25 de abril de 2026. Comienza la mayor ofensiva que ha enfrentado Mali desde hace más de una década por parte de grupos armados. En alianza con el JNIM —la filial de Al Qaeda en el Sahel—, el Frente de Liberación de Azawad, un grupo separatista tuareg, ataca de forma coordinada varias ciudades a lo largo del país. En Kidal, los rebeldes tuaregs se hacen con el control de una población simbólica, capital del territorio que reclaman como propio, conocido con el nombre Azawad, y crucial para controlar los movimientos en el norte del país. Aunque la junta militar asegura que todo está bajo control, es innegable que la situación se complica en un país donde la liberación tuareg ha marcado la historia nacional.
De la libertad nómada al sistema de los estados-nación
Los tuaregs —o, más apropiadamente, los kel tamasheq— son un pueblo bereber de pastores nómadas que ha vivido en el Sáhara central y sus márgenes sahelianos desde tiempos anteriores a la llegada del islam a la región. Se cree que pueden estar relacionados con los garamantes que describió Heródoto en el siglo V a. C. y que habitaban el actual Fezán, en el sur de Libia. Pese a esto, su configuración como pueblo se entiende mejor con la llegada de los árabes a la región entre los siglos VII y XI. Algunos grupos bereberes se arabizaron, pero los tuaregs se refugiaron en los grandes sistemas montañosos del Sáhara donde mantuvieron su identidad y su lengua. También conservaron un alfabeto antiquísimo, el tifinagh, el único alfabeto bereber que ha sobrevivido de forma continuada desde la Antigüedad hasta hoy.
En este territorio, los tuaregs desarrollaron una organización política confederal principalmente en torno a cinco grandes macizos. En Argelia, el macizo volcánico del Ahaggar, hogar de la confederación Kel Ahaggar. Al este, bordeando Argelia y Libia, está el Tassili n’Ajjer, macizo que alberga uno de los conjuntos de arte rupestre más importantes del mundo y es hogar del grupo Kel Ajjer. El norte de Níger lo domina el Aïr, hogar de los Kel Aïr. Y, en Mali, el Adrar de los Ifoghas ancló a los Kel Adar al territorio. Fuera de los macizos, se desarrollaron otras comunidades como los Iwellemmeden, los Kel Azawad o los Kel Gress.
Hasta mediados del siglo XIX, los tuaregs vivían de forma autónoma, controlando las rutas de caravanas que conectaban el Mediterráneo con el África subsahariana y manteniendo complejas relaciones con las sociedades vecinas sedentarias. Ciudades como Tombuctú florecieron como parte de estas rutas y religiones como el islam llegaron hasta los tuaregs. Pero, sobre todo, los tuaregs tenían la capacidad de moverse con relativa libertad por la vasta extensión del desierto, algo fundamental para su identidad.
Esto cambió completamente cuando la colonización francesa penetró en el Sáhara a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Aparecieron las primeras fronteras y controles sobre el modo de vida tuareg y, en 1916, los tuareg se rebelaron —con el apoyo indirecto del Imperio otomano— en lo que se conoce como la guerra de Kaosen. Durante meses, los tuaregs pusieron en jaque la presencia francesa en el norte de Níger y llegaron a sitiar Agadez, aunque la represión posterior fue brutal y pasaron a replegarse hasta mediados del siglo XX.
En esa época, cuando las independencias africanas empezaron a acercarse, los líderes de las grandes confederaciones tuaregs exploraron la posibilidad de que Francia —que tenía intereses económicos en la región— reconociera el Sáhara como una entidad administrativa separada. De aquí nació, en 1957, el proyecto de la Organización Conjunta de las Regiones del Sáhara (OCRS, por sus siglas en francés), aunque terminó fracasando. Hoy en este territorio viven entre 1,5 y 3 millones de tuaregs repartidos entre cinco países: Mali, Níger, Argelia, Libia y Burkina Faso.
