Economía y Desarrollo Asia-Pacífico

Los retos de ser un micro-Estado en el Pacífico

Los retos de ser un micro-Estado en el Pacífico
Vista de la isla Nuutele desde Lepa (Samoa). Fuente: Andrew Moore

Fiyi, Tonga o las Islas Marshall pueden sonarnos a auténticos paraísos, pero no son solo agradables enclaves donde pasar unas vacaciones. Junto con otros ocho enclaves insulares, forman un conjunto de micro-Estados situados en el océano Pacífico entre la gigantesca Australia y el continente americano. Los once países tienen muchos aspectos en común, desde la Historia hasta sus creencias, pero lo más importante es que comparten retos tan grandes como el peligro de desaparecer sumergidos por la subida del nivel del mar.

Más agua que tierra

Cuando ampliamos el mapa del mundo y nos fijamos en la zona del Pacífico alrededor de Australia y Nueva Zelanda, encontramos un gran número de islas irreconocibles a simple vista debido a su minúsculo tamaño. Aunque sean pequeñas y tengan nombres que hemos escuchado en pocas ocasiones, son puntos geoestratégicos que conviene conocer. Se trata de los Estados Federados de Micronesia, Fiyi, las Islas Marshall, las Islas Salomón —que comparten archipiélago con Papúa Nueva Guinea—, Kiribati, Nauru, Palaos, Samoa, Tonga, Tuvalu y Vanuatu.

Mapa político de Oceanía.

Aunque los criterios para definir los micro-Estados son variados y pueden incluir aspectos económicos o de posición internacional, los condicionantes más recurrentes para definir un país como micro-Estado son su tamaño y el número de habitantes. Tomando el segundo dato como referencia, once países oceánicos poseen menos de un millón de habitantes y podrían, por tanto, considerarse micro-Estados, pero, si nos fijamos en su superficie, cuatro de ellos —Fiyi, Samoa, Vanuatu y Salomón— superan los 1.000 km² —de hecho, los tres primeros superan los 10.000 km²— y, por tanto, quedarían fuera de esta categoría.

Para ampliar: “Cómo sobrevivir siendo un micro-Estado europeo”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2015

Las islas de tamaño minúsculo parecen ser algo común en Oceanía: de los 14 países que componen el continente, once son micro-Estados por el número de habitantes —quedarían fuera de esta lista Australia, Papúa Nueva Guinea y Nueva Zelanda— y la mitad lo son también por su superficie. Esto refleja el grado de fragmentación territorial del continente con menos superficie del mundo, que paradójicamente alberga una isla gigantesca —Australia— que podría ser un continente per se. La diferencia en tamaño y en número de habitantes acaba poniendo el foco en países con un mayor peso geopolítico, como Australia o Nueva Zelanda, e ignorando el papel geoestratégico que tienen los micro-Estados del sur del Pacífico.

¿Por qué son puntos geoestratégicos? Siendo todos ellos países insulares, suelen tener más superficie marítima que terrestre, lo que los convierte en potencias marítimas y, por lo tanto, en enclaves estratégicos del Pacífico Sur a los que China, Estados Unidos y Australia quieren seducir. Al mismo tiempo, situarse en medio del océano los expone peligrosamente a los efectos del cambio climático, que podría llegar a hacerlos desaparecer. Por último, siendo territorios tan reducidos, aislados y dispersos y con pocos habitantes, la economía es poco variada y los hace dependientes de las importaciones.

Para ampliar: “Fiyi y el juego de la espiral de influencias”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

Lo que tienen en común

Tuvalu, el Estado soberano más pequeño del mundo —demográficamente hablando— después del Vaticano, tiene 11.000 habitantes. Pero no nos engañemos: aunque es cierto que podemos identificar regiones del mundo que, a pesar de ser pequeñas, son tan prósperas económicamente que podrían convertirse en auténticas potencias económicas, también es una realidad que hay países con un tamaño tan reducido como el de los micro-Estados de Oceanía donde el desarrollo sostenible es difícil de alcanzar. El hecho de que estos pequeños países insulares sean Estados insulares, por tanto, no significa necesariamente que sobrevivan holgadamente en un mundo que parece apto solo para los más grandes.

