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El legado soviético y la construcción del sentimiento nacional en Ucrania

El legado soviético y la construcción del sentimiento nacional en Ucrania
Fuente: spoilt.exile (Flickr)

Desde que Ucrania adquirió la independencia hace casi treinta años, el país eslavo ha sido ampliamente considerado un Estado débil. Pese al amplio apoyo a la independencia en la mayor parte del país a finales de los 80, la difícil relación con Rusia, el carácter multiétnico de la población o la corrupción han lastrado al país desde entonces. La situación ahora se agrava por una guerra civil en el este y por la anexión rusa de la península de Crimea, territorio que pertenecía a Ucrania desde 1954.

Ucrania celebró un referéndum el 1 de diciembre de 1991 para legitimar la declaración de independencia que había emitido el parlamento ucraniano en agosto de ese mismo año. El intento de golpe de Estado que el sector duro del Partido Comunista había lanzado contra Gorbachov para rechazar sus políticas aperturistas abrió la puerta a otras declaraciones similares en el resto de repúblicas de la URSS, pero en pocas el apoyo a la independencia fue tan holgado como en Ucrania: el 92,30% de los votantes se decantaron por el sí en un referéndum con una participación del 84,20%. En la región occidental de Ternópil, el sí recibió el 98% de los votos. Solamente en la República Socialista Soviética de Crimea y en la ciudad de Sebastopol el resultado fue más ajustado y con una abstención mucho mayor, aunque el sí también se impuso con un 54% y 57%, respectivamente. 

El mismo día que se votaba la independencia, los ucranianos también eligieron al que sería su primer presidente: Leonid Kravchuk, quien había sido previamente presidente del parlamento de la época soviética; Kravchuk obtuvo 19,6 millones de votos y un apoyo del 61,59%, un resultado aún no superado por sus sucesores. Los ucranianos comenzaban a vislumbrar un futuro prometedor y, por primera vez, independiente de las potencias que la rodean. Desde entonces, la élite ucraniana ha afrontado el reto de construir una narrativa nacional para un territorio que llevaba siglos bajo control extranjero. Este reto se manifestó en cuatro aspectos distintos, según Taras Kuzio, analista británico experto en Ucrania: historiografía, identidad nacional, lengua y Estado unitario.

No obstante, hasta el comienzo de la guerra en el Donbás en 2014, Kiev fue con pies de plomo a la hora de reducir el uso de la lengua rusa en la vida pública o condenar el papel de Rusia en la historia de los ucranianos, por poner algunos ejemplos. Si bien se han promovido una identidad, cultura, lengua y narrativa nacional ucranianas, los distintos Gobiernos del país se han enfrentado a una serie problemas que les han impedido vigorizar sus instituciones o fortalecer la idea de nación entre su población de forma significativa: la influencia que la vecina Rusia todavía tiene en Ucrania, la herencia soviética y el hecho de exista una minoría rusoparlante en el este del país.

Para ampliar: “La geopolítica de Ucrania”, El Orden Mundial, 2019

La sombra rusa

Para Rusia, la importancia de Ucrania no radica únicamente en mantener a un país fronterizo en su esfera de influencia; Ucrania es además un país muy cercano en términos históricos, culturales, religiosos e incluso étnicos. Kiev fue la capital del Rus de Kiev , una confederación de tribus eslavas que dominó la zona de la actual Ucrania entre los siglos IX y XIII, y que es considerada tanto por Ucrania como por Rusia el origen de sus naciones. Además, durante la época zarista, Moscú trató de acabar con la identidad local enviando campesinos rusos al territorio ucraniano, y la cantidad de matrimonios mixtos hacía difícil distinguir a rusos de ucranianos ya durante la Unión Soviética. A los ucranianos se les llamaba incluso “pequeños rusos” en tiempos zaristas, lo que da una muestra de cercanía cultural, si bien impregnada de cierto paternalismo casi colonial. 

