Una IA para hacer la guerra. Irán y la militarización de Silicon Valley

Las grandes empresas tecnológicas estadounidenses llevan años invirtiendo en seguridad y defensa y colaborando con el Pentágono. El ataque contra el régimen iraní es el gran laboratorio en el que se está poniendo a prueba la automatización de los conflictos
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Una IA para hacer la guerra. Irán y la militarización de Silicon Valley
Campaña activista contra el acuerdo entre OpenAI y el Pentágono junto a la Casa Blanca en marzo de 2026. | HEATHER DIEHL - GETTY IMAGES - AFP

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Durante los cuatro primeros días de guerra, Estados Unidos e Israel bombardearon más de 2.000 objetivos en Irán. Esta lista no había sido cuidadosamente elegida por un equipo humano, sino fabricada por Maven: un sistema basado en inteligencia artificial que se encarga de recopilar y analizar información bélica en tiempo real para identificar a qué objetivos atacar. La herramienta es el principal ejemplo de la integración que están llevando a cabo las grandes firmas estadounidenses de tecnología y la industria de la guerra. Una militarización de Silicon Valley donde no solo destacan compañías como Palantir y Anthropic, dos de las empresas responsables de Maven, sino también otros gigantes como Microsoft, Meta, OpenAI y Google. 

Pero la fusión entre software y bombas no ha surgido con la guerra en Irán: las grandes tecnológicas estadounidenses —en especial Microsoft y Google— llevan años poniendo en práctica estos lazos en conflicto como el de Ucrania o con la industria militar israelí, jugando un papel fundamental tanto en los sistemas de seguridad y defensa del Estado hebreo como en su control y acción militar en Palestina. Ahora, esta simbiosis se ha asentado como la punta de lanza de la modernización militar estadounidense y se sitúa en el centro neurálgico de la guerra en Irán, el primer conflicto a gran escala ejecutado con IA.

Las tecnológicas: la nueva espina dorsal de la guerra

En un vídeo publicado el pasado 11 de marzo, el almirante Brad Cooper, jefe del Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM), admitía que buena parte del éxito del ataque sobre Irán estaba lográndose gracias a la avanzada tecnología en inteligencia artificial.

Varios altos cargos públicos estadounidenses y dirigentes de las grandes tecnológicas y start-ups armamentísticas han repetido la misma idea. Emil Michael, el jefe de tecnología del Pentágono, llegó a afirmar a finales de 2025 que “la IA es el próximo Destino Manifiesto de Estados Unidos, y nos estamos asegurando el dominio de esta nueva frontera”. Llevado a la práctica, esto ha significado la firma de contratos millonarios entre el Departamento de Defensa —ahora rebautizado como Departamento de Guerra— y las grandes compañías de Silicon Valley para integrar sus servicios a todos los niveles. También la colaboración entre los principales proveedores de armas del Gobierno, como Anduril Industries —empresa puntera en el ámbito de tecnología militar de sistemas autónomos avanzados, como los drones— y esas mismas big tech. En palabras del fundador de Anduril, Palmer Luckey, el objetivo último es “crear un ecosistema militar en el que la tecnología actúe como una prolongación de las capacidades humanas”. 

El sector tecnológico y armamentístico ya lo tienen asumido: el dominio de la IA es una prioridad geopolítica para Estados Unidos y su integración en el ámbito de la defensa es una necesidad. Una que garantizará la supremacía estadounidense y que definirá la naturaleza de la guerra de ahora en adelante, pero que también será un excelente negocio para el sector privado. En este contexto, Irán está siendo el escenario en el que se está poniendo a prueba el alcance y efectividad de esta relación, sobre todo a través del Proyecto Maven: una iniciativa del Gobierno de Estados Unidos que busca traer la tecnología de las diversas empresas privadas a la guerra y cuyo desarrollo ha descansado en gran medida en Palantir y Anthropic, dos de las compañías que más poder ha acumulado en los últimos años. 

