Los países bálticos, también llamados repúblicas bálticas o Estados bálticos, son un conjunto de Estados soberanos de Europa formado por tres países: Lituania, Letonia y Estonia. Reciben su nombre del mar que los baña, el Báltico. El mapa político actual de la región nace con la caída de la Unión Soviética y hace frontera con Rusia, Polonia y Bielorrusia.
Aunque el mar Báltico no solo riega la costa de estos tres países, sino también la de Finlandia, Polonia, Suecia, Alemania, Dinamarca y Rusia, la expresión de países bálticos se limita solo a Lituania, Letonia y Estonia por una cuestión histórica. Estos tres países formaron parte de la Unión Soviética hasta su disolución, siendo tres de las quince repúblicas que formaron parte de la URSS y una de sus principales puertas de acceso al mar Báltico.
Tras adquirir su independencia y, en un proceso muy reforzado por el ingreso en la Unión Europea en 2004, los países bálticos pusieron en marcha una transición hacia la economía de mercado que con los años las ha situado en niveles de desarrollo similares a los de del resto de socios comunitarios. Además, siguiendo la ola de transformación digital europea, los Estados bálticos presentan altos ratios de digitalización y progreso tecnológico, con Estonia como uno de los líderes mundiales en gobierno digital.
Si bien los tres Estados formalizaron su adhesión a la Unión Europea y su entrada en la OTAN a la vez, la incorporación del euro como moneda nacional se ha producido en momentos distintos. Estonia fue el primero en adoptar el euro en enero de 2011, y no sería hasta una década después de su entrada en la UE, en 2014, cuando Letonia haría lo propio, seguido de Lituania al año siguiente.
En el ámbito social, la igualdad de género en los países bálticos se ha alcanzado en sectores como la ciencia o la salud, aunque todavía muestran grandes desigualdades en cuestiones como el salario, la educación, los puestos de toma de decisiones o el tiempo que se dedica a actividades de ocio en contraposición a tareas del hogar o cuidados.
Lituania, con capital en Vilna, es la más meridional de las tres repúblicas bálticas y la que menos línea de costa posee. Fue, además, la primera república soviética en abandonar la URSS en 1990. Su frontera soviética coincide casi en su totalidad con la del actual Estado independiente, a excepción de cambios menores en su límite con Bielorrusia. El país se divide administrativamente en regiones —que son 10 y se encargan de aplicar la política regional que emana del Gobierno— y distritos o provincias, gobernadas por instituciones municipales que eligen directamente los habitantes.
El idioma oficial de Lituania es el lituano, una lengua considerada de las más antiguas de Europa. Se conserva desde la antigüedad hasta el día de hoy casi inmutable en su gramática y es, junto al letón, una lengua báltica —distinta de las nórdicas y eslavas—. Esta es una de las diferencias respecto a Estonia, cuyo idioma oficial no es una lengua báltica sino un idioma más parecido al finés.
Compartiendo frontera hacia el norte está Letonia, país central del mapa político de los bálticos. Tiene en torno a 1,8 millones de habitantes organizados en 43 unidades de gobierno locales, y su población ha sido motivo de atención por parte de organismos internacionales por la falta de integración de la población rusa. Con su independencia en los noventa y a diferencia de Lituania, el país heredó una importante minoría rusa que supone hasta un cuarto de su población total. Sin embargo, no todos los habitantes obtuvieron la nacionalidad letona y actualmente siguen considerándose “no ciudadanos”, por lo que no cuentan con todos los derechos políticos.
Esta situación demográfica y de seguridad no se limita a Letonia sino que es compartida por su vecina del norte. En Estonia, con 1,3 millones de habitantes, las comunidades rusoparlantes suponen más del 25% de la población. La mitad de ellos se oponen a las sanciones contra Rusia y no lo consideran una amenaza ni para el país ni para el continente.
Estonia y Letonia comparten una segunda característica demográfica: una marcada macrocefalia urbana. Tanto en Riga como en Tallín se concentra un tercio de la población de cada país. Esta situación se corrige levemente en el caso lituano, donde Vilna aglutina a menos de un cuarto de la población, principalmente debido al peso que tienen otras ciudades como Kaunas, que fue capital del país en el periodo de entre guerras y que todavía cuenta con un importante peso demográfico.
Esta macrocefalia se une con un pronunciado proceso de pérdida de población y declive demográfico que ha convertido a las ciudades de los Bálticos en las que más habitantes han perdido de la UE en los últimos años. Con el estallido del conflicto en Ucrania la tendencia parece haber modificado un poco su rumbo con la llegada de refugiados procedentes de Ucrania, Rusia y Bielorrusia.
¡Gracias por el artículo!
Yo fui el que hizo la pregunta para el podcast hace un par de años sobre cómo diferenciar estos tres países.
Ahora ha mejorado un poco mi esquemita mental simplificado 🙂 Más allá de situarlos en orden en el mapa, jeje