Geopolítica Oriente Próximo y Magreb

Quince años de guerra civil que marcaron la historia de Líbano

Quince años de guerra civil que marcaron la historia de Líbano
La Línea Verde, que dividió Beirut durante la guerra civil. Fuente: Wikimedia

Las diferencias entre cristianos maronitas, musulmanes suníes y chiíes y otras confesiones llevaron a Líbano a una guerra abierta con más de una decena de facciones e intervenciones extranjeras entre 1975 y 1990. Quince años de combates que dejaron más de 130.000 muertos, 800.000 desplazados y un país que todavía vive sus secuelas, dirigido por los antiguos señores de la guerra.

Líbano, apodada “la Suiza de Oriente Próximo” en los años cincuenta y sesenta, todavía sufre las consecuencias de su guerra civil. Ubicado entre el Mediterráneo, Siria e Israel, es el tercer país más pequeño del mundo árabe y quizá el más diverso a nivel religioso. Pero la competición por el poder, la riqueza y la identidad nacional entre confesiones escaló a un conflicto que duró quince años y en el que también intervinieron Siria e Israel. Tres décadas después, dieciocho comunidades religiosas tienen representación política en el país, pero las heridas de la guerra siguen abiertas.

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Maronitas, suníes, chiíes, drusos, refugiados palestinos… Un polvorín nacional y regional

La diversidad confesional en Líbano y el reparto de poder entre las comunidades es una de las semillas que provocaron la guerra civil. El país se había fundado en los años cuarenta por iniciativa de Francia, la potencia colonial, que favoreció a la comunidad cristiana maronita, entonces mayoritaria. Los maronitas recibieron la Presidencia de la República, mientras que las comunidades musulmanas suní y chií, segunda y tercera en población, se reservaban respectivamente el primer ministro y la presidencia del Parlamento, cargos menos poderosos. 

Las comunidades empezaron a competir no solo en el plano espiritual, sino también en el político, el económico y hasta por la identidad nacional de Líbano. Mientras los cristianos reivindicaban el pasado fenicio del país, en un intento por separarse del mundo árabe y acercarse a Occidente, los musulmanes abogaban por la identidad árabe en pleno auge regional del panarabismo

Al debate nacional se sumó otro motivo para la confrontación sectaria: el conflicto árabe-israelí y la presión demográfica y política de los miles de refugiados palestinos que huyeron a los países vecinos, incluido Líbano. Los maronitas temían que la entrada masiva de palestinos, sobre todo suníes, hiciera peligrar la identidad fenicia y su posición dominante en el país. Pese a los intentos del presidente Charles Helou (1964-1970) de mantenerse neutral en el conflicto, Líbano accedió en 1969 a que milicias palestinas se establecieran en su territorio para atacar desde allí a Israel. El problema se agravó con la llegada de la dirección de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) —el movimiento de resistencia palestino comandado por Yasir Arafat— y miles de refugiados palestinos más tras su expulsión de Jordania en 1971. 

En los años siguientes, mientras el Estado libanés se descomponía la polarización se agravó rápidamente en torno a la confesión religiosa y la identidad étnica. La OLP llegó a tener tal poder en el sur del país, desde donde lanzaba ataques constantes contra Israel, que esa zona de Líbano fue apodada Fatahland (‘tierra de Fatá’), por el principal partido palestino dentro de la OLP.

La organización palestina tenía el apoyo de buena parte de la población libanesa, en particular los musulmanes, la minoría drusa y movimientos de izquierda, que se reunieron en el islamo-progresista Movimiento Nacional Libanés. Por su parte, las milicias cristianas se agruparon en el Frente Libanés, organizadas en torno a Pierre Gemayel, su hijo Bashir y su partido, el conservador Falanges Libanesas, y la formación Fuerzas Libanesas, apoyada por Israel.

Los enfrentamientos entre ambas partes se hicieron constantes. El Frente trataba de evitar que la OLP aumentara su influencia en Líbano y respondía a los ataques de la organización palestina y sus aliados contra Israel. Pero la violencia se precipitó en abril de 1975, cuando los falangistas cristianos tirotearon un autobús que trasladaba refugiados palestinos en Beirut, la capital, dejando una veintena de muertos. La masacre desencadenó una serie de represalias cruzadas entre el Movimiento Nacional y el Frente que pronto degeneró en una guerra civil.

