«Esto es carbón, no le tengáis miedo». En 2017 el posteriormente primer ministro australiano, Scott Morrison, apareció en el Parlamento del país con un pedazo de carbón en la mano para azuzar a la oposición laborista y sus críticas al modelo energético de Australia.
«Fue el carbón lo que aseguró que Australia disfrutara de una ventaja competitiva energética durante más de cien años, brindando prosperidad a las empresas y asegurando que la industria pudiera seguir siendo competitiva en un mercado global», sentenció.
Lejos de ser una anécdota aislada, la escena protagonizada por Morrison ejemplifica a la perfección la adicción que tiene Australia por el carbón: en 2021 el país generó el 51% de su energía a partir de este combustible fósil, la fuente más contaminante de todas. Esa proporción escala hasta los dos tercios en los estados más poblados y con mayor representación política, Queensland, Victoria y Nueva Gales del Sur.
El caso australiano es único entre los países más desarrollados por su dependencia de la exportación de commodities y el papel que el carbón juega en su política interna. En el G20, es el segundo país que más combustibles fósiles produce per cápita por detrás solamente de Arabia Saudí y el primero que más carbón mina con un dato que quintuplica el de su competidor más cercano, Sudáfrica. Al fin y al cabo, la nación oceánica es el primer exportador de esta materia y controla un tercio del mercado global.
Austria también fue el tercer mayor exportador global de gas natural licuado en 2022 y su producción de petróleo cubre casi toda la demanda interna. Esa abundancia de combustibles fósiles le ha granjeado jugosos beneficios ―suponen alrededor del 20% de sus exportaciones― y le ha permitido reforzar su posición estratégica en Asia-Pacífico, pero le encadena a su consumo y hace imposible la transición verde: en total, cerca de tres cuartas partes del mix energético australiano provienen del carbón, el gas y el crudo.
La exportación de gas licuado de Australia, el proveedor particular de Asia
El resultado es un clima político y social sesgado por el peso que el carbón tiene en la economía del país. El debate sobre el cambio climático, por ejemplo, suele abordarse desde una lógica urbano-rural en la que los estados productores de carbón acusan a la burguesía de las grandes urbes de querer empobrecer a la clase trabajadora y al país en general.
Aun así, Canberra se ha propuesto alcanzar las cero emisiones netas ―equilibrio entre las emisiones producidas por sus actividades y las emisiones que elimina de la atmósfera― para 2050, un desafío que exigirá una gran transformación en el país teniendo en cuenta que en 2019 era el décimo país que más CO2 emitía per cápita. La económica es probablemente la más urgente: la demanda china de mineral de hierro y carbón australianos sigue sin tocar techo y hasta ahora el objetivo año tras año había sido el de aumentar la producción. Sustituir esos ingresos y los de la exportación de gas natural no será fácil.
La transición energética tampoco. En los últimos años se han producido picos sistemáticos en los precios de la electricidad debido a un suministro interno insuficiente de gas. El carbón había sido en esos momentos la fuente de generación de energía alternativa y había impedido que los costes subieran aún más. Si se aboga por recortar su producción y utilización, los consumidores lo notarán en el bolsillo si no se arreglan antes otros desajustes energéticos o la contribución de las renovables ―ahora en el 29%― no aumenta considerablemente.
¿Qué países son los principales productores de gas del mundo?
El tercer exportador de gas licuado quiere ahora importarlo
A pesar de sus vastas reservas de combustibles fósiles, la región este de Australia ―precisamente la que concentra los centros productivos de Canberra, Sídney o Melbourne― arrastra un déficit energético como consecuencia de un menor rendimiento de sus pozos de gas y la falta de conexiones por tubería con el resto del país.
La extracción de hidrocarburos está orientada a las ventas internacionales y tres cuartas partes de la exportación de gas están comprometidas en acuerdos a largo plazo, a lo que hay que sumar la fuerte desregulación que afecta al sector. Como resultado, los consumidores nacionales acaban normalmente pagando un precio mayor al que consiguen los compradores extranjeros.
Una posible solución sería construir un gasoducto llamado Oeste-Este para que la mitad oriental de Australia pudiera acceder a gas barato, pero se trataría de una obra muy costosa y su viabilidad aún se está estudiando.
En su lugar, Canberra va a priorizar la inversión en infraestructura para importar y regasificar gas licuado, ese mismo que exporta a otras partes del mundo en su zona occidental. El plan es levantar cinco terminales de importación en su esquina sureste. Paradójicamente, el último reducto rico del carbón y uno de los dominadores del mercado global de gas licuado no sabe cómo proveer de energía a sus ciudadanos.
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