Elon Musk, el hombre (a ratos) más rico del mundo, será el encargado de poner en marcha un paquete masivo de recortes en la próxima Administración Trump. El magnate sudafricano, nuevo paladín de la extrema derecha global, lleva tiempo haciendo gala de un fuerte posicionamiento antitestatal y libertario. Sin embargo, esta obsesión contrasta con las enormes cantidades de dinero público y ayuda gubernamental que han recibido sus empresas en los últimos años. Solo SpaceX, su compañía de cohetes espaciales, ha recibido cerca de 20.000 millones de dólares en contratos públicos durante los últimos 15 años.
De acuerdo con los datos recopilados por el portal gubernamental usaspendig.gov, esta cifra se encuentra repartida entre los 202 contratos que la empresa aeroespacial ha conseguido de varias agencias federales de Estados Unidos desde 2008, aunque el grueso de los proyectos y casi la totalidad de los ingresos provienen tanto de la NASA, el archiconocido programa espacial civil norteamericano, como del Departamento de Defensa, uno de los grandes sostenes en la sombra de las empresas tecnológicas norteamericanas.
Los posicionamientos cada vez más radicales de Musk, autoamplificados desde que compró la red social Twitter (ahora X) en 2022, contrastan con la propia dinámica del magnate como contratista: el 60% del valor total de los contratos conseguidos por SpaceX se concentra en el periodo 2021-2024, durante la Administración Biden. En los últimos tiempos, la compañía aeroespacial también ha tenido presencia en los sistemas de contratación pública de países como Alemania, Reino Unido o Italia.
Pese a esto, el trasvase de dinero público a las empresas de Musk es un asunto conocido desde hace tiempo. En 2015, una investigación del diario Los Angeles Times ya desveló que Tesla, SolarCity —subisdiaria de Tesla— o la propia SpaceX habían recibido cerca de 4.900 millones de dólares en contratos federales y otras ayudas como becas, deducciones fiscales o préstamos a tipo bajo tanto a nivel federal como estatal. Todo ello en un momento en el que estas compañías no destacaban por su bonanza económica: por aquella época, ni Tesla ni SolarCity habían registrado beneficios ni una sola vez tras cerca de 10 años de actividad.
No son los únicos datos y hechos que apuntan a que el éxito de Musk habría sido bastante más difícil sin la intervención estatal, un factor determinante para la supervivencia inicial de sus aventuras empresariales. Así, y aunque Telsa apenas ha recibido unas decenas de millones de dólares en contratos públicos en los últimos años, sí que se ha visto enormemente beneficiada de otras ayudas como los créditos de carbono o las subvenciones a la compra de vehículos eléctricos.
Vida, obra y fracasos de Elon Musk, el hombre más rico del mundo
En 2010, meses antes de salir a bolsa, la compañía de coches eléctricos recibió un préstamo muy ventajoso del Departamento de Energía por valor de 465 millones de dólares. De la misma forma, la subvención de 7.500 dólares para la compra de vehículos eléctricos que estuvo vigente en el país hasta 2019 —y que fue recuperada por Biden en 2023— le permitió a Musk aumentar el precio de sus productos y conseguir un beneficio indirecto para su empresa de cerca de 3.400 millones de dólares.
Por su parte, la venta de créditos de carbono —la regulación gubernamental que permite a las empresas comprar y vender derechos a emitir gases de efecto invernadero— han reportado a Tesla, que estuvo a punto de la quiebra en 2019, cerca de 11.000 millones de dólares.
Ante todas estas evidencias, el magnate ha puesto en marcha su habitual juego de sombras, cargando contra otras compañías contratistas como Boeing mientras defiende el fin de las subvenciones a los coches eléctricos.
Para Musk, la lógica es sencilla: en sus inicios, Tesla se benefició enormemente de los susidios y el resto de ayudas públicas para equilibrar sus cuentas y asentar el proyecto. Ahora que disfruta de una posición consolidada, el fin de del subsidio pondría en serios problemas a su competencia interna, dejando vía libre para que la empresa de coches eléctricos aumente aún más su poder.
Con su entrada en el Gobierno de Estados Unidos, Musk tendrá la oportunidad de potenciar todo este sistema en beneficio propio: el empresario podrá meter la tijera allá donde no se vea afectado y tendrá mano en las regulaciones que atañen a sus empresas, muchas de las cuales están bajo la lupa —con multas o investigaciones antimonopolio— de las mismas agencias federales que las han regado con dinero público.

