Peter Thiel, el caballero de la ilustración oscura

El magnate tecnológico, padrino político de J. D. Vance, es el principal representante de la ideología antidemocrática y reaccionaria que ha conseguido penetrar en el corazón del poder de Estados Unidos. Extracto del libro 'Epidemia ultra'
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Peter Thiel, el caballero de la ilustración oscura
Peter Thiel en una conferencia tecnológica en Arizona en 2022. Fuente: Gage Skidmore (Flickr)

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La imagen de la segunda toma de posesión de Donald Trump, el 20 de enero de 2025, simboliza como pocas el ascenso de la epidemia ultra. Sentadas detrás del republicano se distinguían figuras como Elon Musk, CEO de Tesla, X y SpaceX; Mark Zuckerberg, presidente de Meta; Sundar Pichai, director ejecutivo de Google; Tim Cook, jefe de Apple, e incluso Jeff Bezos, fundador de Amazon.

¿Qué hacían tan sonrientes los barones de Silicon Valley flanqueando al nuevo presidente? ¿Por qué ocupaban ese lugar tan simbólico? ¿Acaso Trump los estaba usando para transmitir una imagen de poder ante la opinión pública? ¿Intentaba escenificarse como el líder de los empresarios más innovadores, prominentes y exitosos de Estados Unidos y tal vez del mundo? ¿O era exactamente lo contrario? ¿Sería exagerado afirmar que esa imagen en realidad representaba la claudicación de la política y con ello el triunfo de los tecnobros?

Si esto último era cierto, había una persona que, sin duda, estaría particularmente feliz. No estaba físicamente en ese salón, pero su presencia se podía sentir; de una u otra manera, era el denominador común entre casi todos los mencionados. Ese hombre se llama Peter Thiel. Fue fundador de PayPal, inversor inicial en Facebook y es uno de los representantes más poderosos de la denominada «ilustración oscura», una ideología antidemocrática, antiigualitaria y reaccionaria que se posiciona contra los valores de la Ilustración y que propone una suerte de regreso a formas de gobiernos tradicionales como la monarquía absoluta.

El poder detrás del poder

Para Thiel esa imagen representaba un triunfo, pues condensaba una idea que ya había expresado en un artículo publicado en 2009 en un periódico libertario: «Estamos en una carrera mortal entre la política y la tecnología». En ese mismo texto, el empresario se mostraba decepcionado con la democracia y convencido de que no era compatible con la libertad.

Dieciséis años más tarde, los capos de Silicon Valley rodeaban al presidente. Y Thiel estaba en condiciones de llevar adelante un plan que superase los valores democráticos en los que no cree. Ya no tendría que hacerlo desde la tribuna o desde fuera del sistema, como un outsider. La escena del Capitolio demostraba que la situación había cambiado y que ahora podía erosionar el sistema desde dentro y para siempre. Es el efecto más devastador de la epidemia ultra que hemos visto a lo largo de todo este libro.

Por un lado, el multimillonario conoce a todos los personajes que secundan a Trump. En el pasado trabajó con varios de ellos en algunos proyectos, a otros los apoyó en sus inicios, pero lo más importante es que con muchos comparte la cercanía por los preceptos de la ilustración oscura. Por otro lado, ha jugado a favor del magnate desde 2016, algo que lo distingue de algunos de los mencionados directivos, que hasta hace pocos meses se mostraban reticentes a apoyar su regreso. Sin embargo, en esta segunda elección había una diferencia importante. Thiel ya no se limitaba al papel de promotor e inversor, como en la campaña anterior. En este caso había conseguido colocar a uno de sus hombres en un cargo clave: la vicepresidencia de Estados Unidos. El empresario ha invertido millones en la carrera política de J. D. Vance. Posiblemente su apuesta más arriesgada y a la vez satisfactoria. En la figura de Vance, el empresario se ha asegurado que su pensamiento neorreaccionario esté siempre presente en la Casa Blanca.

Thiel ha movido sus fichas y, pese a no estar en la cima del poder político tradicional, ha conseguido ocupar un lugar trascendental con el que cree estar en condiciones de modificar el modelo de sociedad actual. Una visión que contempla países convertidos en corporaciones, directivos digitales devenidos en tecnomonarcas y ciudadanos que tendrán presencia en todos los ámbitos, salvo en el político.