La periferia de la periferia: los tuaregs se rebelan una y otra vez
En este nuevo orden, los tuaregs pasaron a ser minorías marginadas que vivían a miles de kilómetros de los centros de poder en Estados que no eran capaces (o no querían) integrar sus modos de vida en las nuevas identidades nacionales. Eso llevó a una serie de rebeliones tuaregs a lo largo de las siguientes décadas en busca de autonomía, reconocimiento o independencia. La primera de ellas, conocida como alfellaga, estalló en Mali en 1963 y se convirtió el un símbolo de expresión en el nuevo mundo de las aspiraciones de reconocimiento de los tuaregs. La violenta respuesta del Estado al levantamiento marcó a las generaciones futuras, y se convirtió en parte central del discurso nacionalista tuareg a partir de los años setenta.
La represión de la alfellaga, junto con las brutales sequías que asolaron el Sahel en la misma época, también llevaron a miles de tuaregs a exiliarse. De ese exilio nació la teshumara, una generación de jóvenes tuaregs que cruzaban las fronteras buscando trabajos en ciudades y campamentos principalmente de Libia y Argelia. En Libia, Gadafi reclutó a miles de tuaregs para su ejército y su Legión Islámica, un cuerpo de voluntarios que luchó en Líbano y Chad en la conocida como guerra de los Toyota. De las experiencias compartidas de exilio y marginación y del contacto con otras ideas surgió una identidad política tuareg más articulada. De la teshumara nació también la guitarra ishumar y un género musical que mezclaba los ritmos del desierto con la melancolía del exilio y que llevó a grupos como Tinariwen a ser la banda sonora de las rebeliones en los noventa y a los grandes escenarios del mundo después.
Los tuaregs —cada vez mejor armados y con una identidad más definida— protagonizaron de nuevo rebeliones en Mali y Níger entre 1990 y 1995 y entre 2007 y 2009. Estas insurrecciones terminaron en acuerdos de paz frágiles que prometían integración política y desarrollo económico, promesas que los Estados raramente cumplieron. Con la llegada del siglo XXI, la causa tuareg comenzó a ser opacada por la militarización del Sáhara, la expansión del yihadismo en el Sahel y la lucha por los recursos naturales de la región.
De la independencia del Azawad en 2012 hasta el presente
La caída de Gadafi en 2011 —y el consecuente regreso a Mali de miles de soldados tuaregs con armamento pesado—, fue el detonante para la gran crisis que se avecinaba en el Sahel. En enero de 2012, el Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA) lanzó una ofensiva junto con el grupo islamista Ansar Dine que, en cuatro meses, controló todo el norte de Mali. El 6 de abril de 2012, el MNLA proclamó por primera vez en la historia la independencia del Azawad, el territorio que los tuaregs malienses históricamente reclamaban. Pese a esto, la falta de una unidad común a nivel nacional y transnacional llevó a que varios grupos tuareg se situaran en contra del levantamiento y lucharan del lado del Gobierno del país.
La independencia apenas duró seis meses. Los yihadistas desplazaron al MNLA en el norte y Francia intervinó con la operación Serval, que en enero de 2013 recuperó el territorio para Bamako. Los Acuerdos de Paz de Argel, firmados en 2015, prometían descentralización y autonomía para el norte pero nunca se terminaron de implementar en la práctica y el MNLA evolucionó al CSP-DPA, una coalición de grupos unida por un nacionalismo tuareg secular. Ansar Dine se unió en 2017 con otros grupos, incluido Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), para formar el JNIM, liderado por el tuareg Iyad Ag Ghaly.
La ofensiva insurgente en Malí: Rusia ya no es un aliado fiable en el Sahel
Entre 2020 y 2023, los golpes de Estado militares en Mali, Burkina Faso y Níger barrieron en el proceso a los responsables de los Acuerdos de Argel. La nueva junta militar maliense expulsó a los franceses —aludiendo a su inefectividad en la lucha contra el yihadismo— y a la ONU y recurrió al grupo paramilitar ruso Wagner, ahora Africa Corps, como nuevo aliado.
En 2023, esta alianza expulsó a los grupos tuaregs de Kidal, la capital de facto que les quedaba desde 2012. Con ello, los acuerdos de paz quedaron formalmente enterrados y algunos grupos tuaregs volvieron a las armas mediante el Frente de Liberación del Azawad (FLA), que hoy combate, por primera vez en alianza abierta, con el conglomerado yihadista JNIM contra las fuerzas malienses y rusas.
En este nuevo contexto, está por ver qué papel juega el FLA, cómo evoluciona su alianza con el JNIM y el futuro de la causa en un escenario cada vez más inestable.







