En la Iglesia ortodoxa no hay papa. La figura que más se acerca a la idea católica de papa es el patriarca ecuménico de Constantinopla Bartolomé I, cabeza de la Iglesia ortodoxa. Pero, al contrario que el obispo de Roma, el patriarca de Constantinopla ostenta un liderazgo más bien simbólico: las 14 ramas de la Iglesia ortodoxa —hay muchas más, pero solo esas se reconocen recíprocamente— gozan de gran autonomía. Su autoridad honoraria garantiza que su opinión en cuestiones teológicas o sobre la convivencia entre las ramas sea tenida en gran consideración, pero poco más. Por si fuera poco, la antigua capital del Imperio bizantino y centro de poder ortodoxo hoy se llama Estambul y es la ciudad más poblada de Turquía, un país musulmán donde los cristianos son una minoría muy pequeña. El propio patriarca solo tiene bajo su jurisdicción directa a tres millones y medio de fieles repartidos entre Turquía y algunas islas del Egeo.
Frente a ese poder diluido se yergue otro mucho más palpable: el patriarcado de Moscú. La Iglesia ortodoxa rusa es solo otra de esas 14, pero cuenta con aproximadamente tantos fieles como el resto combinadas: alrededor de la mitad de los 300 millones de ortodoxos del mundo. Además, el patriarca ruso —al contrario que el de Constantinopla, cuya presencia es tolerada en Turquía, pero no puede esperar apoyo de su Gobierno islamista— cuenta con un poder político que lo respalde. Sostenido por el músculo demográfico de sus millones de creyentes y firmemente apoyado por el Kremlin, el ruso Cirilo I ejerce como líder de facto de los ortodoxos y se lo ha llegado a llamar “el papa ortodoxo”.
Se da así una situación paradójica: en Estambul hay un patriarca imbuido de toda la legitimidad histórica, pero con poca capacidad real, y en Moscú hay otro que teóricamente está subordinado al primero, pero tiene mucha más influencia que él. ¿Cómo conviven esos dos poderes opuestos? No tienen más remedio que tolerarse, aunque la situación claramente no guste a ninguno —uno por verse empequeñecido y otro, constreñido— y los roces sean frecuentes. Pero nunca nada tan grave como ahora que la Iglesia rusa se plantea separarse del patriarcado ecuménico, lo que provocaría el mayor cisma desde el llamado Gran Cisma o Cisma de Oriente de 1054, cuando se separaron las Iglesias ortodoxa y católica. Y el motivo tiene mucho más que ver con ambiciones personales y geopolítica que con un debate teológico: la lucha por el control sobre la Iglesia ucraniana y, por extensión, de la misma Ucrania.
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