«Esto es carbón, no le tengáis miedo». En 2017 el posteriormente primer ministro australiano, Scott Morrison, apareció en el Parlamento del país con un pedazo de carbón en la mano para azuzar a la oposición laborista y sus críticas al modelo energético de Australia.
«Fue el carbón lo que aseguró que Australia disfrutara de una ventaja competitiva energética durante más de cien años, brindando prosperidad a las empresas y asegurando que la industria pudiera seguir siendo competitiva en un mercado global», sentenció.
Lejos de ser una anécdota aislada, la escena protagonizada por Morrison ejemplifica a la perfección la adicción que tiene Australia por el carbón: en 2021 el país generó el 51% de su energía a partir de este combustible fósil, la fuente más contaminante de todas. Esa proporción escala hasta los dos tercios en los estados más poblados y con mayor representación política, Queensland, Victoria y Nueva Gales del Sur.
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