La identidad del país, motivo de guerra (1975-1982)

A los pocos meses de enfrentamientos Beirut quedó dividida a lo largo de la llamada Línea Verde, con los musulmanes al oeste y los cristianos al este. No era una división confesional absoluta, pero con el tiempo las milicias homogeneizaron la zona que controlaban y la población civil, la principal perjudicada, quedó atrapada entre ambos bandos. La guerra se libró en los barrios, con eventos como la batalla de los Hoteles, en el otoño de 1975, en la que se expulsó a los cristianos del oeste de la ciudad, o la masacre de Kafrantina, un barrio de chabolas de refugiados palestinos, donde más de mil civiles musulmanes fueron asesinados en enero de 1976. Pocos días después de aquello, los musulmanes se vengaron bombardeando el pueblo de Damour, dejando también cientos de cristianos muertos.

Dos alianzas bien definidas se enfrentaban en esta primera fase. Por un lado, el Movimiento Nacional Libanés, de izquierdas, agrupaba a movimientos musulmanes, drusos, progresistas seculares y la resistencia palestina. Por otro, el Frente Libanés, conservador y liderado por cristianos maronitas, pero con presencia importante de otras comunidades cristianas, como los ortodoxos y armenios. La guerra tenía una fuerte impronta nacional y las partes defendían proyectos opuestos: el panarabismo y el fenicismo.

Esa división, sin embargo, se diluyó con la entrada de otros actores en el conflicto, como Siria o Israel. El estallido de la guerra no tardó en provocar la reacción de la vecina Siria, entonces gobernada por el dictador socialista árabe Hafez al Asad. La relación entre ambos países, que hasta 1920 habían sido considerados un único territorio, empujó a Asad a intervenir en 1976 con la excusa de defender la unidad de Líbano. Con todo, Siria también buscaba contener una potencial expansión israelí hacia el norte, controlar a la resistencia palestina y sustituir al debilitado Ejército estatal libanés.

La entrada de tropas sirias en Líbano y el breve alto al fuego posterior empujaron a las potencias árabes del momento, Egipto y Arabia Saudí, a intentar detener la violencia por la vía diplomática. El Gobierno libanés, controlado por los cristianos, Siria y la OLP consensuaron establecer unas Fuerzas de Disuasión Árabes, compuestas sobre todo por soldados sirios; reconstruir el Ejército libanés, diseminado entre los bandos de la guerra; y el desarme de las milicias.

Sin embargo, el intento de paz fracasó, y no tardaría en intervenir un nuevo actor: Israel. Bajo la premisa de defender su territorio de los ataques de la OLP, en 1978 el Gobierno israelí lanzó la operación Litani para responder a la intervención siria y eliminar a las milicias palestinas del sur de Líbano. La participación israelí desplazó la guerra hacia el sur del país y llevó a la ONU a crear la Fuerza Provisional de Naciones Unidas para Líbano (UNIFIL). La iniciativa pretendía asegurar la retirada israelí y restablecer la paz, pero fracasó porque la ONU no pudo hacer respetar sus resoluciones.

La intervención de Israel y la expulsión de la OLP (1982)

La participación de las milicias palestinas, Siria e Israel evidenció que la guerra civil iba más allá de Líbano. El conflicto árabe-israelí, que implicaba a toda la región, absorbió a un país que lo había querido evitar. Además, la guerra libanesa se acabó enmarcando también en la Guerra Fría. Si Estados Unidos y la URSS apoyaban a bandos opuestos en el conflicto árabe-israelí, en el libanés el bloque occidental se inclinó por el Frente cristiano, mientras que el soviético simpatizó con el Movimiento Nacional musulmán.

En el verano de 1982, Israel lanzó la operación Paz en Galilea para expulsar a la OLP de Líbano. Con el apoyo de las fuerzas cristianas, los militares israelíes alcanzaron Beirut en pocos días y empujaron a las tropas sirias al interior del país. Entonces Israel asedió la parte occidental de Beirut, encerrando a miles de soldados y milicianos palestinos, sirios y libaneses en lo que se conoció como la guerra de los Cien Días. La presión de los países árabes tras tres meses de ataques y las imágenes de los bombardeos y muerte de civiles llevaron a Estados Unidos, principal aliado de Israel, a impulsar un alto el fuego. A cambio de que la OLP abandonara el Líbano, se evacuaría a los soldados y milicianos sirios y palestinos encerrados en la ciudad en una operación respaldada por una fuerza multinacional temporal compuesta por soldados británicos, italianos, francesas y estadounidenses. 