Más allá de la historia común, había otros asuntos sin resolver que impedían a Moscú aceptar un alejamiento de Ucrania. La península de Crimea había estado bajo control ruso desde 1783 hasta que en 1954 Nikita Kruschev la transfirió a la República Socialista Soviética (RSS) de Ucrania. La decisión no tuvo gran repercusión, pues Ucrania formaba entonces parte de la URSS, pero, con la caída de la URSS y la independencia de Ucrania, muchos en Rusia lamentaron y cuestionaron la legalidad de la transferencia de Crimea. No fue hasta la firma del Tratado de Amistad de 1997, por el que ambos países reconocían mutuamente sus fronteras, que la atención rusa sobre Crimea se rebajó un tanto, aunque las protestas del Maidán de 2014 volvieron a cambiar la situación: Rusia se anexionó Crimea en 2014 y el entonces presidente ucraniano Petro Poroshenko se negó en 2018 a renovar un tratado que, en cualquier caso, ya estaba muerto. Crimea tiene un alto valor geopolítico debido a su localización en el mar Negro: ya fue escenario de la guerra de Crimea, que enfrentó a británicos, franceses y turcos contra rusos a mediados del siglo XIX, y ahora acoge una importante base naval rusa en la ciudad de Sebastopol.

Con todo, la relación entre Ucrania y Rusia comenzó a truncarse mucho antes de la anexión de Crimea. Ya en 2004, la revolución naranja —las protestas que llevaron a una repetición electoral en Ucrania en el invierno de aquel año—, puso de manifiesto las injerencias occidentales y rusas en los asuntos internos del país. Los primeros apoyaron económicamente a líderes de la oposición como Víktor Yúschenko y Yulia Timoshenko durante los años previos a la revolución. Los rusos estuvieron detrás del envenenamiento a Yúschenko, candidato presidencial, ya fuera con objeto de matarlo o para hacerlo menos atractivo al electorado: la dioxina que le envenenó era de fabricación rusa y entró en su organismo a través del arroz ingerido durante una cena con el director de la agencia de inteligencia ucraniana SBU, un organismo heredero del KGB y en aquel momento controlado ampliamente por el Kremlin. Finalmente, Yúschenko se impuso en las elecciones, y durante su mandato impulsó una política exterior de acercamiento a Occidente sin descuidar del todo las relaciones con Moscú.

Víktor Yuschenko visita a Vladímir Putin en Moscú en enero de 2005, tres meses después de sufrir el envenenamiento y ya entonces presidente de Ucrania. Fuente: Kremlin.

El final del mandato de Yúschenko (2005-2010) se caracterizó por las disputas en torno al precio del gas, conocidas como “guerras del gas”.  Rusia exportaba gas a Ucrania a un precio subvencionado como pago a cambio de mantener a su vecino dentro de su área de influencia, y estas disputas demostraron que Ucrania comenzaba a actuar de manera más o menos autónoma, muy a pesar de Moscú. Con la llegada a la presidencia de Víktor Yanukóvich, en 2010, Kiev viró de nuevo para situarse geopolíticamente más cerca del Kremlin. Las protestas del Maidán de 2014 obligaron a Yanukóvich a dejar la presidencia y abandonar el país, y cambiaron de nuevo el rumbo en Ucrania, que volvía a orientarse hacia Occidente y alejarse de Rusia. Esta vez, Moscú respondería anexionándose Crimea y patrocinando a las guerrillas separatistas en la guerra civil que se abrió en el Donbás, en el este del país. No obstante, si la injerencia rusa en estas dos regiones fue posible, e incluso relativamente sencilla, en parte se debe a la incapacidad del Gobierno ucraniano para construir una identidad nacional durante las tres décadas desde la independencia.

Para ampliar: “Petróleo y gas al servicio del zar”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2015

Estado unitario, división lingüística

Durante los setenta años de dominio bolchevique se promovió la idea de un ciudadanía soviética y se combatió todo tipo de nacionalismo que pudiera llevar al separatismo en cualquier rincón de la URSS. La idea de “nación” existía en la Unión Soviética, pero estaba relacionada con el lugar de nacimiento de los antepasados y totalmente subordinada a la idea de “ciudadanía”. Además, salvo que fuera una de las estigmatizadas, como la chechena o la judía, en general la nacionalidad era tratada con cierta indiferencia. Eso dejaba un escenario muy complicado para los primeros gobernantes de la Ucrania independiente, que buscaron revitalizar el nacionalismo ucraniano.