Llegados a este punto, la pregunta que sigue es: ¿quién es Peter Thiel y por qué se ha convertido en el caballero de la ilustración oscura?

El visionario

Peter Thiel nació en 1967 en Fráncfort, Alemania, pero emigró a Estados Unidos con su familia siendo muy pequeño. El trabajo de su padre como ingeniero químico lo llevó a pasar parte de su infancia en Sudáfrica y Namibia. En 1977 regresó a Estados Unidos y destacó rápidamente tanto por su inteligencia como por su timidez. Era un joven solitario que practicaba ajedrez a gran nivel, aunque lo que más le interesaba en su adolescencia era todo lo que tuviese que ver con la ciencia ficción y la fantasía, como el juego Dungeons & Dragons.

Ser el mejor de la clase lo llevó a ser aceptado en Stanford, una de las universidades privadas de élite más prestigiosas del país. Allí se alejó rápidamente de la típica vida de estudiante que acudía a fiestas y buscaba divertirse. Nunca se sintió identificado con el espíritu progresista del campus, que promovía visiones liberales respecto a la orientación sexual, el uso de lenguaje inclusivo o la corrección política en general. Thiel era homosexual y se podría haber sentido atraído por esa visión del mundo, pero su pensamiento iba en otra dirección.De hecho, fundó un periódico estudiantil, The Stanford Review, en el que abogaba por la diversidad de perspectivas y consideraba que las ideas multiculturales de aquel progresismo universitario estaban sobrerrepresentadas. Así fue como comenzó a elaborar su argumentario conservador y libertario, que con el tiempo se volvería cada vez más radical.

Pero más allá de su espíritu provocador, la publicación se convirtió en algo más que un medio creado para contradecir las versiones de la prensa mainstream. Poco a poco pasó a ser un espacio de encuentro para mentes similares a la de Thiel: desde incipientes emprendedores que forjarían la leyenda de Silicon Valley con sus start-ups hasta algún futuro senador. Casi sin esperarlo, el tabloide se transformó en un eje clave para el networking, una suerte de cantera de talentos tecnoconservadores. Con ese círculo, Thiel logrará algo más que colegas intelectuales con quienes discutir sus ideas rupturistas y publicarlas, también sumará futuros socios para sus proyectos.

El primer gran paso lo dio con Confinity, una empresa que fundó en 1998 junto con miembros de aquel grupo, con el objetivo de desarrollar una idea revolucionaria aunque bastante difícil de vender. En realidad, el concepto era simple: realizar transferencias de dinero por internet. Pero lo que ahora nos parece obvio, en aquella época despertaba muchas suspicacias. ¿Quién querría invertir en algo tan innovador y, al mismo tiempo, tan abstracto que costaba incluso imaginar? ¿Era seguro, viable… o siquiera realista? Thiel y sus colegas lo tenían claro. Lo llamaron PayPal.

En esa fase coincidió con un joven Elon Musk que, casualmente, trabajaba en una idea parecida, el banco online X.com. Para evitar competir y perjudicarse mutuamente, decidieron asociarse. Así fue como el propio Musk fue nombrado el primer CEO de la empresa. Sin embargo, la relación no fue fácil y Thiel terminó por elaborar una maniobra interna para destituirlo mientras estaba de luna de miel con su mujer. Él mismo asumió su lugar.

Se podría decir que PayPal fue el primer gran éxito empresario de Thiel como fundador, tal vez el único de esa magnitud. Cuando en 2002 decidió venderla a eBay por alrededor de 1.500 millones de dólares, decidió dejar de lado sus proyectos personales y se dedicó a invertir en los de otros. Estaba convencido de tener un talento especial: detectar ideas revolucionarias que, en el presente, podían parecer imposibles, ridículas o inentendibles, pero cuyo valor futuro sí era capaz de adivinar. En otras palabras, Thiel se concebía a sí mismo como un visionario. Y en algunas cosas tuvo razón, como cuando apoyó a Mark Zuckerberg en 2004 en su disparatada idea de desarrollar una red social donde la gente pudiese poner su foto, contar quién era y leer lo que escribían sus amigos. Lo financió con medio millón de dólares a cambio del 10 por ciento de la compañía, lo que impulsó su crecimiento, que en pocos años multiplicó sus usuarios y se convirtió en una de las plataformas más influyentes a nivel mundial. O cuando se puso al frente de Palantir Technologies, una empresa de software y análisis de big data que tiene como clientes a agencias de inteligencia y defensa de Estados Unidos.

