México, oficialmente Estados Unidos Mexicanos, es el décimo país más poblado del mundo y el tercero más extenso de América Latina, detrás de Brasil y Argentina. Además, es la segunda economía más grande de la región y el país con más hispanohablantes, 125 millones. Su capital, Ciudad de México, está entre las tres ciudades más pobladas de América contando el área metropolitana, con más de 22 millones de habitantes.
La ubicación geográfica de México ha determinado su historia reciente y sus dinámicas geopolíticas. Es el puente entre América Central y del Sur y el resto de Norteamérica, y hace frontera con Estados Unidos, la economía más potente del mundo. El desarrollo económico de los estados del norte del país está ligado a la deslocalización de importantes empresas, así como a las oportunidades económicas que ofrece su vecino del norte.
Al mismo tiempo, grandes retos como la violencia, ligada a los cárteles y al narcotráfico, o la gestión de los flujos migratorios que atraviesan el país en dirección a Estados Unidos, están influenciados por la compleja dinámica de la frontera. Otros aspectos clave de México, como su peso en el turismo global, vienen dados también por su ubicación y clima, con sus costas bañadas por el mar Caribe al este y por el Pacífico al oeste.
La visión problemática de la frontera norte de México es relativamente reciente. De hecho, hasta el siglo XIX, cuando Estados Unidos incorporó California, Nuevo México y Texas, la zona que hoy ocupa la frontera recaía enteramente en territorio mexicano. A partir de la Segunda Guerra Mundial, y de forma más marcada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, las políticas fronterizas se endurecieron: se interrumpió la vida cotidiana en muchas áreas transfronterizas y se construyeron barreras físicas, especialmente en el este del río Bravo, donde no existen barreras naturales que definan ese límite.
Pese a las restricciones, millones de personas cruzan la frontera cada año, incluyendo cientos de miles de trabajadores transfronterizos a diario, particularmente en los ejes Tijuana-San Diego y Ciudad Juárez-El Paso.
El corredor migratorio de México y Estados Unidos es el más grande del mundo. En 2024, justo antes del inicio del segundo mandato de Donald Trump, contaba con cerca de 11 millones de personas, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones. Además, la diáspora mexicana es de tal dimensión que el país es el segundo receptor de remesas internacionales del mundo, después de India.
De igual manera, la deslocalización de finales del siglo XX abrió la puerta a que grandes empresas manufactureras estadounidenses se instalaran al otro lado de la frontera, reduciendo costes de mano de obra y aprovechando los regímenes especiales de exportación e importación que favorecen el comercio transfronterizo. Son las conocidas maquiladoras, concentradas en las principales urbes cercanas a la frontera y dedicadas, en muchos casos, al ensamblaje de automóviles.
Más allá de la migración nacional, México es sobre todo lugar de paso para las rutas migratorias que recorren desde América del Sur. Los migrantes cruzan de Colombia a Panamá por el tapón del Darién, para luego recorrer América Central y pasar a México desde Guatemala, principalmente por los puntos fronterizos cercanos a las ciudades de Tapachula o Tenosique. Las distintas rutas luego confluyen en Ciudad de México, para dar posteriormente el salto al norte, ya sea por Monterrey en dirección al estado de Texas, por las ciudades fronterizas de Matamoros, Reynosa o Nuevo Laredo, o por el este, a través de los pasos de Sonora y Baja California.
Por otro lado, el narcotráfico es uno de los principales problemas sociales y de seguridad de México, estrechamente vinculado con fenómenos como el tráfico de armas, de personas y el blanqueo de capitales. Su origen se remonta al estado de Sinaloa en los años cuarenta, desde donde se expandieron poderosas organizaciones criminales que han alimentado una espiral de violencia por el control territorial.