Por si fuera poco, la Ucrania postsoviética heredó un país dividido en muchos aspectos entre un oeste culturalmente ucraniano, y un este y sur en gran medida rusificados. Por ejemplo, las ciudades orientales de Donetsk y Lugansk fueron fundadas durante el dominio imperial ruso, con motivo de la construcción de fábricas y minas de carbón por parte de empresarios británicos. La industria del carbón atrajo a numerosos trabajadores, principalmente provenientes de regiones que hoy pertenecen a Rusia. Esto produjo una alta rusificación de las regiones del este.

Así, un dilema constante en Kiev desde la independencia ha sido el reducir gradualmente del uso del ruso entre la población sin desestabilizar un país en el que el 77,8% de la población se consideraba ucraniana y un 17,3% rusa, según el censo de 2001. Sin embargo, el ucraniano era la lengua materna solamente del 67,5% de la población, mientras que el ruso lo era del 29,6%. De hecho, lo usan muchos ucranianos más: excluyendo Crimea y el Donbás bajo control separatista, en 2019 un 46% de los ucranianos utiliza únicamente el ucraniano al comunicarse con su familia, mientras que un 28,1% utiliza solamente el ruso y un 24,9% utiliza ambas.

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Porcentaje de personas que se consideraban rusas en 1989 y 2001 por región. Los números bajaron en esos veinte años, pero seguían siendo elevados en la zona este del país y rozaban el 60% en Crimea. Fuente: Wikipedia 

La promoción del idioma ucraniano debía ser uno de los pilares de la construcción nacional, fundamento de unas instituciones fuertes y legítimas en un Estado unitario. Pero, al mismo tiempo, una política lingüística discriminatoria podría provocar tensiones sociales insalvables. No obstante, y a pesar de que en Ucrania el uso de la lengua rusa no indicaba necesariamente la presencia de nacionalismo ruso, ya desde los 90 se adoptó una política discriminatoria que dejaba al ucraniano como el único idioma oficial en el país y al ruso como lengua minoritaria no oficial. Esta política dio sus frutos: a mediados de la década de los 2000, tres cuartos de los ucranianos consideraban la lengua ucraniana como símbolo de la nación

Además de la cuestión lingüística, Kiev ha trabajado para sembrar las bases nacionales de un Estado unitario, ya durante las presidencias de Kravchuk (1991-94) y Leonid Kuchma (1994-2005), pero con notable ímpetu a partir de la revolución naranja. Desde 2005 el puesto de ministro de Cultura ha estado reservado, con muy pocas excepciones, a hombres y mujeres nacidos al oeste de Kiev, principalmente en Leópolis e Ivano-Frankivsk, promoviendo así la cultura de una región concreta en todo el territorio del Estado. El Ministerio de Educación también ha reducido el número de centros educativos que emplean la lengua rusa: en aquella época, un 40% de los estudiantes en Kiev realizaban sus estudios en lengua rusa; diez años después, a comienzos de 2014, solamente seis centros la utilizaban como lengua vehicular.

El territorio ucraniano actual, sin Crimea, no se encontró bajo una única entidad política hasta 1939, cuando la URSS invadió Polonia y anexionó parte de su territorio a la RSS de Ucrania. Con unos antecedentes así, el Estado ucraniano ha tenido que buscar narrativas históricas que justifiquen su existencia y ayuden a forjar una identidad nacional. La batalla historiográfica se ha producido en numerosos campos, como la herencia del Rus de Kiev, la relación entre los territorios de la actual Ucrania y Rusia durante los periodos zarista y soviético, o el Holodomor, la hambruna que acabó con millones de ucranianos entre 1932 y 1933 (también transcrito “Golodomor”, y que deriva del ucraniano ‘matar de hambre’). Kiev achaca esta catástrofe a Stalin, que habría pretendido con ella acabar con el nacionalismo ucraniano, y la ha convertido en un elemento muy importante de la identidad de la Ucrania independiente, de la misma forma que el Holocausto es utilizado por el Estado de Israel para legitimar su existencia. Curiosamente, algunas de las regiones donde más fuerte es el discurso en torno a este “genocidio” son aquellas más occidentales que no formaban parte de la RSS de Ucrania en el periodo de entreguerras, sino de Polonia. 

