En 2021 Australia fue el principal exportador de gas natural licuado (GNL) del mundo, un puesto que viene disputándose con Catar durante los últimos años. El país oceánico vendió un total de 108.000 millones de metros cúbicos de este combustible, el equivalente a una cuarta parte de todo el gas —tanto licuado como el que llega por gasoductos— que consumió la Unión Europea el año pasado. Y de esa cantidad, prácticamente la totalidad —el 99,9%— fue a parar a Asia-Pacífico, con China y Japón acaparando por sí solas el 74% de las exportaciones australianas, según los datos de BP. Solo un cargamento escapó de la región: tras cruzar medio mundo a bordo de un buque metanero, el 0,1% del combustible comercializado por Australia llegó a los puertos españoles de Cartagena y Barcelona.
A pesar de ese desequilibrio, Canberra no dudó a la hora de ofrecerse en enero de 2022 como una alternativa "asequible" al gas ruso, denostado por la Unión Europea tras la invasión de Ucrania. Eran tiempos en los que su principal cliente, China, volvía a sufrir las consecuencias de la pandemia: la política de covid cero del gigante asiático estaba hundiendo su demanda energética una vez más —en 2021 había llegado a arrebatar a Japón el rol de principal importador de GNL del mundo— y Australia no veía con malos ojos establecer una nueva ruta comercial, aunque el cliente estuviera en sus antípodas.
Pero ahora que China parece estar dispuesta a relajar las restricciones, y después de que el Gobierno australiano llegara a plantear restringir las exportaciones de gas licuado ante un posible desabastecimiento interno, ese ofrecimiento parece haber caducado. El mercado chino es demasiado tentador: un tercio del gas licuado que importa la potencia asiática procede de Australia. De hecho, en el periodo que ha transcurrido desde la propuesta, Australia solo ha enviado a Europa un cargamento anecdótico de algo más de 190 millones de dólares de gas comprado por Alemania y entregado en Róterdam.
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