Si en el siglo XX los grandes referentes eran los cárteles de Sinaloa y del Golfo, las sucesivas escisiones multiplicaron los grupos: Sinaloa dio lugar a los cárteles de Juárez, Tijuana, Beltrán Leyva y, más tarde, al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG); mientras que del Golfo surgirían los Zetas, conocidos por su brutalidad, que con los años se fragmentaron en células como el Cártel del Noreste. La rivalidad entre Sinaloa y el CJNG domina actualmente el escenario, aunque otros grupos como la Nueva Familia Michoacana mantienen una presencia violenta en estados como Guerrero y el Estado de México.
En muchos casos, las rutas migratorias coinciden con las rutas del narcotráfico, y de hecho algunas actividades de los cárteles están relacionadas con el control y explotación de esas caravanas de migrantes. La ruta del Pacífico, que va desde Guadalajara hacia Sonora, discurre por el territorio bajo influencia del Cártel de Sinaloa, mientras que en los pasos fronterizos del noreste actúan células del Cártel del Noreste.
El Cártel de Sinaloa también es un responsable de una de las crisis sanitarias y de seguridad más importantes de los últimos años en Estados Unidos: la crisis del fentanilo. Los precursores químicos llegan desde Asia y se procesan en laboratorios clandestinos en México antes de cruzar la frontera en cantidades reducidas. En 2023, uno de los picos de la emergencia, hubo casi 85.000 muertes anuales asociadas con el consumo de esta sustancia en Estados Unidos.
Pero los cárteles mexicanos no sólo se dedican al narcotráfico. De hecho, en Michoacán, región que acumula el 85% de la producción de aguacate nacional, los cárteles se han insertado en esa industria, muy lucrativa, a través del control de cultivos y la extorsión a productores locales. Tanto es así, que las disputas por el control de las zonas entre distintas facciones se han vuelto una constante y han generado un verdadero problema en la zona.
El turismo, un sector estratégico en el sexto país más visitado del mundo, tampoco escapa a la influencia criminal: en la península de Yucatán, cárteles como el de Sinaloa y CJNG operan sobre todo en rutas de entrada de narcóticos y en el blanqueo ligado al sector inmobiliario.
Además de la península de Yucatán, los polos turísticos de Los Cabos, Puerto Vallarta y Acapulco, junto con ciudades como Ciudad de México, Guadalajara o Puebla, concentran la mayor afluencia de visitantes en el país. En este contexto, destacan nuevas inversiones en infraestructura como el Tren Maya, una ruta circular de más de 1.500 kilómetros inaugurada en diciembre de 2024 que conecta la península de Yucatán con Chiapas. Sin embargo, su construcción generó polémica por el impacto ambiental, al atravesar 2,87 millones de hectáreas de selva en Yucatán.
En paralelo, el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec, que conecta el mar Caribe con el océano Pacífico, ya inauguró en 2023 el Tren Interoceánico de pasajeros. El proyecto busca integrar puertos, zonas industriales y transporte de mercancías para ofrecer, a futuro, una alternativa terrestre al canal de Panamá. Estos proyectos, ya operativos en lo ferroviario, forman parte de una estrategia que busca fortalecer la conectividad interna, impulsar la economía regional y consolidar la posición geoeconómica de México como nodo clave entre las Américas pero también con el resto del mundo.
El golfo de México también es un eje central en la dimensión energética del país. La zona de la Sonda de Campeche concentra tres cuartas partes de la producción mexicana de crudo, convirtiendo a esta región en uno de los epicentros petroleros del mundo. Sin embargo, PEMEX, la empresa estatal, arrastra una fuerte dependencia tecnológica y financiera de compañías extranjeras como Chevron, Exxon Mobil, BP o Shell para explotar yacimientos en aguas profundas, lo que limita su capacidad.
Pese a esto, el petróleo es un pilar de la economía mexicana y coloca al país en una posición geoestratégica clave dentro del golfo, en el que confluyen los intereses energéticos de Estados Unidos y de las grandes multinacionales del sector. Más allá del petróleo, México cuenta con abundantes recursos minerales —como plata, cobre o litio— que refuerzan su papel como proveedor estratégico y que, al igual que los hidrocarburos, se convierten en un terreno de disputa entre capital nacional y extranjero.