Esta política de construcción nacional está también está relacionada con la distribución del poder en la Ucrania independiente y el debate sobre si esta debería organizarse de forma federal. El consenso de las élites de Kiev durante los años 90 giraba en torno al rechazo frontal al federalismo, pues esta forma de Estado sentaría las bases para el nacionalismo regional y el separatismo. Esta tendencia tuvo pocas excepciones, como la ley lingüística de 2012 aprobada por Yanukóvich, por la que la población del este y el sur podía usar la lengua rusa en determinados contextos que no incluyeran a la Administración central, y que fue abolida tras el Maidán, en 2014.

Ucrania está en lo que Rusia considera de su área de influencia, y ha sido el escenario principal de la tensión entre la OTAN y Moscú en los últimos años.

Los intentos de Kiev de promover a nivel nacional una identidad cultural más propia de las regiones occidentales del país han polarizado a la sociedad ucraniana y agravado la división entre el este y el oeste, consiguiendo, de hecho, lo contrario de lo que buscaban: el porcentaje de población que se identificaba como ucraniana en el Donbás descendió del 32% al 24,7% entre 2012 y 2014, y los ciudadanos para quienes la identidad regional era la más importante pasaron del 19% al 30,1% en el mismo periodo. La alienación de la población del este con respecto a la política cultural y lingüística de Kiev favoreció la prevalencia de la identidad regional sobre la nacional en esta parte del país. Desde 2014, esta tendencia se ha acentuado debido al conflicto y al ímpetu nacionalista de Poroshenko, que llegó a la presidencia tras el Maidán con un discurso proccidental y antirruso.

Para ampliar: “Ucrania, un país de oligarcas”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2015

¿Solución a la vista?

La victoria electoral de Poroshenko en 2014 respondió en gran medida a una reacción nacionalista de los ucranianos a la agresión rusa en el Donbás y Crimea, y no tanto a la altura política o al respeto infundado por el candidato. Su Ejecutivo no hizo esfuerzos por comprender las razones que llevaron al estallido de la guerra civil en el este después del derrocamiento del anterior presidente, Yanukóvich, que gozaba de gran apoyo en el este del país. Por el contrario, durante su mandato (2014-2019), la tensión con Rusia se agravó, manifestándose en la división de la Iglesia ortodoxa y extendiéndose a un tercer frente, el mar de Azov, que cuyas aguas bañan las costas de ambos países y de Crimea. Muestra de las pocas simpatías que generaba el Gobierno de Poroshenko en el Donbás es el hecho de que allí incluso se referían a él como “la junta fascista de Kiev”. No sorprende, los ucranianos decidieran en mayo de 2019 sustituir a Poroshenko por un actor de televisión sin experiencia política, Volodímir Zelenski, tras una campaña electoral que, por primera vez, no se ha centrado en identidades nacionales o disputas geopolíticas. Su victoria es un símbolo claro de los deseos de cambio y del hartazgo de los ucranianos.

Zelenski, que ha amasado un poder inédito en la Ucrania independiente que le asegura el control durante los próximos cinco años, afronta muchos de los dilemas que ya acosaron a sus antecesores. El presidente ha comenzado su mandato con un intercambio de prisioneros con Rusia y otro con las autoproclamadas Repúblicas de Donetsk y Lugansk, lo que ha dado nuevas esperanzas a las negociaciones de paz. Sin embargo, el fin del conflicto requerirá mucho más que carisma y habilidad diplomática: si desea alcanzar la paz, Zelenski deberá tener en cuenta las demandas y el sentir de la población del Donbás. Esto implica, en parte, una reconsideración de las políticas empleadas durante los últimos 27 años, que han alienado a su población y sentado las condiciones para un alzamiento armado contra el Gobierno de Kiev.

Para ampliar:“Volodímir Zelenski, de la televisión a la presidencia de Ucrania”, Arsenio Cuenca en El Orden Mundial, 2019

1 comentario

  1. La transferencia de Crimea a Ucrania fue durante el mandato de Malenkov. Jrushchev relevó a Malenkov en 1955 y por el hecho de ser ucraniano se lo asigna a él la responsabilidad de la transferencia.

    Aquí están todos los detalles:

    https://alsurdeunhorizonte.com/relatos/ucrania/ucrania-crisis/transferencia-crimea-1954-tomalo-que-no-me-sirve-khrushchev/