Fundada en 2003 por Pether Thiel y Alex Karp, dos de los magnates tecnológicos más controvertidos de la actualidad, Palantir lleva trabajando con el Ejército estadounidense desde hace una década y es, entre otras cosas, la piedra angular de las operaciones del ICE. Por su parte, Anthropic es el proyecto de los hermanos Amodei, dos antiguos empleados de OpenAI descontentos con las fallas de seguridad que estaban apareciendo con la rápida comercialización de ChatGPT. Tras su lanzamiento en 2023, Claude, su modelo de inteligencia artificial conversacional, se convirtió rápidamente en el hijo predilecto del Gobierno estadounidense y del Proyecto Maven. 

Dentro de la herramienta, convertida en una suerte de fábrica de objetivos militares, los sistemas de Anthropic analizan datos sobre combates en tiempo real —esto incluye tanto vigilancia como recopilación de inteligencia—, mientras que la tecnología de Palantir saca conclusiones sobre los blancos a atacar. Este tipo de sistema agiliza de forma vertiginosa el proceso de bombardeo, pero la falta de supervisión humana ha dado lugar a ataques contra infraestructuras civiles que la IA malinterpreta como objetivos militares. El pasado 5 de marzo, sin ir más lejos, los ataques aéreos estadounidenses e israelíes impactaron sobre un parque público de Teherán que se identificó como un edificio policial a pesar de no guardar ningún tipo de relación con las fuerzas de seguridad del país. 

A pesar de la colaboración recurrente entre estas dos empresas, el acelerón que el Pentágono está dando al uso de la tecnología para fines militares y de seguridad ha empezado a abrir brechas en el sector. El ejemplo más claro es la disputa que estalló entre la Administración Trump y Anthropic justo antes del ataque a gran escala contra Irán, que ha llevado al Gobierno estadounidense a declarar a la empresa como un “riesgo para la seguridad nacional en la cadena de suministro” a principios de marzo, eliminando cualquier posibilidad de negocio entre ellos. Aun así, su tecnología —ya sea como parte de Maven o directamente su modelo de IA, Claude— ha seguido utilizándose para análisis de datos, identificación de objetivos y realización de simulaciones de escenarios bélicos.

El motivo de la ruptura entre Anthropic y el Pentágono se basa en que éste último exigía poder utilizar la tecnología de la start-up para cualquier fin lícito, sin restricciones. Mientras, la empresa señalaba que había dos líneas rojas que no aceptaría cruzar: su IA no podía utilizarse para la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses —aunque sí se haya utilizado para la vigilancia en Irán— y tampoco para operar armas completamente autónomas. Esto no quiere decir que Anthropic se oponga a la creación de armas autónomas como tal, sino que se opone por ahora hasta que los sistemas de IA sean lo suficientemente fiables. 

Quien no opina lo mismo es Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, que no tardó en ocupar el puesto que Anthropic jugaba para el Departamento de Defensa. Horas después de que se cortasen lazos con Anthropic, OpenAI —la empresa creadora de ChatGPT, que ya tienen contratos en activo con Anduril Industries desde 2024— cerró un acuerdo con el Pentágono para permitir que sus sistemas de IA se utilizasen sin restricciones por parte del Gobierno. 

Junto a esto, el laboratorio de pruebas de Irán también ha servido para poner en marcha otras innovaciones armamentísticas que involucran tecnología puntera, como, por ejemplo, Merops: un sistema que utiliza drones para contrarrestar a otros drones —a los que localiza mediante IA— y que de nuevo apunta a Silicon Valley de la mano del ex director ejecutivo de Google, Eric Schmidt, fundador de la empresa. 

El giro de Silicon Valley

En octubre de 2024, Microsoft despidió a dos de sus empleados por criticar que los servicios tecnológicos de la empresa se estuviesen vendiendo al Ejército israelí. Hossam Nasr —uno de esos dos trabajadores— señaló entonces que estos contratos entre la gran tecnológica y las fuerzas de seguridad estaban lejos de ser una colaboración inocente: “La nube y la IA son las bombas y balas del siglo XXI”, anticipó. 