Libertad y democracia son incompatibles

Pese a estar ocupado en esas inversiones, Thiel nunca abandonó su intención de divulgar sus posiciones políticas, tal y como lo hacía en The Stanford Review durante su época de estudiante. En uno de sus textos más famosos, del que ya hemos citado una frase, titulado «La educación de un libertario» y publicado en 2009 en Cato Unbound —el portal del Cato Institute, un think tank libertario fundado, entre otros, por Murray Rothbard—, Thiel confiesa: “Me opongo a los impuestos confiscatorios, a los colectivos totalitarios y a la ideología de que la muerte de cada individuo es inevitable […]. Pero debo confesar que en las últimas dos décadas he cambiado radicalmente en cuanto a la manera de alcanzar estos objetivos. Lo más importante: ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.

El camino para Thiel, al menos para su visión del mundo, no pasaba por la vía democrática. Para justificar esta postura, cita la depresión de 1920-1921, cuando —según él— no hubo una intervención estatal inmediata. Por el contrario, se produjo lo que denomina una «destrucción creativa schumpeteriana» que, de haberse dejado avanzar, podría haber impulsado un auténtico auge económico. Sin embargo, ante esa oportunidad histórica, la política —en lugar de capitalizar el momento— tomó una serie de decisiones equivocadas que, a su juicio, frustraron el avance del ideal libertario. Thiel señala especialmente dos: “Desde 1920, el gran aumento de beneficiarios del bienestar social y la ampliación del sufragio a las mujeres, dos grupos notoriamente difíciles para los libertarios, han convertido la noción de «democracia capitalista» en un oxímoron”.

Para Thiel, una democracia ampliada y un reparto más equitativo de la riqueza no eran buenas noticias, sino todo lo contrario, representaban un obstáculo para la verdadera libertad, al menos como él la concibe. En su opinión, cuantas más personas votan, más demandas aparecen: más protección, mayor redistribución, más servicios públicos. Todo eso implica más intervención del Estado, justo lo que desprecia un libertario como él.

Durante la crisis financiera de 2008, Thiel interpretó que la historia se repetía. En particular, la decisión política de rescatar a empresas que él mismo llamaba «irresponsables». Algo que le llevó a concluir que «estamos en una carrera mortal entre la política y la tecnología […] A diferencia del mundo de la política, en el mundo de la tecnología las decisiones individuales aún pueden ser determinantes. El destino de nuestro mundo puede depender del esfuerzo de una sola persona que construya o difunda la maquinaria de la libertad que haga del mundo un lugar seguro para el capitalismo».

Una sola persona, un lugar seguro, un proyecto alternativo basado en avances tecnológicos y escenarios futuristas como colonizar el espacio exterior, donde la jurisdicción de los gobiernos sea inexistente, dominar el ciberespacio interactuando y comerciando con monedas virtuales y libres de todo control estatal, o incluso construir colonias flotantes en los océanos. Varios de estos puntos que Thiel insinuó hace dieciséis años hoy ya no parecen tan lejanos. Al contrario, cada vez se sienten más posibles. Sobre todo a partir de 2009, cuando el libertarismo comenzaba a circular con fuerza en el incipiente mundo de los blogs dentro de la todavía inexplorada inmensidad de internet.


Extracto del libro Epidemia ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo (Península, 2025), de Franco Delle Donne, colaborador de El Orden Mundial y de nuestro podcast No es el fin del mundo. 

Franco Delle Donne

Doctor en Comunicación por la FU Berlin. CoHost del podcast El Tercer Voto, política alemana en español. Fundador del Epidemia Ultra. Investigador en la Werkstatt für Sozialforschung Berlin.

1 comentario

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    YURI RODRIGO BORJA LOZA

    Muy de acuerdo con el pensamiento de Thiel; podemos entrar en debate, pero muchos seguimos los mismos ideales.

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