la posibilidad de que Estados Unidos se retire de la OTAN es ya un escenario plausible.
Lo que la Administración Trump parece ignorar es que la OTAN es vital tanto para la Unión Europea como para Estados Unidos. La Alianza es la herramienta que permite la proyección militar estadounidense en Oriente Próximo, el Ártico o África, sobre todo a través de su complejo entramado de bases militares. Además, aunque Estados Unidos aporta gran parte de la inteligencia, la organización facilita un intercambio constante de información estratégica que Washington perdería al marcharse. Al abandonar la organización, Washington pierde mucho más que una estructura militar: sacrifica la lealtad de 31 miembros que ya han probado su compromiso en la historia de la Alianza y se queda aislado en un clima geopolítico tan volátil como el actual.
La pregunta, por tanto, ya no es solo si la OTAN puede sobrevivir sin Estados Unidos, sino si la seguridad europea puede estar garantizada bajo el mando de un Washington que instrumentaliza las dependencias de sus aliados en su propio beneficio. Incluso si Estados Unidos permanece en la alianza, el daño ya está hecho: la OTAN puede salir de esta crisis con capacidades militares reforzadas, pero lo hará bajo una mayor presión política y de chantaje, con una confianza transatlántica difícilmente recuperable. Y una OTAN sin confianza es una alianza vaciada de contenido. Europa parece estar comprendiendo que el precio de la complacencia es demasiado alto. En este contexto, la Unión Europea emerge como el único marco capaz de garantizar la seguridad del continente a largo plazo, y la autonomía estratégica europea ha dejado de ser una ambición política para convertirse en una cuestión de supervivencia.





