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Si Tesla ya estaba en el centro de la competición entre Estados Unidos y China, ahora irá a más en el segundo mandato de Donald Trump. Han pasado décadas desde que los norteamericanos dominaron el mercado global de la automoción. Ford, General Motors y Chrysler fabricaban más del 80% de los coches vendidos en todo el mundo. Luego llegó la globalización, Estados Unidos priorizó las finanzas y el poder del dólar frente a la manufactura, y hoy China triplica la producción estadounidense de vehículos. Desde la fundación de Chrysler en 1925 no había surgido ningún fabricante estadounidense que llegase a producir coches en masa, hasta que Tesla irrumpió y transformó el sector. Ahora está por ver si puede convertirse en la insignia estadounidense de automoción del siglo XXI, como lo fueron las Tres de Detroit en el siglo XX.
Sin embargo, el futuro de Tesla estará marcado por la contradictoria alianza entre Elon Musk, su CEO y principal accionista, y la nueva Administración Trump. El negacionismo climático y la agresividad contra China del republicano perjudican las principales fuentes de crecimiento de la compañía. Trump pretende eliminar las numerosas ayudas e inversiones en energías limpias, de las que se ha beneficiado el fabricante de coches eléctricos y baterías. Además, la dureza contra el gigante asiático debilita la posición de Tesla en el mayor mercado automovilístico del mundo y donde tiene su fábrica principal. Pero, al mismo tiempo, la influencia de Musk como futuro asesor del Gobierno para desmantelar agencias federales le permitirá crecer sin control sus negocios de conducción autónoma e inteligencia artificial.
BYD y el apoyo a Trump: los problemas de Tesla
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