Los micro-Estados del Pacífico Sur tienen muchos elementos en común, que podrían clasificarse en aspectos territoriales, culturales, históricos y socioeconómicos. Salvo la isla de Nauru, todos son Estados archipelágicos formados por islas, islotes y atolones —islas corales con forma de anillo que albergan una laguna que suele comunicarse con el mar—, por lo que la separación por mar entre enclaves del mismo país dificulta la comunicación, la administración y la gestión eficiente de los recursos limitados de los que disponen. A pesar de esta fragmentación, suelen clasificarse en tres subregiones: Micronesia, Melanesia y Polinesia.

Subregiones de Oceanía. Fuente: Wikimedia

Las islas continentales, que incluirían las de la Melanesia, tienen suelos más ricos en minerales respecto a las que componen las otras subregiones. En estos micro-Estados la población es generalmente indígena, por lo que hay una destacada pluralidad lingüística —en la vecina Papúa Nueva Guinea conviven más de 800 lenguas indígenas, el 12% del total mundial—. Es tal la diversidad que en la Melanesia se habla un idioma distinto por cada 1.500 habitantes. Por el contrario, existe más uniformidad en el ámbito religioso. Después de los años de colonización, las creencias tradicionales fueron reemplazadas por el cristianismo, en la actualidad la religión mayoritaria. Incluso antes de que las islas fueran administradas como colonias, algunos líderes nativos se convirtieron al cristianismo para mantener su estatus, lo que facilitó la posterior cristianización de toda la comunidad, pero no pudo evitar enfrentamientos entre dinastías con la confrontación entre protestantismo y el catolicismo como excusa.

Para ampliar: “Pacific Islands”, Francis James West y Sophie Foster en Enciclopedia Británica, 2016

Las islas del Pacífico Sur comparten este pasado colonial. Antes de la llegada de los exploradores europeos, estas islas fueron descubiertas por migrantes provenientes del sudeste asiático entre los años 4.000 y 3.000 a. C. Primero habitaron las Islas Salomón y, cuando aprendieron cómo dominar el viento con sus embarcaciones, se aventuraron a explorar otras islas. No fue hasta el siglo XVI cuando llegaron los primeros navíos portugueses, españoles, ingleses, alemanes y holandeses. Después de la conquista europea de estas islas, la mayoría acabaron administradas por los imperios alemán e inglés hasta que los japoneses dominaron la región en la Segunda Guerra Mundial. El dominio japonés se mantuvo hasta la victoria de los aliados, cuando estos enclaves pasaron a estar administrados por Estados Unidos hasta que fueron consiguiendo progresivamente su independencia, con la excepción de Guam, las Islas Marianas del Norte, la Samoa Americana o Estadounidense y algunos territorios deshabitados.

Por último, teniendo en cuenta aspectos socioeconómicos, destacan en general los índices de fertilidad altos y la gran proporción de población joven con expectativas a las que se debe dar respuesta para evitar la despoblación. Por otro lado, lógicamente, la economía es poco competitiva debido a su escasa diversificación: en islas tan pequeñas, los recursos son poco variados y acaban limitándose al pescado —con algunas excepciones, como Nauru o las Islas Salomón, que poseen otros bienes preciados, como minerales o madera—. La dependencia del exterior incluye productos tan esenciales como alimentos para asegurar una dieta variada, recursos energéticos o aparatos tecnológicos.