Esta declaración, pronunciada en un marco de denuncia social, puso de manifiesto la transformación cultural que se ha producido en Silicon Valley en los últimos años y que apunta a una militarización acelerada. Hace una década, las grandes tecnológicas basaban gran parte de su comunicación corporativa en la defensa de valores como la democracia o el bien común, mientras que sus empleados reaccionaban con huelgas y presiones a cualquier paso en falso que apuntase a posibles usos militares de su tecnología. 

Sin ir más lejos, Google atravesó un turbulento periodo de protestas internas en 2018 por el contrato con el Pentágono que daría forma al Proyecto Maven. En ese momento, la empresa reculó, poniendo en pausa su colaboración con el Departamento de Defensa y publicando unos principios rectores para sus futuros proyectos de inteligencia artificial. El mensaje era claro: se prohibía el uso de la IA en armas u otras tecnologías que pudiesen causar o facilitar daños a las personas. 

Quien no siguió esta tendencia fue Palantir. Su director ejecutivo, Alex Karp, aspiraba ya en esas fechas a una mayor implicación por parte de Silicon Valley en el ámbito de la defensa, lo que motivó críticas de sus rivales tecnológicos. Pero los tiempos han cambiado. Desde el estallido de la guerra de Ucrania, la tecnología ha ido ganando peso en el campo de batalla: el uso de satélites para monitorear movimientos o las herramientas de reconocimiento facial para rastrear enemigos han sido piezas clave del tablero bélico entre Rusia y Ucrania. Todo facilitado por Silicon Valley, que ya hizo su particular demostración de intenciones durante la segunda toma de posesión de Donald Trump. Allí se agolparon grandes magnates tecnológicos como Mark Zuckerberg, Elon Musk, Jeff Bezos o Tim Cook, demostrando el giro conservador y reaccionario que ha aflorado dentro del sector tecnológico. 

En materia bélica, el viraje se hizo visible en 2024, cuando la Administración Biden lanzó un nuevo Memorando de Seguridad Nacional sobre Inteligencia Artificial. A partir de este momento, los contratos entre el Departamento de Defensa, las empresas armamentísticas y las grandes firmas tecnológicas empezaron a multiplicarse. Palantir, Anthropic y Amazon Web Services anunciaron una alianza para facilitar a las agencias de inteligencia y defensa estadounidenses el acceso a sus tecnologías. Meta, la empresa matriz de Facebook, autorizó tanto al Departamento de Defensa como a la armamentística Lockheed Martin a hacer uso de sus modelos de inteligencia artificial, a pesar de que su código seguía explicitando que su tecnología no podía utilizarse en proyectos relacionados con la industria militar y armamentística. 

En esa misma línea, OpenAI amplió sus servicios al Departamento de Defensa entre noviembre y diciembre de 2024, cuando firmó un contrato con Anduril Industries para incorporar su tecnología de inteligencia artificial a los sistemas de intercepción de drones de la empresa armamentística. Lo mismo ha hecho Microsoft, firmando con Anduril un contrato para desarrollar herramientas de realidad virtual para entrenar a los soldados. Y mientras este tipo de contratos florecían a ritmo acelerado, las limitaciones de usos armamentísticos que durante años habían estado bien presentes en los códigos éticos de las grandes tecnológicas empezaron a diluirse y desaparecer. 

La guerra de Ucrania, la competición tecnológica con China o el uso de IA por parte de Israel tras los atentados del 7 de octubre en Gaza han allanado el terreno a esta integración, consolidada tras la vuelta de Trump a la Casa Blanca. En agosto de 2025, sin ir más lejos, se creó una unidad especial dentro del Ejército de Estados Unidos destinada a la innovación tecnológica que quedó integrada por cuatro altos cargos actuales y antiguos de Meta, OpenAI y Palantir. 

