La última oportunidad de Europa para conservar su papel de potencia global se encuentra, muy probablemente, hundida en sus aguas del norte. No es una metáfora: para desengancharse de los hidrocarburos rusos sin comprometer sus cuentas año tras año, el continente está obligado a encontrar recursos energéticos propios, que además deben ser renovables si quiere ser coherente con su política climática. El mar del Norte, que durante años ha sido la red de seguridad del mix energético europeo gracias a sus reservas de gas y petróleo, es por su ubicación privilegiada y sus condiciones el escenario ideal para acoger esa inversión verde, reforzar la independencia del bloque y renovar sus mermadas ambiciones geopolíticas.
Esta fría y agitada extensión de agua que baña las costas de Bélgica, Dinamarca, Noruega, Países Bajos y Reino Unido lleva décadas siendo clave para la Unión Europea. El mar del Norte está atravesado por las rutas marítimas que conducen hasta los puertos más importantes de Europa ―Róterdam, Ámsterdam, Amberes o Hamburgo―, y sus fuertes mareas, que oxigenan y nutren su lecho marino de apenas 95 metros de profundidad media, lo convierten en un paraíso pesquero. Por si fuera poco, en el siglo XX se descubrieron bolsas de gas y petróleo que continúan siendo explotadas en la actualidad.
La extracción de hidrocarburos comenzó justo antes de la crisis petrolera de 1973, y el aumento a escala global de los precios del crudo provocó que los inversores se lanzaran a apoyar los proyectos del mar del Norte. Posteriormente, la bolsa escocesa de Brent acabó dando nombre al índice de referencia mundial del precio del petróleo, un producto que en el mar del Norte es especialmente caro pero que gracias a su calidad, su cercanía a los jugosos mercados de Europa Occidental y la estabilidad política de la zona ha atraído un gran interés.
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Muy interesante, habrá que seguir las políticas Europeas en el 2023 para ver como evoluciona la situación…