Retos compartidos

La dependencia del exterior es uno de los mayores retos para estas islas en medio del océano; por su naturaleza insular, dependen de las importaciones, pero el transporte tiene un coste elevado, por lo que los once micro-Estados oceánicos tienen un saldo comercial negativo —las importaciones superan en términos económicos las exportaciones—. Nauru era un caso excepcional por sus reservas de fósforo: la exportación de este mineral —indispensable para la agricultura por ser la base de los fertilizantes— hizo que llegara a ser el país más rico del mundo, pero con el tiempo vio cómo sus ingresos caían en picado debido a la explotación de las reservas de fosfatos. En la actualidad, el Estado insular sigue una dinámica parecida a la de sus vecinos: todos ellos necesitan comprar carne, petróleo e incluso agua al exterior y los bienes que exportan no representan un volumen económico suficiente para equilibrar la balanza. Algunos incluso dependen en gran medida de la ayuda exterior, como es el caso de Tuvalu, donde la ayuda oficial al desarrollo neta representa actualmente el 45% del PIB y llegó al 89% en 2015.

Para ampliar: “Nauru: la gran caída de un pequeño país”, David González en El Orden Mundial, 2017

Su situación física es una de las causas principales de su dependencia exterior, si bien lo mismo que amenaza su desarrollo económico sostenible las convierte a la vez en puntos geoestratégicos debido a las amplias zonas económicas exclusivas marítimas que poseen. Según la Ley del Mar, las zonas económicas exclusivas se extienden un máximo de 200 millas náuticas —370,4 km— desde el límite exterior del mar territorial. Dentro de ese radio, cada país tiene derechos de soberanía para explorar, explotar, conservar y administrar los recursos naturales, como el petróleo o el pescado. Los Estados Federados de la Micronesia, las Islas Marshall y Kiribati, a pesar de ser de los países más pequeños del mundo en cuanto a superficie terrestre, son de los que más superficie marítima tienen a nivel mundial.

Entre los 20 países con mayor superficie marítima hay seis de Oceanía, la mitad micro-Estados: Kiribati, Micronesia y las Islas Marshall.

Esto las convierte en puntos de interés para las grandes potencias y también para empresas comerciales y de transporte, que registran sus flotas en países que se vuelven algo parecido a un paraíso fiscal de los océanos, con inspecciones en materia de seguridad, derechos laborales o tasas portuarias más laxas o inexistentes. En las Islas Marshall, independizadas de Estados Unidos desde 1990, la práctica de las banderas de conveniencia —embarcaciones registradas en un país distinto al del propietario, de manera que se ajustan a las leyes del país abanderado— es muy común. Allí es una empresa estadounidense la que gestiona los registros y obtiene beneficios millonarios en un país donde el PIB per cápita es inferior a los 4.000 dólares.

Para ampliar: “Banderas de conveniencia, la patria de los océanos”, Alfonso Pisabarro en El Orden Mundial, 2018

En relación con su posición geográfica, existe también una gran amenaza. Los efectos del cambio climático en islas que en muchos casos no se alzan más de dos metros sobre el nivel del mar podrían ser catastróficos. Kiribati, un país compuesto por 33 islas, podría ser el primero en ser engullido por el mar. Sus emisiones de CO₂ son bajas, pero su aislamiento no lo protege de las consecuencias de la contaminación que hay en el mundo. El resto de los micro-Estados de Oceanía corren la misma suerte y parece que no hay marcha atrás. El reto que se plantean ahora estos países habitados por menos de un millón de personas es cómo evacuar a sus habitantes y cómo gestionar la desaparición o supervivencia de su cultura.

Una de las opciones es abandonar sus hogares para emigrar a zonas del interior, como están haciendo en Fiyi o en las Islas Salomón; otra es desplazarse en condición de refugiados climáticos o medioambientales —como están planificando Tuvalu y Kiribati— a países montañosos y más prósperos del continente, como Australia, Nueva Zelanda o Fiyi. Se estima que, ya en 2014, 16 mil personas abandonaron sus islas en busca de mejores condiciones de vida y mayor seguridad. Pero ¿los países de destino están abiertos? La verdad es que solo Fiyi lo está realmente, mientras que Nueva Zelanda aplica limitaciones. Australia, en cambio, se muestra abiertamente reacia a aceptarlos como refugiados aplicando una restrictiva política migratoria que, en algunos casos, puede llegar a reubicarlos al campo de refugiados de Nauru —isla de la que muchas personas intentar escapar— señalado por los abusos de derechos humanos que se producen.