Israel, pionero en el uso militar de la IA

Este nuevo arte de la guerra basado en el uso de tecnología privada también ha servido para que Estados Unidos e Israel estrechen aún más sus lazos estratégicos. En enero de 2026, ambos países lanzaron una alianza estratégica sobre IA, investigación y tecnologías críticas. Los objetivos del acuerdo quedaron patentes en el discurso que el subsecretario de Asuntos Económicos de Estados Unidos, Jacob Helberg, pronunció en Jerusalén en ese momento: “En el siglo XXI el poder no se mide en territorio o población, sino en tecnología. ¿Qué implica realmente esta declaración conjunta? Que vayamos más allá de la admiración y pasemos a la acción”. 

Para Helberg, la principal inspiración detrás del acuerdo es la propia simbiosis que las grandes tecnológicas y el sector de la defensa llevan años desarrollando en Israel. A lo largo de más de una década, la IA se ha usado para vigilar a la población palestina e interceptar sus mensajes y llamadas. En 2021, mientras los medios israelíes situaban a la operación Guardián de los Muros como la primera guerra basada en inteligencia artificial, la estrategia nacional de IA israelí ya proponía explícitamente colaborar con Amazon, Google o Microsoft, que por aquellas fechas ya estaba formando a los altos cargos de las Fuerzas de Defensa de Israel. 

Pero el verdadero impulso llegó a partir de los atentados de Hamás del 7 de octubre, cuando Israel implementó dos sistemas al estilo de Maven para su fábrica de objetivos: Lavender y The Gospel, centrados en la fabricación “listas negras” con sujetos que puedan tener algún tipo de relación con Hamás. Para ello, analizan la información disponible de los 2,3 millones de gazatíes y les asignan un número del uno al cien dependiendo de su grado de conexión con el grupo islamista. Sin embargo, el sistema aplica una lógica perversa que impide que la lista comience en cero, por lo que no existe la posibilidad de que no haya conexión con Hamás. Así, cualquier persona residente en Gaza es un potencial objetivo militar.

Irán, el gran punto de inflexión

Un mes después del ataque masivo lanzado por Estados Unidos e Israel, la guerra en Irán ya supone un antes y un después para la automatización de los conflictos armados y para la internacionalización de lo que Israel lleva años haciendo en Palestina: la puesta en práctica de la integración tecnológica y militar a gran escala. Así lo ha señalado, por ejemplo, Garrett Smith, antiguo mando militar y director ejecutivo de la compañía de tecnología defensiva Reveal Technologies: “Se está señalando a este momento como la prueba decisiva. Nos ha demostrado que, al crear y vender estas tecnologías al Ejército de los Estados Unidos, vamos por buen camino”.

Para las compañías tecnológicas, la avalancha de contratos millonarios abre un nuevo horizonte donde la automatización y la privatización de la guerra alcanzarán nuevas cotas. Ni siquiera las reticencias de algunas empresas —incluso cuando han sido el principal proveedor de servicios de IA del Gobierno, como Anthropic— serán una barrera, pues firmas como OpenAI o Palantir ya se han mostrado más que dispuestas a coger el relevo. Así lo han demostrado a nivel interno en las redadas y las deportaciones masivas del ICE, para las que Palantir ha sido un elemento central. 

Este nuevo arte de la guerra va a condicionar la manera en la que se desarrollan los conflictos armados, marcados por el uso masivo de la inteligencia artificial, como está sucediendo en Irán. Un giro que también están aplicando potencias como China y Rusia y que impondrá la dependencia de los algoritmos y de las empresas privadas para hacer la guerra, pero también para despersonalizarla todavía más.

Jara Monter

Monzón, 2000. Graduada en Periodismo y Humanidades y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos, ambos por la UC3M. Interesada en la geopolítica, la seguridad, Oriente Próximo y la vinculación entre política, cultura y dinámicas sociales.