La evolución de los aranceles en Estados Unidos: la vuelta al pasado de Trump

La guerra arancelaria del magnate alcanza cifras de hace casi un siglo. Pese a la suspensión parcial, mantiene una tarifa global del 10%
CartografíaEconomíaAmérica del Norte

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En solo tres meses de mandato, la guerra de aranceles de Donald Trump ha llevado a la imposición de las tarifas comerciales más altas registradas en Estados Unidos desde hace casi un siglo. A expensas de saber lo que ocurre con la suspensión parcial de tres meses, el giro en la política económica de la gran potencia mundial ya ha supuesto un duro golpe sobre las dinámicas que han sostenido el comercio internacional en las últimas décadas. 

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Con un ojo puesto en el proteccionismo del pasado, el magnate ha entrado en un juego de tira y afloja con más de cien países. Primero anunció la imposición de tarifas a China, Canadá y México, aunque posteriormente suspendió las tasas a los Estados vecinos. Más tarde, el paquete de aranceles masivos del 2 abril también fue suspendido tras el shock en los mercados financieros, pero se han mantenido tasas del 145% a China y un 10% al grueso de países del mundo, desde Colombia o Andorra hasta pequeñas islas australianas deshabitadas

Entre idas y venidas, los aranceles pueden alcanzar una cifra media del 14,5% este 2025, según la estimación de Tax Foundation, un valor que no se registraba en Estados Unidos desde 1938. En la década anterior, la inestabilidad económica había llevado a un aumento de las tasas hasta su pico durante la Gran Depresión de 1929, momento en el que los aranceles no sólo agudizaron la crisis sino también provocaron réplicas contra los productos estadounidenses. La Gran Depresión, sin embargo, no fue el momento de ebullición arancelaria más grande, pues en los últimos años del siglo XIX y la primera década del XX las tasas llegaron a ser casi del 30%. 

Trump tiene puesto un ojo justamente en ese pasado, uno marcado por fuertes políticas proteccionistas. El impulsor del abanico arancelario que marcó ese cambio de siglo fue William McKinley, presidente republicano que Trump tanto alabó en su discurso de inauguración. McKinley fue, además de un presidente con amplias aspiraciones expansionistas, el promotor de la Ley Arancelaria de 1890, que proyectaba unos aranceles de hasta el 50% y que a su llegada a la Casa Blanca se encargó de aplicar. 

A su imagen y semejanza, y de la mano de Peter Navarro, el halcón que ha inspirado al presidente en el sistema de tarifas, Trump ha reforzado la política arancelaria que ya impuso —en mucha menor medida— durante su primer mandato. Es una retórica que contrasta no sólo con la legislatura de Joe Biden, que dejó la presidencia con unos aranceles del 2,4% en 2024, sino con el camino hacia el libre comercio que la sociedad internacional había emprendido desde los años noventa. 

Desde el fin de la Guerra Fría, la tendencia en el mundo ha sido la reducción progresiva de aranceles. Si bien hay periodos donde aumentan muy ligeramente, como el año posterior a la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (2001), la caída de la URSS se produjo entre aranceles del 14% y de ahí ha ido disminuyendo hasta un 4% en 2022.    

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Este desarrollo histórico, de la mano de la globalización, ha provocado importantes relaciones de dependencia comercio con Estados Unidos, ahora redefinidas con la guerra arancelaria del magnate. Así, mientras Trump sigue entretejiendo su hostil reacción a la económica internacional, China está aprovechando este escenario para acercarse tanto a Europa como a los países del Sudeste Asiático.

La lucha por la hegemonía comercial con China no es el único frente del que Trump puede salir perdiendo. El esperado “Día de la Liberación” de Trump se saldó con un nuevo Jueves Negro para las bolsas y la devaluación del dólar. Ante el desastre y las presiones por parte de empresas y el propio Partido Republicano, el magnate dejó en stand by los aranceles a todos aquellos países que no hubiesen respondido de vuelta.

Con estos antecedentes, la guerra comercial va encaminada a convertirse en una crisis autoimpuesta marcada por las turbulencias en el mercado de deuda, el declive del dólar o la fractura de la industria norteamericana.

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