Para ampliar: “Refugiados climáticos, ¿cómo evacuar un país?”, Abel Gil en El Orden Mundial, 2017

¿Hay futuro?

Afirmar que estos Estados no tienen futuro sería excesivo, pero es evidente que este será muy distinto al presente. Lo más complicado son las condiciones climáticas. El calentamiento global está haciendo que suban los niveles de los océanos y frenarlo no parece prioritario para las grandes potencias, que son las que más contaminan. ¿Qué pueden hacer los micro-Estados de Oceanía? En primer lugar, promover el compromiso de todos los países del mundo para luchar contra el cambio climático. Para hacerlo cuentan con representación en la Asamblea de las Naciones Unidas, donde todos ellos —excepto Palaos por impago de la cuota— tienen derecho a voto. Su voto vale lo mismo que el de países con mayor tamaño y peso pese a tener menos habitantes que muchas ciudades, lo que los sitúa en una posición relativamente ventajosa.

Esta primera opción tiene algo de utópico. Aunque Estados Unidos —que utiliza Palaos como un punto más del “cordón sanitario” para controlar a Corea del Norte y sus misiles— o incluso China —que quiere dominar las relaciones diplomáticas en la región y dejar a los taiwaneses sin apoyos en Oceanía— tengan intereses en la región, la dependencia de las islas del Pacífico Sur les da poco margen para negociar. Es poco probable que Trump priorice las necesidades de unas islas minúsculas del Pacífico cuando sigue ignorando los efectos de la contaminación en el cambio climático y sus consecuentes peligros para la seguridad de las personas y del planeta.

División entre los países que reconocen a China (rojo) y los que reconocen a Taiwán (rojo). Fuente: The Conversation

Pero siguen existiendo alternativas que dependen menos de la voluntad de terceros. La cooperación entre micro-Estados será fundamental para gestionar eficientemente los recursos y buscar fórmulas que les permitan ser más resistentes ante los efectos del cambio climático y frenar su vulnerabilidad. La estructura que puede alimentar esta cooperación existe desde 1971, cuando se fundó el Foro del Pacífico Sur, que es el actual Foro de las Islas del Pacífico.

Por otro lado, es posible que, más allá de seguir existiendo, haya una distribución territorial distinta en el futuro. Además de la posible independencia de Nueva Caledonia vía referéndum en los próximos años, hay otros movimientos independentistas en la región. Bougainville, por ejemplo, es la isla de mayor tamaño del archipiélago de Salomón, pero forma parte de Papúa Nueva Guinea. La voluntad de la mayoría de sus habitantes es independizarse frente a la oposición de los papúes, lo que provocó el mayor conflicto de Oceanía desde la Segunda Guerra Mundial, llamado la guerra de los Cocos. Aunque el conflicto armado parece apagado, el presidente de la Región Autónoma de Bougainville prometió celebrar un referéndum de autodeterminación con el reconocimiento de Papúa Nueva Guinea entre 2015 y 2020, pero parece que la papúes no tienen prisa. Por el momento, la consulta está prevista para el 12 de octubre de 2019 tras retrasarse cuatro meses.

Para ampliar: “Bougainville, el último campo de batalla del Pacífico”, David González en El Orden Mundial, 2015

Por último, el futuro dependerá de las oportunidades que tengan sus habitantes. El éxodo poblacional solo podrá reducirse garantizando una mayor seguridad y dando respuesta a sus necesidades. La responsabilidad de la seguridad medioambiental es de todos, pero la respuesta a las necesidades de los habitantes de estos once micro-Estados puede nacer localmente. El acceso a formación, a educación sexual y a infraestructuras sanitarias adecuadas es fundamental para frenar la emigración; con ayuda del exterior, pueden hacerse accesibles para todos los habitantes de estos pequeños países insulares en medio del inmenso océano Pacífico.

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