Durante la ocupación israelí de Beirut, Bashir Gemayel, líder de las Falanges Libanesas, fue elegido presidente pese al boicot de las facciones musulmanas. Gemayel trató de convertirse en una figura capaz de resolver el conflicto, pero fue asesinado, solo un mes después de su elección, por un maronita crítico con su cercanía a Israel. Pasados dos días del asesinato, el 16 de septiembre, las milicias libanesas cristianas vengaron a Gemayel masacrando a miles de palestinos en Sabra y Chatila, dos campos de refugiados del sur del Beirut. La pasividad de las fuerzas israelíes, entonces aún presentes en el territorio, provocó críticas internacionales y llevó a Estados Unidos a volver a desplazar a la fuerza multinacional. Israel se retiró de Beirut antes de que acabara septiembre, poniendo fin a la operación Paz en Galilea pero no a su presencia en Líbano.

La salida de la OLP del conflicto en 1982 dejó un vacío de poder en el lado islamo-progresista, en especial al sur, donde los palestinos habían sido más fuertes y donde se concentraba la mayor parte de los chiíes libaneses. Hasta entonces, el partido Amal había sido el principal garante de esta comunidad. Sin embargo, tras la retirada de la OLP, y gracias al apoyo de Irán, que desde la revolución islámica de 1979 trataba de expandir su influencia regional, surgió una nueva fuerza islamista chií: Hezbolá. Hezbolá combatió la presencia israelí y de sus aliados en el sur de Líbano, y extendió una red de protección social para sus partidarios, con nuevas escuelas, hospitales y casas para las víctimas del conflicto.

De la ruptura de las alianzas a la paz con el Acuerdo de Taif (1982-1989)

Los bandos, hasta entonces más o menos estables, mutaron durante la tercera etapa de la guerra civil. Las milicias, ahora más poderosas, estallaron en numerosas facciones con alianzas cambiantes y apoyos extranjeros. Los enfrentamientos se multiplicaron y la guerra dejó de ser solo interreligiosa.

Con la salida de la OLP, el Movimiento Nacional Libanés pasó a ser el Frente Nacional de Resistencia Libanés. El bando islamo-progresista reventó en una decena de milicias enfrentadas entre sí y apoyadas por Siria, Irán, Libia o Irak. Esa ruptura provocó en 1984 la llamada guerra de los Campos, con múltiples combates en los asentamientos de refugiados palestinos que duraron hasta el final de la guerra. Mientras tanto, y con el apoyo del resto de partidos del Movimiento Nacional Libanés, las milicias drusas combatían desde 1982 al Ejército estatal libanés y a las Falanges Libanesas en la guerra de las Montañas, al sureste.

Por su parte, el Frente Libanés cristiano se mantuvo más unido, aunque también surgió un Ejército del Sur de Líbano, compuesto en especial por maronitas apoyados por Israel. Además, el surgimiento de Hezbolá dividió a la comunidad chií, hasta entonces concentrada en torno al movimiento Amal. Hezbolá, apoyado por Irán, y Amal, respaldado por Siria, terminaron por enfrentarse desde 1988 en la guerra de los Hermanos.

El maronita Michel Aoun, líder del Ejército estatal libanés, fue nombrado primer ministro en 1988 después del asesinato de su antecesor el año anterior. El cargo estaba reservado para los musulmanes suníes, así que desde ese momento hubo dos Gobiernos enfrentados: el de Aoun en Beirut Este y otro en Beirut Oeste liderado por el suní Salim Hoss, que volvió a pedir a Siria que interviniera en el conflicto.

Poco después de llegar al poder, Aoun lanzó una ofensiva contra las milicias cristianas de Beirut Este y reagrupó a la mayoría de los grupos armados cristianos. También impulsó una “guerra de liberación” para expulsar del país a las fuerzas sirias. La situación empujó a Marruecos, Argelia y Arabia Saudí a mediar y, tras varios intentos, se consiguió que las facciones libanesas y Siria llegaran a un consenso en octubre de 1989 en la ciudad saudí de Taif.

El Acuerdo de Taif consolidó el reparto de poderes entre comunidades impuesto durante el mandato francés, pero lo reequilibró. El presidente de la República, cristiano maronita, perdía peso en favor del primer ministro, suní, y del presidente del Parlamento, chií. Los escaños parlamentarios se ampliaron a 108, repartidos a medias entre cristianos y musulmanes a partir del censo de 1932. También se acordó una amnistía para quienes participaron en la guerra y el desarme de todas las milicias, que se incorporarían al Ejército nacional. La excepción fue Hezbolá, que fue considerada una fuerza de resistencia ante la ocupación israelí por la presión de Irán en las negociaciones y que después nunca se ha desarmado. Además, la presencia siria se aceptó como garante del proceso de reconstrucción del país.

Aoun, sin embargo, no aceptó el acuerdo por temor a una invasión siria, lo que desató un nuevo enfrentamiento. Al final, Siria bombardeó a las fuerzas del primer ministro en octubre de 1990 y le forzó al exilio. La guerra civil libanesa terminaba así, dejando más de 150.000 muertos, 17.000 desaparecidos y más de 800.000 desplazados, muchos por las estrategias de las milicias cristianas y musulmanas para homogeneizar a la población.

Los señores de la guerra ahora son los señores de la posguerra

Con una sociedad dividida tras más de quince años de violencia sectaria, el fin de la guerra trajo nuevos desafíos. Se necesitaba una reunificación nacional, rehacer las instituciones e infraestructuras estatales, abordar la crisis económica y atender a los desplazados y refugiados. Además, en el afán por reconstruir el país, el Gobierno del magnate Rafiq Hariri quiso borrar los recuerdos del conflicto: en 1994 encargó redibujar el centro de Beirut restaurando ruinas y edificios de las épocas bizantina, otomana y francesa. La guinda del proyecto fue sustituir los tradicionales zocos árabes por Beirut Souks, un centro comercial de lujo en el centro de la ciudad. Beirut, de hecho, es la única capital árabe sin zoco.

Líbano también ha debido lidiar con la presencia de fuerzas extranjeras. Israel ocupó el sur del país hasta que lo abandonó casi del todo en el año 2000, aunque la misión de la ONU, UNIFIL, todavía vigila la frontera. Las tropas sirias se retiraron tras la Revolución de los Cedros de 2005, después de que Hariri fuera asesinado con presunta participación de Damasco. En cuanto a Irán, mantiene su influencia a través de Hezbolá, ahora una organización muy poderosa.

La amnistía y el reparto de poder acordados en Taif facilitaron la entrada en política de los señores de la guerra. Quienes habían liderado el conflicto pasaron a representar a sus respectivas comunidades. Michel Aoun, por ejemplo, llegó a la Presidencia en 2016 después de haber hecho política durante años tras su exilio. Las nuevas élites no tardaron en construir redes clientelares para beneficiarse de sus posiciones. El modelo confesional actual da representación a dieciocho comunidades religiosas, pero divide el voto entre confesiones, lo que le quita peso político a la población, que depende de sus representantes y no puede elegir a candidatos independientes. Lastrado por una grave crisis política y económica, Líbano puntúa 25 sobre 100 en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, igual que Irán o Mozambique, y ocupa la posición 146 de 163 en el índice de paz global del Institute for Economics and Peace, detrás de Palestina o Eritrea.

Los enfrentamientos entre comunidades sumieron a Líbano en una guerra entre 1975 y 1990 en la que también participaron Siria, Israel, Irán, Estados Unidos y la comunidad internacional. Tras quince años de conflicto, la solución fue un acuerdo de paz que volvió a abogar por dividir a maronitas, suníes y chiíes, pero ahora en un escenario diferente. Desde entonces, Líbano se ha mantenido al borde del precipicio, gobernado por unas élites corruptas que no han corregido el rumbo del país después de haber liderado la guerra que lo arrasó.

Ismael Nour

Madrid, 1998. Estudiante del grado en Estudios Internacionales en la UAM. Español de origen egipcio. Interesado especialmente en Oriente Próximo, desarrollo económico y geopolítica.

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